Cinemateca estrena hoy "Inocencia salvaje"
Sería una simpleza reducirla a un alegato en contra de las drogas. Esa es, en todo caso, apenas una de las lecturas posibles de esta película de Philippe Garrel.
El protagonista (Medhj Belhaj Kacem) es un director de cine y no resulta difícil identificarlo con el propio Garrel. Es él quien quiere hacer una película contra la droga, específicamente contra la heroína, culpable de la destrucción de su anterior pareja (en la vida real, la droga destruyó la relación del director con la modelo y cantante Nico, y el cineasta ya había planteado el tema en otro filme semiautobiográfico, «J’entends plus la guitare», 1992). Pero hay también en la película un carácter específicamente cinéfilo que le aporta otra dimensión.
El aficionado memorioso no tardará en reconocer las reminiscencias de la Nouvelle Vague y sus fronteras, por ejemplo la «maldita» «La maman et la putain» de Jean Eustache.
El filme incorpora imágenes en blanco y negro a cargo de Raoul Coutard (uno de los directores de fotografía arquetípicos de la Nouvelle Vague), Cinemascope, conversaciones sobre el amor, ambientación en cafés y departamentos con libros y chicas, y un cineasta que tiene problemas para conseguir financiación para su película. Incluso no es difícil sospechar que la presencia en el elenco de Michel Subor constituya el homenaje personal de Garrel a Godard (fue el protagonista de «El soldadito»). Pero tampoco se trata de eso, o por lo menos no solo de eso.
Las cosas se enturbian cuando el protagonista descubre que para financiar su cinta antidroga debe convertirse en cómplice del narcotráfico, lo cual, por cierto, no es la única ironía que contiene el filme. Y a partir de ahí toda la situación se le empieza a ir de las manos al protagonista, en un juego de cajas chinas que tiene varias capas. Lo que sigue es, por supuesto, un mecanismo de «filme dentro del filme» que tiene sus paradojas.
Garrel experimenta con una forma de melodrama cercana al psicodrama de Cassavetes, y logra lo que alguien definió como «una historia fáustica de corrupción, traición, disolución y compromiso fatal».
Alguien ha dicho también que era una historia de la ceguera y la silenciosa falta de voluntad de un cineasta para enfrentar cualquier tipo de complicidad con las memorias que recrea. Garrel nunca había tomado una distancia crítica tan extrema de su alter ego en la pantalla.
El público uruguayo ha demorado descubrir al director Garrel, nacido en Boulogne-Billancourt en 1948, director a los 16 años de edad de su primer cortometraje, «Les enfants désaccordés».
Su gusto por la polémica viene de lejos: en 1968 demandó a la televisión pública francesa por no difundir una película que le habían encargado, y en ese mismo año rodó las revueltas estudiantiles de mayo que pusieron en vilo a París.
En ese momento, Jean-Luc Godard le dirigió un inesperado elogio, afirmando que la suya había sido la mejor filmación sobre esos acontecimientos. Luego vendrían trabajos crecientemente ambiciosos como «La cicatrice intérieure» (1971), «L’ enfant secret» (1982), «J´entends plus la guitare» (1992) y «La naissance de l’amour» (1993).
Compartí tu opinión con toda la comunidad