Entre el caos y las revelaciones
La totalidad de la prensa porteña exaltó al máximo la nueva edición de Arte BA, la feria de las galerías que anualmente se realiza en la Rural de Palermo.
A ese imbatible nacionalismo, la 17ª feria comercial de arte recibió la contribución de numerosos críticos de arte en su organización, incluyendo la asociación que los agrupa, hipotecando el futuro de la independencia de sus observaciones. Al contrario de lo que sucede en Art Basel, un organismo que apostando a un nivel superior del comercio artístico, encarga, con exigente criterio, sectores memorables accesibles a famosos y desconocidos que luego tendrán su propia fama. Las jornadas de Basilea conmueven el mundo del arte en todos sus aspectos (museísticos, periodísticos, coleccionismo) y dinamiza los maravillosos museos y centros culturales de la ciudad. No es muy concurrida (entre 50 y 60 mil personas) pero allí se dan cita lo más selecto de los profesionales de todo el planeta.
ArteBA llenó sus espacios con 120 mil visitantes, con buen número de jóvenes. En la larga y oscura entrada al recinto de la Rural, los stands de las 81 galerías son ejemplos del caos planificado. En su mayoría son galerías argentinas con puntos altos en Jorge Mara (de lejos, la mejor, por su coherente elección de las tendencias geométricas y minimalista) y Laura Haber que incluyó obras históricas de Carmelo Arden Quin, al igual que Van Eyck, y ArtexArte, dedicada a la fotografías. Las restantes cuelgan diversidad de cuadros, ponen algunas esculturas, en el mejor estilo de trastienda. Aisladamente, pueden encontrarse trabajos de los vanguardistas Carlos Squirru y Dalila Puzzovio, varios dibujos de Alberto Greco, pero no de su mejor producción, algún excelente Figari (se vendió en 120 mil dólares) y aislados nombres conocidos.
Dos galerías uruguayas, de intermitente actividad, Sur (dominando obras de Berni) y Del Paseo (con Ernesto Vila, Pedro Tyler, Nelson Ramos y otros), cumplieron con dignidad su participación.Cecilia de Torres de Nueva York privilegió el arte cinético y lo hizo bien, Durban Segnini Gallery de Miami-Caracas, destacó a los madistas Carmelo Arden Quin y Gyula Kosice y la paulista Thomas Cohn, discreta. La ambiciosa Open Space, grandes instalaciones, no cumplió su cometido aunque las estructuras de Rimer Cardillo quedaron bien iluminadas. Deprimentes, las humildes y pretensiosas, galerías del sector Barrio Joven, con una pieza perdida y rescatada de la vulgaridad del uruguayo Sergio Meirana y la honorable presentación de harto—espacio de Adela Cascuberta y Antar Kuri. Es probable que en el pandemonio de la feria se obtuvieron, aquí y allá, momentos gratificantes (en el sector video) pero el balance final es el desorden, carencia, orientación e imaginación. Una feria olvidable. Justamente, la semana anterior, Basilea luchando contra la Eurocopa, debió dar la gratificación anual de inmejorable calidad.
Otras exposiciones
El Malba acogió una muestra retrospectiva de la brasileña Tarsila do Amaral con obras fechadas entre 1918-1933. Si la artista paulista, hija de un poderoso hacendado, no hubiera estado vinculada al poeta Oswald de Andrade, su primer marido, y al movimiento antropofágico y luego al psiquiatra Osório César, su segundo marido, y la adhesión al partido comunista, hoy su nombre no ocuparía el primer plano en su país y no recibiría cierto renombre en el exterior. Es la creadora de tres obras, entre 1923 ( La Negra), Abaporu (1928) y Antropofagia (1929), de aire naïf que se extiende a Tarjeta postal (1929), si bien es en una ascética figura aislada que logra mayor intensidad. Basta comparar con la trayectoria de Barradas, similar en sus comienzos al de Tarsila, pero asistido de una audacia que la brasileña no tuvo ni tampoco derivó a la penosa decadencia neorrealista de los años treinta.
El Centro Cultural Recoleta lució como en sus mejores épocas. Dos retrospectivas de Pablo Suárez y Liliana Maresca, referentes ineludibles del arte argentino de las últimas décadas, ya fallecidos, fueron revisitados en perspectiva clara y disfrutable, en su proteico, revulsivo legado.
El Palais de Glace hospeda dos enormes muestras. El dibujo en Croacia (que vendrá a Montevideo el próximo mes) de buen nivel y una interminable muestra de fotoperiodismo sobre la revolución cubana, sin los aciertos ni la agudeza del fotógrafo suizo René Burri en el Centro Cultural Borges.
La galería Ruth Benzacar mantiene dos muestras de gran interés. Miguel Rothschild, argentino residente en Berlín, con Penas ni gloria rescata artistas del pasado (Durero,Yves Klein) y los recrea ron enorme ingenio y personalidad. En la otra sala, Nicola Costantino hace una instalación y proyección de una performance, La Cena, con un refinamiento formal y conceptual admirables, recreando la luz de Vermeer.
En cambio, la galería Laura Haber, exhibió una suerte de retrospectiva de Martïn Blaszko, integrante lateral del gupo madí, un moviminerto que no lo supo asumir en su auténtica dimensión quedando atrapado en la abstracción convencional. El Centro Cultural General San Martín, de la calle Sarmiento, con Naturaleza y artificio, de la curadora Graciela Taquini, ofrece un singular relacionamiento entre el interior y el exterior del edificio con doce artistas que saben lo que hacen.
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