Drama salvaje
Jorge Arias
Su planteo, la irrupción de un desconocido en el Microcosmos de tres mujeres solas cuyas vidas se marchitan en un lugar solitario donde sólo prosperan las cabras, presagia un drama de obsesiones y transpiraciones como los que interpretó Giancarlo Giannini.
El anunciado delito flirtea con las posibles víctimas como una mariposa indecisa entre diversas flores. La escritura de Betti es pulcra, los personajes están vigorosamente diseñados, la psicología es práctica y sólida, la acción es tensa y continua, la atmósfera parece enrarecerse y cargarse sin tregua; todo agrada al espectador hasta que llega un anticipo del final: el momento en que el delito, la víctima, el victimario y el medio empleado para la muerte nos son manifiestos.
Pero sobreviene todavía un último acto, tan de agonía para la platea como para la escena, donde Betti vuelve a tensar el drama, a presentar nuevas posibilidades en el pasado y un nuevo desenlace en el futuro, lo que parece exprimir la sustancia dramática de la obra más allá de lo que la anécdota podía dar. Luego de las felicidades de los actos anteriores, el exasperante final supo a hiel.
El director Luis Miceli Couret, sin duda el animador del grupo que actúa en Teatro Abierto de Montevideo, muestra estimables virtudes. Logra buenos efectos plásticos en la sugerente iluminación (Emilio Trecchi), diseña con seguridad una atmósfera opresiva, sabe manejar los contrastes y oposiciones dialécticas, hace fluir el diálogo y obtiene buenas actuaciones de intérpretes que revelan una adecuada formación artística.
Es posible que el final, cuyas dificultades para la puesta en escena son hasta físicas (deben verse a la vez el interior de un pozo y su boca) sea el punto débil del espectáculo, sobre todo por su perversa extensión; pero lo cierto es que el director ha hecho todo lo posible por unir el interés del público al fiel registro de la obra.
Delito en la isla de las cabras, de Ugo Betti, por Teatro Abierto de Montevideo. Con Silvia Temesio, Gabriela de León, Valeria Montero, Paulo Castro y Pedro Sigales. Escenografía, vestuario e iluminación de Emilio Trecchi, dirección y puesta en escena de Luis Miceli Couret. En Teatro Abierto de Montevideo, Vázquez 1566.
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