Dónde y qué. En Sala Aduana Nueva, tres hombres, tres éticas en colisión

Filoctetes, de Sófocles, en versión escénica de la Comedia Nacional

Casi diríamos a las éticas, porque dos o más normas de conducta pueden entrar en colisión. Según André Gide («Filoctetes o el tratado de las tres éticas, 1898) hay en esta pieza tres éticas: la ética del patriotismo, representada por Odiseo, la del amor, representada por Neoptolemo y la ética de la fidelidad a uno mismo, representada por Filoctetes.

Aliado con Agamemnón en la guerra de Troya, Filoctetes (Delfi Galbiati) ha sido mordido por una serpiente; la herida, que no cierra, despide un hedor insoportable; los griegos deben abandonarlo en la isla de Lemnos; Odiseo, aquí llamado Ulises (Levón) ejecutó la orden.

Pasan diez años; un oráculo dice a los griegos que no conquistarán Ilión si no vuelve a luchar con ellos Filoctetes, con el arco y las flechas que le legara Heracles al pie de su pira funeraria. El mismo Odiseo debe buscar y regresar al héroe malherido; Odisea, que sabe que Filoctetes no volverá de grado a la guerra, recurre a un ardid que implica un engaño.

Por Neoptolemo (Pablo Varrailhon), hijo de Aquiles que acompaña a Odiseo, abordará al solitario de Lemnos presentándose como un desertor del ejército griego, a quienes odia porque no le entregaron las armas de Aquiles, su padre muerto. Odiseo y Neoptolemo se deben a sus compañeros de lucha; mucho dolor y mucha muerte se ahorrarán si logran que un hombre vuelva a la lucha contra Troya.

La Atenas de Sófocles no es la Mikenas de Agamemnón; pasó el tiempo y la consciencia ganó terreno en el hombre. «Filoctetes» es un drama que sucede en el alma de los personajes y la riqueza de los problemas de conciencia que presenta, ha interesado, curiosamente, a varios escritores y dramaturgos contemporáneos: Oscar Mandel (1961) Heiner Müller (1965) y los premio Nobel Seamus Heaney y Derek Walcott (ambos en 1990). Pero, con ser la pieza un verdadero tesoro donde brillan algunos de los diálogos más felices de Sófocles, no hay aquí nada más que el drama de la conciencia; y esta sutil trama debe ser luminosamente presentada al espectador para poder comprometerlo. Y, con todo el aprecio y la admiración que nos merece Marisa Bentancur, autora de una electrizante versión de «Las troyanas» de Eurípides, creemos que ese compromiso no se hizo presente en el escenario de la Aduana Nueva.

La obra no es, contra lo que supone la directora en el programa de mano, sobre «…los juegos de poder, las estrategias de estado, el uso y abuso de la marginalidad con fines políticos…», que, si no entendemos mal, es la visión convencional de la política.

Este desencuentro con la obra de Sófocles es visible en varios otros puntos. El primero es el vestuario. Odiseo, Neoptolemo y los marineros (el coro) vestidos de traje y corbata aluden al presente; pero la alusión no va lejos. «Calígula» de Albert Camus, en la puesta en escena de Szuchmacher, presentaba a todos los personajes con trajes de 1940: los crímenes romanos guardaban un paralelo con la temible eficacia burocrática del nazismo.

No hay paralelo posible a partir de «Filoctetes», donde Odiseo debe enfrentar no sólo a Filoctetes sino también a los escrúpulos de conciencia de Neoptolemo. Luego, el escenario es un gran espacio indeciso y vacío, sin isla ni gruta. Una armazón metálica debe ser su refugio; pero esa especie de costillar metálico que hay a la derecha del espectador no tiene significado.

Hay luces inciertas, sobre fondo negro, como la obra, luminosa y solar, sucediera a medianoche; los marineros de Neoptolemo hacen gestos de ballet, con traje y corbata negros.

Estas oscuridades impactaron negativamente en las escenas. El texto de Sófocles está presente, y Marisa Bentancur ha tenido que vedarse toda otra «modernización»; pero los grandes momentos del drama no se distinguen bien de sus preparativos y la resolución de las escenas parece débil, como si, con el transcurso de la trama, la acción se disolviera en vez de concentrarse y crecer.

Galbiati como Filoctetes y Varrailhon como Neoptolemo están a la altura de sus fascinantes personajes. Los traen a escena con convicción, con la energía necesaria y con el porte de quienes son, por más que los separe una generación, dos guerreros. La interpretación de Odiseo por Levón, en cambio, parece venir de otro universo. Odiseo, uno de los más notables guerreros de los griegos, es inferior sólo a Aquiles en la batalla, y es superior a todos a la hora de deliberar. Lo concebimos sobrio, reflexivo, mesurado de gestos y palabras: ninguna de estas características encontramos en Levón. Vimos un Odiseo gesticulador, nervioso y superficial; poco respetable. Pero en la tragedia griega, y es uno de sus méritos, no hay malos ni buenos.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje