Lou Reed, Manu Chao, Serrat y el resto

Las visitas musicales más destacadas de 2000

Raúl Forlán Lamarque

Prácticamente hacia el final del año, apareció el neoyorkino Lou Reed para otorgar seguramente un concierto inolvidable bajo la lluvia en el Teatro de Verano. Para brindar, asimismo, el show más espectacular de los últimos años, como para comprobar que la esencialidad del rock posee en Reed un traductor maestro.

Fue tan impresionante, tan refinado y visceral, tan poético y de tan generosa y virtuosa musicalidad que ese set de dos horas con formato eléctrico de guitarras, bajo y batería va a ser recordado como una de las visitas más recordadas en mucho tiempo.

Mucha música, inimitable carisma, movimiento escénico, sincronicidad, idea de trabajar con la tradición de la cultura rock, recrearla y a la vez experimentar con una fluidez y un buen gusto irrepetibles donde la figura grave, oscura de Lou Reed y el tremendo equipaje sonoro de su bajista Fernando Saunders se transformaron en una forma de la dicha, en una lógica de la plenitud y el goce a secas.

Manu Chao, el ex Mano Negra, arribó al Velódromo Municipal con proyecto y banda nueva (Radio Bemba) y obtuvo, quizás, el público más cálido y agitado. Fue un espectáculo donde prevaleció el formato acústico y un mestizaje sonoro, producto del brillante tour –si así puede denominárselo– que Manu Chao ha venido ejerciendo por las diferentes culturas latinoamericanas, partiendo del eje estético que viene a ser el rock y la influencia que todavía connota en el caso de los Clash y el reggae bobmarliano. Fue el otro show más importante de 2000, con casi tres horas y media de canciones y bises varios y la gente volando con el clandestino Manu Chao. Un show lúdico y al mismo tiempo lúcido, comprometido con las señales sociales de época de amplios recursos estilísticos y arreglísticos que redondearon en el escenario una faena digna de los mejores adjetivos.

 

Otras visitas

En cuanto a visitas roqueras, por supuesto que se ofertaron propuestas plurales y diversas a nivel estético. Hay que destacar el altísimo vuelo del show de los Fabulosos Cadillacs y la notable, torrencial comunicatividad que generaron con su multitudinaria audiencia los mexicanos de Maná. Mientras tanto, en el epílogo del año, los brasileños de Paralamas brindaron un excelente –y pese a dificultades técnicas ajenas a ellos– concierto en el Plaza en un formato acústico: reencontrarse con este trío entrañable fue más que regocijante.

Por otro lado, no se puede sesgar el emotivo, rasante show de los legendarios vascos de La Polla en un espectáculo a todo vértigo en un Teatro de Verano desenfrenado. Fue conmovedor toparse con una de las bandas totémicas del rock hispanoparlante. También estuvo La Renga, estuvo. Y vinieron de visita los Ataque 77 para un correcto show y los fósiles de la era disco, Boney M. y vino Diego Torres, vino.

La estética pop por oposición y en diversos carriles: la colombiana Shakira llegó al Velódromo y el público deliró con sus canciones y su insoslayable carisma escénico. La chica está en fase de expansión en términos estrictamente compositivos: es de esperarse que no se contamine del «efecto Estefan» que le ha otorgado el megaéxito, pero no así un mayor rigor en su apuesta musical y hay talento como para concretarlo.

El otro pop fue el de la uruguaya Natalia Oreiro: con una puesta en escena muy profesional convenció largamente a sus fans, pero su propuesta es un pop ligero. Deberá trabajar aun más para la factibilidad de un proyecto cancionístico con mayor volumen y densidad. Quién sabe. Por ahora está disfrutando del efecto de una taquilla que le ha valido ganar mercados en todo el continente y en Europa.

Al final del año, casi a modo de cierre de temporada, Charly García y Nito Mestre revivieron Sui Generis, a veinticinco años de su desmembramiento y su adiós caluroso en el Luna Park, frente a un público mezcladísimo en edades –varias generaciones de oyentes, desde luego– que fue a escuchar sus clásicos y las canciones de su nuevo disco Sinfonías para adolescentes.

Se trató de un show donde se entrecruzó la nostalgia y una fluida emotividad, el bueno humor, el alto profesionalismo, un staff de músicos impecable y un García con la mejor onda posible. Finalmente, los argentinos Lito Vitale y Juan Carlos Baglietto brindaron un finísimo par de conciertos (Conrad y Sala Zitarrosa): un show de solvencia ejecutiva con las delicadezas pianísticas de Vitale y la sugerente y pasional garganta de Baglietto. Muy bueno. Rocanrol, milongas, tangos de dos individuos que provienen de la cultura del rock y han expandido formidablemente sus intereses.

 

El fenómeno Buena Vista

Joan Manuel Serrat llegó a Uruguay nuevamente para presentar su otro yo llamado Tarrés. Y la convocatoria de público fue impresionante, así como el feeling, la calidez que se ligó de inmediato entre el cantautor catalán y un público fervoroso y muy afectivo.

El otro español, Joaquín Sabina, llegó con su unplugged no tan unplugged para presentar un espectáculo maratónico denominado «Nos sobran los motivos», del cual recientemente se acaba de editar disco homónimo.

El rendimiento escénico fue acorde al modo Sabina y la gente, apilada, coreó y coreó las canciones como ocurrió en el show de Serrat.

Hasta aquí lo posible y necesario de un año variado en visitantes que, en su gran mayoría, obtuvieron auditorios masivos.

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