Vitus: el trauma recurrente de los que son diferentes
Sin embargo, sólo la igualdad de oportunidades habilita el acceso al crecimiento intelectual en su máxima expresión, al razonamiento lógico y a los grandes saberes universales, tanto de las disciplinas científicas como de las humanas.
La herramienta fundamental de todo este proceso es, naturalmente, la educación, en tanto ámbito de aprendizaje de los saberes académicos y espacio de socialización e inclusión social.
El tema de los superdotados, que por estos días se ha instalado en el cine, suele tener un abordaje bastante frívolo, en una sociedad contemporánea fuertemente compartimentada y gobernada por las tecnologías de la información.
A «Mi nombre es August Rush», se suma «Vitus», un largometraje de origen suizo que visualiza el problema mediante una mirada bastante más multidimensional.
Esta película del cineasta Fredi M. Murer, narra también la historia de un niño prodigio, que, a sus escasos seis años de edad, es capaz de interpretar al piano, en el nivel de un experto, emblemáticas partituras de icónicos compositores como Bach, Mozart y Schumann. También posee una inteligencia privilegiada para el cálculo matemático y lee ávidamente cuanta enciclopedia tiene a su alcance.
Mientras sus padres invierten en la formación musical de su hijo a quien aspiran a transformar en una celebridad, el pequeño prefiere refugiarse en el taller de su abuelo, un empedernido amante de la vida que sueña con volar.
Esta utopía tiene, obviamente, una doble connotación, que excede a la mera pasión por la navegación aérea y está alegóricamente identificada con el mito de Ícaro y otras leyendas análogas.
El relato, que transcurre entre improvisados conciertos y frecuentes desencuentros afectivos entre padres e hijo, confronta el universo infantil del protagonista- que sólo aspira a ser un niño normal- con el mundo de los adultos y sus problemas cotidianos.
Aunque no enfatiza demasiado en el asunto, la narración plantea igualmente el traumático problema de la brecha generacional, fuente de frecuentes conflictos y hasta tragedias familiares.
El cineasta expone a su personaje infantil que deviene naturalmente en prodigioso preadolescent a los rigores del rechazo, por ejemplo, de los estudiantes de un aula universitaria, a la cual el chico asiste con sólo doce años de edad. Un inesperado accidente provoca un intenso impacto emocional en la familia, que, de algún modo, comienza a asumir la necesidad de permitir que el niño se desarrolle en condiciones acordes a su edad biológica.
Fredi M. Muerer manipula sabiamente las reacciones de los adultos ante esta nueva situación, mientras insinúa que el fantasma de la desocupación comienza a planear sobre el grupo humano, a raíz de la inminente quiera de la empresa en la cual trabaja el padre del protagonista.
La hipótesis de la inestabilidad económica no parece ser nada descabellada, aunque se trate de la idealizada Suiza, un promocionado y paradigmático paraíso de las presuntas bondades del capitalismo del primer mundo que los tecnócratas de turno recomiendan emular.
Pese a la frontalidad del planteo, la inteligente factura cinematográfica y a cierto vuelo poético, «Vitus» naufraga por algunos inconvenientes convencionalismos, más propios de la gran industria que del cine europeo.
En efecto, el desenlace del relato apela a clichés habituales en el cine de consumo masivo y a soluciones demasiado simplistas para resolver los problemas financieros de la familia.
No obstante, la presencia del talentoso Bruno Ganz en el rol del abuelo, la soltura de los dos niños que encarnan al personaje protagónico y una magistral banda sonora, aportan la cuota de calidad requerida.
«Vitus» es un filme ambicioso, que incluso posee algunos momentos de fino humor. Sin embargo, queda a medio camino entre el drama de sesgo existencial, la comedia costumbrista y la reflexión de dimensión social.
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