Robando ideas buenas para luego hacer con ellas películas malas
La primera pregunta que surge ante «El tren de las 3:10 a Yuma» es si era necesaria esta revisión, remake de lo que fuera uno de los clásicos del western de todos los tiempos. Aquella, del año 1957 era dirigida por el formidable Delmer Daves (modesto y talentoso autor) y protagonizada por dos figuras iconográficas de la época, Glenn Ford y Van Heflin.
La historia era de las más sencilla, Dan Evans (Heflin) era un maltrecho ranchero asediado por las deudas y que por la módica suma de doscientos dólares debía trasladar a un mítico pistolero, Ben Wade (Ford), hasta una estación de trenes donde sería depositado y trasladado hasta la prisión de Yuma justo a la hora que le da título a la película.
Esta, de 2007 y dirigida por James Mangold, autor de productos descafeinados como «Identidad», «Copland» o «Johnny y June», plantea la misma historia aunque con otros condimentos de carácter moral y agrega un poco más de violencia y sangre de la existente en la original.
Claro que los tiempos han cambiado y las estéticas también. Por aquellos años se vivían los tiempos dorados del género, hoy decaído y casi enterrado en un desértico esquema de superproducciones donde se apunta a otra cosa. Además, las estrellas se ven diferentes. Mientras Ford y Heflin aparecían inmaculados, como recién salidos de un salón de belleza y no como dos hombres que marchaban por parajes polvorientos, los protagonistas de esta versión, Christian Bale (Evans) y Russell Crowe (Wade) sí se parecen a gentes de esa época, sudorosos y barbudos. Esa podría ser una ventaja del filme de Mangold, aunque casi todo el concepto es devorado por una ampulosidad plástica que llega a molestar. Primer traspié. No en vano, el último gran clásico del western es y será «Los imperdonables», esa oscura, crepuscular y sobria obra maestra de Clint Eastwood. Es decir, tanto color y brillo fashion atenta contra la historia que se está viendo. A ello se suma una serie de circunstancias y elementos extra que son propios en el cine de hoy, como violencia salvajemente desatada, tiroteos y explosiones que parecen ser necesarios para darle volumen a un asunto desinflado.
Mientras en la cinta original Evans y Wade iban mano a mano a puro trote, con el pistolero tratando de corromper la integridad moral del noble ranchero, aquí aparece una amplia e increíble galería de personajes que no encajan ni a presión en el contexto del filme. Rescátese, en todo caso, la aparición de un casi olvidado Peter Fonda y que rápidamente termina en el fondo de un despeñadero. Un verdadero desperdicio de personaje. Otro traspié.
Como si fuera poco, la historia se va deshilachando lentamente, en una suerte de spaghetti donde aparece un pistolero amigo del prisionero que se asemeja a un Robocop del siglo XIX, que mata todo lo que encuentra a su paso al mejor estilo psico-killer. William Munny (Eastwood) también era una máquina de matar en «Los imperdonables», pero con estilo, elegancia y enorme peso dramático. Aquí todo es groseramente desmedido y pensado para llenar el ojo sin muchas complicaciones, desperdiciando una buena oportunidad para revitalizar al género cinematográfico que mejor expresó ciertas cavilaciones humanas, excavando en las miserias internas y explorando la moral y la ética.
Pero ya no están John Ford, ni Henry Hataway, ni John Huston, ni Sam Peckimpah y un largo etcétera de maestros.
Contestando la pregunta del comienzo, está claro que esta nueva versión era completamente innecesaria.
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