Entre Montevideo y Punta del Este
–¿En el taller ?
–Sí, efectivamente, trabajando con muchas ganas. Concretamente ahora estoy diseñando unos modelos completamente nuevos, preparando un stock de dibujos para las piezas que pienso llevar a Punta del Este en la temporada próxima. Al mismo tiempo prosigo trabajando para el Mercado donde tengo una exposición permanente.
–¿Por qué con tanta anticipación?
–No creas que desde ahora hasta noviembre o diciembre el tiempo es mucho. La elaboración en la teoría, en el papel, lleva su proceso. Algunas veces es medio tedioso pero también tiene su encanto. Por cada diseño finalmente terminado, antes desecho por lo menos una veintena. Es inevitable, es parte del proceso creativo y algunas veces sucede que aunque me había quedado conforme con algo, luego surgen ideas nuevas y por lo consiguiente lo cambio, lo transformo parcial o totalmente.
Claro que lo que realmente me gusta es estar con las manos en la argamasa, en el torno trabajando diversas técnicas, manuales o con espátulas. Después agregar detalles que pueden ser en otros materiales como vidrio, madera o metales y finalmente el horneado.
–¿Punta del Este es una vidriera para exportar?
–Sí, claro, pero Montevideo también lo es. En los últimos tres años he vendido muchas piezas a europeos, cosa que no ocurría antes cuando los compradores eran preferentemente argenitinos e incluso brasileños. En Punta del Este, la llegada de los cruceros ha reactivado muchísimo el mercado, por lo menos en lo que a mí respecta, ya que los turistas de tierras lejanas buscan adquirir como recuerdo objetos que perduren en el tiempo y que, en lo posible, sean representativos del país en donde lo adquirieron.
También trabajo mucho para el mercado interno y me resulta muy gratificante ya que las obras permanecen entre nosotros.
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