Conflicto. Una historia que aborda los cambios de sensibilidad de un hombre adulto

"El Otro", la necesidad de hallar nuevas formas de vivir

A primera vista, «El Otro» amenaza con ser una película en la que no pasa nada, de ritmo reposado, reflexivo, con un manejo de los tiempos alejado de las histerias de buena parte del cine actual y está enmarcado en una forma de hacer cine que, de alguna manera, es la marca en el orillo del cine argentino actual.

No hay que perder de vista que del otro lado del río se filma mucho anualmente ­en promedio más de cincuenta películas­ y eso hace que más allá de los productos masivos, nos encontremos con propuestas de alto vuelo como ésta.

Decía que la película amaga con cierta inacción, pero bajo la superficie de la historia que se esta contando, un universo de situaciones están sucediendo, al punto que el personaje que encarna ese tremendo actor ­y director­ llamado Julio Chávez, termina metiéndose en la piel del espectador. Con sus miradas, sus silencios, su caminar inseguro, sus diálogos filosos, cortantes, Chávez le da vida a alguien que parece no tenerla.

Este actor, digamos al pasar, ya había demostrado su capacidad en películas importantes como «Un oso rojo» (2002), «El Custodio» (2005) con las cuales llenó de premios las vitrinas de su casa, trabajos forjados a partir de su formación como actor con los más grandes docentes argentinos, al tiempo que hace del teatro su segundo hogar.

El director Rotter logra con «El Otro» esa magia minimalista donde todo parece congelado, menos la cabeza del protagonista, alguien que bucea en sus propios infiernos. Juan Desouza (Chávez), es un hombre ya maduro que carga con la enfermedad de su padre y una mujer que no parece garantizarle la felicidad y sí fragilidades de todo tipo, desde emocionales hasta de identidad. En uno de sus habituales viajes de negocios al interior del país, toma distancia de sí mismo, de su vida y se transforma en «otros» que no dejan de ser él mismo. Se cambia de nombre, de profesión, atraviesa transversalmente su propia existencia buscándose, coquetea con alguna mujer, se pierde en la noche, habla poco, piensa mucho y se da cuenta que quizá existan otras vidas para vivir. Y no se trata de una crisis existencial, son cambios a nivel de su sensibilidad.

«El Otro» es un claro ejemplo de la diversidad del cine argentino, la sana tendencia a la obra autoral y un sentido crítico y político que de alguna manera lo acercan al mejor legado europeo. Hay en la vecina orilla una fuerte tradición cinematográfica que resulta incuestionable y quizá sea de las más importantes de Latinoamérica. Para el final, lo del comienzo, «El Otro» reivindica el buen cine e invita a que el espectador siga creyendo en esa maravillosa forma de arte, a pesar de lo que la cartelera puede llegar a ofrecer, que por cierto, por estas fechas, no desborda calidad.

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