Terror. Un niño y sus "amigos invisibles" desencadenan el mal

Anticipando el escalofrío: llega a Uruguay "El orfanato"

En la historia, una mujer compra la antigua casa donde antes funcionaba un orfanato en el que pasó su infancia. Al poco tiempo, su hijo comienza a tener ciertas fantasías que lo envuelven en juegos con «amigos invisibles» hasta que la situación se torna fuera de control.

Obviamente, uno de los tópicos del largometraje tiene que ver con niños, lo que no resulta algo extraño en el escalofriante universo del género terrorífico. Aunque parezca raro, desde las fábulas infantiles (Hansel y Gretel a punto de ser devorados por una bruja, por ejemplo), los locos bajitos siempre han estado involucrados en el territorio de lo sobrenatural o, por lo menos, dentro de atmósferas enrarecidas y siniestras.

Tal puede ser el caso de «M, el vampiro negro» de Fritz Lang, con un tétrico Peter Lorre asesino de niñas o «La noche del cazador», filme de culto dirigido por Charles Laughton, en el que dos niñitos eran perseguidos por un siniestro predicador protagonizado por Robert Mitchum. Algo similar ocurría en «El otro» de Robert Mulligan, retorcido ejercicio de alucinaciones y esquizofrenia donde un pequeño «resucitaba» a su fallecido hermanito para hacerlo responsable de sus crímenes.

Aparentemente, la idea de la película «El orfanato» surgió del guionista asturiano Sergio G. Sánchez, quien de pequeño solía asustar a su madre «con la ayuda de sus amigos imaginarios».

Es que, a veces, los nenes no se asustan con el cuco sino que son el cuco. Algo de esto ocurría en «La profecía» de Richard Donner, donde el «travieso» Damian no era otra cosa que la mismísima encarnación del Anticristo pero también estaba presente al comienzo de «Hallowen» de John Carpenter con el pequeñín Michael Myers disfrazado de payasito y asesinando sádicamente a su hermana. Los «tiernos infantes» ahora, incluso, pueden ser chupasangres, como sucedía en «Entrevista con el vampiro», de Neil Jordan, transformarse en bebés asesinos a la manera de «Estoy vivo», una desacomodadora realización de Larry Cohen o ser poseídos por el demonio como en «El exorcista» de William Friedkin (está bien, Linda Blair ya no era una niña sino una pre-adolescente pero el ejemplo igual sirve).

También en «El pueblo de los malditos», de Wolf Rilla, estos tesoritos encantadores se convertían en seres extraterrestres invadiendo el planeta Tierra y en «¿Quién puede matar un niño?» de Narciso Ibáñez Serrador, los chiquilines de un poblado se transformaban en fieros asesinos de adultos.

Una cuestión generacional. En otros casos («Whistle down the wind» de Bryan Forbes) estos niños generaban un microuniverso alucinante y pavoroso. Un trastocamiento que también ocurría en «The innocents», lograda producción de Jack Clayton a partir del texto «Una vuelta de tuerca», verdadera joya literaria de Henry James.

Esta apretada lista también puede dar cabida a «Cementerio de animales», dirigida por Mary Lambert sobre novela de Stephen King (aquí el nenito revive un gato gracias a la magia indígena y la cosa se complica). Ni hablar de «El sexto sentido» de Night Shyamalan, donde el actorcito Haley Joel Osmond veía gente muerta caminando por todos lados o «El resplandor» de Stanley Kubrick (otro novelón de King) en donde el pequeñito Danny tiene que usar sus poderes paranormales para zafar de Jack Nicholson, el lobo malo de la película.

Como vemos, los gurises, en el cine, hace tiempo que dejaron de ser los inocentes y hasta han pasado de víctimas a victimarios. Y eso no es nada, en otra nota podría hablarse de los chiches diabólicos con los que juegan, ¿O acaso Chucky no es un juguete satánico? Vade retro, nene.

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