Arte

Obras poco conocidas de artistas muy conocidos

Ni siquiera en tiempos de presidente-coleccionista las artes visuales tuvieron el mínimo apoyo para ampliar el edificio del Museo Nacional de Artes Visuales, adecuarlo a las nuevas necesidades museísticas o aprovechar y reciclar otros viejos y erigir el tal indispensable museo de arte contemporáneo que el país necesita con urgencia. Es más: en su doble mandato suprimió el Salón Nacional, el único y modesto vínculo para adquirir obras, durante 17 años. El Museo del Parque Rodó, con su acervo de seis mil obras, sigue invariable, detenido en el tiempo, sin agregar cuadros significativos que podrían incorporarse y enriquecer el patrimonio si hubiera voluntad política y decisión administrativa. Ni siquiera se pueden aceptar donaciones pues no hay espacio para exhibirlas y así se perdieron varias, una de ellas la de Antonio Frasconi. No hay sensibilidad visual en gobernantes y gobernados porque no hay educación y cultura visual desde las aulas escolares. Los diplomáticos con destinos al exterior, incluyendo los agregados culturales que, felizmente son pocos, no tienen no ya formación profesional, sino información mínima sobre arte nacional (ningún instituto oficial habilita la materia como obligatoria) y sin embargo representan al país. El arte local es ignorado adentro y afuera. No hay memoria, no hay historia. Son suficientes la murga, el canto popular y el fútbol. La sociedad del espectáculo.

 

Arte nacional en subastas

Durante la semana anterior se sucedieron, escalonadas, tres subastas de arte en Bavastro, Castells & Castells y Gomensoro. Hoy por hoy, para el visitante atento, constituyen la única posibilidad de recuperar la historia de la pintura uruguaya, de enhebrar períodos y artistas con obras poco conocidas que surgen, de repente, en el mercado, desaprovechadas por las autoridades responsables de conservar (¿?) el patrimonio o la adquisición por la comisión de cultura (¿?) del Senado, que tuvo mejores inquietudes entre sus miembros.

El desfile podría conformar una exposición memorable. Comenzó con Maternidad, c.1895, de Pedro Figari (1861-1938) , óleo sobre cartón con la firma Merlín, uno de los seudónimos que adoptó el eminente doctor Figari, figura pública notable en el Parlamento y la judicatura. La obra de 50 x 26 cm reveló el temprano dominio técnico del autor, la severa composición y la impostación italianizante de la paleta. Mi hijo Juan Carlos, c.1927, (también pintor con una obra menor) en típica tonalidad violácea y la movilidad propia del estilo figariano tiene su fresca inventiva. Ambas en Juan E. Gomensoro. Para seguir con la cronología, Retrato de joven, firmado por Carlos María Herrera (1875-1914) ejemplificó el nacimiento del modernismo en una tela oval de extrema sutileza cromática. En el mismo lugar, Milo Beretta (1875-1935) en Estancia con aljibe, 1935, dio cuenta de la persistencia del impresionismo en su producción que, como coleccionista, supo incorporar La diligencia de Vincent van Gogh (decisiva en el repertorio figariano) así como pinturas de Vuillard, Bonnard y Medardo Rosso.

Su amigo Pedro Blanes Viale (1879-1926) en Coro de la penitencia, c.1926, tela desconocida, un curioso pastel sobre cartón, realizado con soberbio dibujo y composición rítmica de contrastes de blancos y negros azulados, pintada en el año de su muerte, contrasta con la fuerza cromática de su El guardían de la gruta, varios años anterior, acercándose al lírico y despojado planismo casi matissiano de Carmelo de Arzadun en Plaza Ramírez, 1930, y a su tela Desfile frente al Parque Hotel de Montevideo, menos vibrante pero de la misma época, en coincidencia con Rosé (1882-1961) en Ciudad de Pan de Azúcar y Sierras, también de talante planista, mientras en Catedral constructiva, 1938 c., de Arzadun demuestra la enseñanza del maestro Torres García en clave personal, al igual que Amalia Nieto (1907-2003) en la litografía Sin título. Como de costumbre, los torresgarcianos son asiduos de las subastas: Hugo Sartore, Augusto Torres, Edgardo y Alceu Ribeiro, Juan Storm, Walter Deliotti, pinturas en eterno retorno. Atención especial hacia varios dibujos a lápiz representando niños jugando, la xilografía Desnudos femeninos y el pequeño óleo de mujer desnuda de Petrona Viera (1895-1960), de curiosa, insistente temática y extraña sensualidad, bordeando el erotismo. En Gomensoro, varios trabajos de Vicente Martín (1911-98), uno muy expresionista y otros excelentes, Abstracto, 1961, y Abstracto en rojo, 1978, trabajando el acrílico con una maestría singular hasta darle un potencial expresivo infrecuente. De Jorge Damiani (1931) se destacó Tránsito,1963, enviado a la VII Bienal de San Pablo de ese año, concentró la intensa envergadura expresiva, de refinado y complejo tratamiento matérico. Lo mejor de su larga carrera.

En Bavastro, la perla de la corona era Feria de Carmelo de Arzadun, óleo desconocido sobre cartón, de su época planista, estallido de colores planos y puros, admirable composición que recoge lo esencial de cada figura y recrea la dinámica del ambiente popular. A una excelente Marina de Oscar García Reyno, se agregaron las firmas de Alberto Dura, Carlos A. Castellanos, cada vez más atractivo, José Cuneo, Norberto Berdía, Zoma Baitler (se cumple el centenario de su nacimiento en el presente año), Raúl Pavlotzky, un aceptable Dolcey Schenone Puig (1986-1952), aburridos paisajes de Eduardo Amézaga (1911-1977), dibujos geométricos, fechados en 1947, de José Pedro Costigliolo, de la época maquinista, completan un panorama de excepcional valor, poco frecuente, por contribuir al conocimiento más amplio de cada artista.

En Castells & Castells se pudo descubrir la energía de Guillermo Rodríguez en Lavandera, del período planista, las preciosas ilustraciones en dibujo acuarelado de Carmelo de Arzadun, el barroquismo lineal de Nelson Romero, menos ilustrativo que en otras ocasiones, el sorprendente simbolismo de Mario Radaelli en La cosecha, pintor olvidado que vale la pena revisitar al igual que Agustín Ezcurra y su decorativismo en La estatua de bronce, 1941, ligado al planismo. Entre los artistas contemporáneos, composiciones abstractas de Agueda Dicancro y Nelson Ramos comienzan a disputarse entre coleccionistas audaces.

Un balance que unido al de años anteriores (Bavastro reveló, en 2007, magníficas obras de Ventayol, Barcala y Espínola Gómez, desdeñadas por el Estado, así como Gomensoro dos telas memorables de Espondaburo) permitiría escribir otra historia de la pintura uruguaya, más veraz y convincente, basada en la experiencia directa y no en referentes bibliográficos y documentos que, si ayudan, nunca sustituyen la observación de la mirada que interroga desde la creación misma. Es el inestimable valor de concurrrir a las casas de subasta, esos museos temporarios, que acaso alguien haya tenido el cuidado de filmar y dejado testimonio para ser posproducido y proyectado en video o en devedé, esquivando el tradicional libro. Una idea atractiva a tener en cuenta.

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