"Reyes de la calle": un thriller que no aporta nada nuevo
Reeves, convengamos, jamás ha sido un actor que derroche capacidad histriónica y seguramente nunca pasará a la historia como un buen actor, de esos que sólo con su presencia pueden justificar una película.
Es acertado si en determinado esquema estético, donde se apuesta a un cine de rápida digestión y de hecho, se ha convertido en una de las figuras más cotizadas de Hollywood porque su nombre asegura taquilla. Y ese no es un detalle menor.
En «Reyes de la calle» es el oficial Tom Ludlow, alguien que no la está pasando demasiado bien. Acaba de perder a su mujer y, como si fuera poco, lo asocian a la ejecución de uno de sus compañeros. A partir de allí, se transforma en alguien que pone patas para arriba a Los Ángeles en búsqueda de la justicia que el sistema parece no poder establecer, desenmarañando una madeja de corruptelas policiales como si eso fuera algo novedoso en el mundo y en la propia historia del cine.
El nuevo paladín actúa con el visto bueno de su jefe Jack Wander, un Forest Whitaker que sí es un buen actor, pero aquí solo presta su estampa para el lucimiento cool de Reeves. Llena de todos los lugares comunes que caben esperarse, el filme se sostiene por momentos más en un libro bien estructurado (en el que ayudó ese formidable escritor de novelas noir que es James Ellroy) que en el pulso narrativo del director David Ayer, que supo ganarse un Oscar al mejor guión por «Día de entrenamiento», pero que demuestra ser incapaz de dominar los millones que le pusieron sobre la mesa y se deja llevar por una carrera de sangre y violencia que resulta absolutamente gratuita.
La película comienza con la cacería de unos malos, en este caso coreanos, que se dedican a la pedofilia y ese es el chispazo que enciende todo el asunto, desembocando en la muerte de su compañero, lo cual lleva a que sea investigado por Asuntos Internos por un lado, mientras que Ludlow se transforma en el brazo duro y puro de la ley.
A pesar de la monotonía que irradia Reeves, la atmósfera turbia que se logra gracias a la mano que da Ellroy ayuda a que todo el asunto no se desbarranque, por más que a los pocos minutos se puede adivinar el final, por aquello de que esto ya se filmó decenas de veces antes y en la mayoría de los casos, con resultados más decorosos. Es un thriller como tantos, con sangre, sexo, disparos, más sangre y persecuciones automovilísticas varias, es decir, reiteración real de una fórmula que seguramente genera ganancias porque sin duda que entretiene, pero poco aporta en materia artística.
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