Los años dorados de la pintura nacional en Castells & Castells
Los cincuenta fueron los años dorados de la cultura nacional y, en particular de la pintura. En esos años se asimilaron los impulsos críticos de la Generación del 45 en un contexto socioeconómico muy favorable.
El aislamiento decretado por la Segunda Guerra Mundial se evaporó y el intercambio internacional (música, teatro, danza, literatura, cine, exposiciones) tuvo ascenso constante e irresistible. El arte abstracto en la tendencia geométrica profundizó las enseñanzas del universalismo constructivo torresgarciano y confirmó la originalidad del Arte Madí. Al finalizar la década y ya en los sesenta, el informalismo arrasó como un vendaval estético que dominó con su poderío innovador las tendencias racionalistas.
La casa de remate Castells & Castells exhibe, hasta el 30 de julio, una serie de cuadros y esculturas pertenecientes a esos dos períodos. Son obras de inesperada calidad, excepcionales, poco conocidas, provenientes de colecciones privadas, inencontrables en museos nacionales o municipales. Si el conjunto, en vez de la habitual colgada, estuviera ordenado, mínimamente, en función de un montaje que permitiera una lectura coherente, sería el acontecimiento del año. Aún así, es posible establecer un recorrido imaginario del arte moderno uruguayo.
El itinerario posible arranca con Dama, témpera sobre cartón, 36×22 cm, 1948, de José Pedro Costigliolo, de su época maquinista, donde la figuración está sometida (influencia del argentino Petorutti) a un entramado geométrico de rectas y curvas que tiene su continuidad en Plano azul, acrílico sobre tela, 50×40 cm, 1956, de María Freire, en una composición espacial de geométricas, limpias y dinámicas estructuras de negros y amarillos sobre un fondo azul uniforme. Una pieza curiosa de la misma artista, Formas, pintura nº 71, fresco sobre fibra, 60×60, 1962, de una gran riqueza matérica, áspera y encrespada que intenta disolver la geometría, documenta la tentación informalista (al igual que Costigliolo) que hizo tambalear, momentáneamente, los pilares del geometrismo. Luego, Freire retomará en la serie Córdoba, 1972 (hay dos ejemplares) el rigor que la caracterizó. Del año 1959, Rotación en blanco y negro, óleo sobre tela, 80×80, 1959, de Antonio Llorens, con un suave aire vasarelyniano, es un magnífico ejemplo de tensiones y encuentros entre elementos triangulares con impecable rigor técnico. Estos tres artistas (y esas obras), los mayores representantes de la tendencia geométrica del arte nacional (Rhod Rothfuss, con su enorme talento pasó inadvertido, sofocado por el colectivo madí y Carmelo Arden Quin estaba radicado en París) deberían, si es que la cultura oficial tuviera cierta elemental sensibilidad, pasar al patrimonio nacional. De Lincoln Presno, otro integrante de la misma generación y tendencia, de maduración tardía, hay obras de los 70 y 80, que completan el panorama.
El informalismo hizo su irrupción por la vitalidad del italiano Dino Dinetto (hay cuatro obras irregulares, inferiores a las exhibidas en la retrospectiva del año pasado) que contagió a sus amigos Jorge Páez, aquí representado por Impresión Chancay, técnica mixta, 100×125, de 1964, una tela de una intensidad expresiva fuera de serie en la producción de un pintor que necesita una revisión, a Vicente Martín (dos óleos importantes firmados en 1962 y 1963), a Juan Ventayol con cinco óleos, acuarelas y tintas, trabajos menos enjundiosos que las conocidas el año pasado en Bavastro, pero siempre atractivos, tres espléndidos cuadros de Agustín Alamán de los años sesenta, al igual que los firmados por Raúl Pavlotzky, tres excelentes de Leopoldo Nóvoa que no se vieron en al reciente muestra del CCE y que saca partido del blanco y la interacción de diversos materiales. De Nueva York, una explosiva abstracción de Jorge Damiani, fechada en 1960, y una tela de Hermenegildo Sábat de 1962. Dos dibujos a tinta china del escultor Germán Cabrera, junto a tres témperas y grafitos eróticos de Espínola Gómez y dos collages de César Rodríguez Musmanno, cierran el ciclo del informalismo de los años sesenta. Mientras, en otra tendencia, José Gamarra y sus grafismos matéricos abre un camino propio. Y hasta un sobrio Carlos Páez, Bodegón, 1965, acepta incorporarse a la tendencia, lejos de la superficial espectacularidad de su enorme producción. Una buena escultura del argentino Gyula Kosice, en plexiglás, procede de la colección de Uricchio. Una síntesis, en fin, del arte uruguayo de las décadas decisivas de la modernidad en el siglo XX, de gratificante revisión. Para el MEC y el Banco Central es una oportunidad de enriquecer sus colecciones.
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