Obra. Los últimos felices, de Paco Giménez, en la sala Cunill Cabanellas

El polvo de las estrellas y los agujeros negros de la literatura

La vinculación comenzó con una pieza sobre «Fragmentos del discurso amoroso» de Roland Barthes en el teatro IFT.

La idea rectora es apasionante: mostrar bajo una nueva luz, en una nueva perspectiva, la literatura argentina de los años 20, sus ilusiones y sus éxitos, su oscilación entre los Scylla y Caribdis de la adoración de la literatura europea, preferentemente la francesa, por un lado; y la siempre híbrida ­cuando no infecunda­ búsqueda de las «raíces» por la otra. Por esto la pieza contiene textos dispersos de Roberto Arlt, Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Raúl y Enrique González Tuñón, Victoria Ocampo, Alfonsina Storni y Nicolás Olivari, recopilados para esta pieza con el concurso de Beatriz Sarlo.

El resultado es a menudo divertido, a veces desopilante, a veces necesitado de (o beneficiado por) conocimientos o lecturas previas que haya tenido anteriormente el espectador . «Los últimos felices» no escapa del todo al lugar común, no siempre es representativo, como con los poemas de Alfonsina Storni («Me quieres pura…») y Raúl González Tuñón con la moneda en la ranura que nos hará ver la vida color de rosa: hubiera sido más crítico, por lo que revelan de una mentalidad o disposición de una época y no de cualquier otra, «El tren blindado de Mieres» o el poema sobre el Boulevard Saint Michel, ambos del mismo Raúl González Tuñón.

Lo real y presente en «Los últimos felices», que es al fin una evocación amable, tierna, conmiserada, es el infalible sentido de la escena de Giménez. Con acierto, la obra comienza con una sesión de espiritismo, donde serán evocados personas y autores; allí aparecen las menciones de Allan Kardec que anuncia el programa y sobre todo Madame Blavatsky en persona, que con un sugerente vestido violeta y un maquillaje de época rondará por toda la obra. En la pieza sucede de todo, al punto de decir que la anécdota requeriría casi la extensión del libreto; pero todo ocurre en la escena, todo se va armando y desarmando allí, ahora, ante nuestros ojos. No recordamos que se haya narrado algo; los personajes entran sin aviso previo, de tal modo que apenas podemos saber quiénes son ni qué podrán hacer. Todo es sorpresa, hasta el borde del caos: agudas observaciones, buenos chistes en acción, seres misteriosos y símbolos varios que llegan a nuestra platea en trayectorias oblicuas, como meteoros provenientes de inciertos lugares de la historia, que levantan una siempre chispeante polvareda. Como de costumbre en las puestas en escena del autor, el desempeño de los actores es homogéneo e impecable.

LOS ULTIMOS FELICES, de Paco Jiménez y «La noche en vela», con Mariana Tognetti, Adrián Silver, Alejandro Sánchez, Natalia Olabe, Adriana Garibaldi, Víctor Galestok, Mónica Dreidemie, Laura Battaglini, José Luis Arias, Carolina Adamowsky y Horacio Acosta. Escenografía y vestuario de Julio Suárez, dirección de Paco Giménez. En la sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín, Buenos Aires.

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