LA OBSESIVA BUSQUEDA DE LA REDENCION

La eterna búsqueda del ser humano, el vacío existencial que impulsa a alguien a buscar en lo más profundo de su ser esa respuesta que otorgue sentido, orden y definición a la vida, como algo más que una mera peripecia biológica, ha sido abordada, desde siempre, por los más diversos artistas.

Más allá de las religiones o filosofías que procuran explicar o justificar nuestra presencia apelando a lo metafísico, pintores, escultores, músicos y escritores, entre otros, han intentado, mediante su arte, explicar y explicarse la razón última de la existencia humana.

El narrador Milton Fornaro, en su novela «Teoría del iceberg», nos plantea, mediante su atribulado y nihilista personaje protagónico, esa recurrente angustia de aquellos que no encuentran una razón para existir, más allá del mero empecinamiento por mantenerse con vida.

Sin embargo, Joaquín Díaz, verdadero antihéroe típico de la obra del talentoso autor compatriota, cree en algo, que trasciende a cualquier religión, ideología o culto conocido: cree ­ciegamente- en Ernest Hemingway, el genial y malogrado escritor estadounidense.

Para el protagonista de este relato, la figura de este icónico escritor asume una estatura mítica, algo que va más allá de la admiración literaria. para tornarse en una cuasi enfermiza deificación, que lo obsesiona como si de un culto divino se tratara.

Escritor mediocre y amante abandonado, Joaquín Díaz se siente acosado por un ominoso fantasma que lo persigue a donde va y del cual intenta huir vanamente: el recuerdo de la mujer que ama y que lo abandonó, a la cual identifica misteriosamente como B.

El joven, que procura imitar a Hemingway, al menos en los aspectos más nefastos de su personalidad, como las relaciones sentimentales problemáticas y la abundante ingesta de alcohol diaria, escribe un cuento terrible, con el cual, sin embargo, gana un concurso literario.

La narración es una mixtura sin sentido, entre violencia y sexo desenfrenado, que Díaz elabora quizá como una suerte de cruda catarsis, para afrontar la pesadilla de la dictadura que el país padecía en el momento en el cual está ambientada la novela.

Ganar el concurso le permite alejarse, tanto del clima de opresión y autoritarismo de su país, como de los lugares que habitualmente frecuentaba con su anterior pareja, ya que el premio consiste en un viaje a Italia.

Fornaro hace especial hincapié en la degradación en la cual se encuentra el protagonista y en el proceso de autodestrucción y flagelamiento espiritual al cual se somete, mediante el alcohol y las relaciones sentimentales y sexuales enfermizas.

Sin embargo, al arribar a Italia, más allá de la fascinación que sobre el joven literato ejercen las ciudades que conoce, encuentra un motivo para escapar del espiral de dolor y la autoconmiseración en la cual se halla inmerso.

La intempestiva llegada a su vida de una bailarina cubana, integrante de una compañía que se aloja en el hotel donde él pernocta, da un nuevo sentido a su existencia, alejándolo de la angustia y la memoria, tanto de la desgarradora realidad del su patria, como del recuerdo de la mujer amada que lo abandonó.

Sin embargo, lo que comienza como una relación basada en el placer sexual y el goce de los sentidos, deviene lentamente en una pasión obsesiva por la mujer, que, a la sazón, lo arrastra a la locura.

En pleno proceso de degradación emocional, indirectamente el propio Hemingway se transforma en una suerte de ángel redentor y salvador, cuando el alienado joven descubre una isla cercana a Venecia, que forma parte del itinerario indispensable para seguir las huellas de su idolatrado escritor.

Tomando como excusa la necesaria huida de una atosigante relación sentimental, el protagonista comienza a emerger del abismo y a recuperar el sentido de una vida signada por el fracaso y el desencanto. El secreto es, obviamente, esa búsqueda esencial de los rastros del admirado literato norteamericano.

Fornaro demuestra, una vez más, su ya reconocida minuciosidad al momento de recrear ambientes y lugares, los cuales construye, detalladamente, haciéndonos sentir los olores, sonidos y colores de las ciudades que el protagonista visita, en una especie de viaje inciático o de autoconocimiento, que, inevitablemente, modificará el curso de su vida.

Mientras intenta olvidar su pasado, el protagonista emprende la utópica aventura de encontrarse con Ernest Hemingway, frecuentando los lugares que él frecuentaba, dialogando con curiosos personajes que narran fabulosas historias sobre el emblemático literato, observando fotografías e incluso tocando objetos que pertenecieron a él, como si de piezas sagradas se tratara.

Tal cual es habitual en Milton Fornaro, el relato está dotado de un ritmo ágil y una sólida construcción literaria. Sin embargo, el personaje de Joaquín Díaz puede agotar un tanto al lector, porque reproduce estereotipos demasiado recurrentes, como el intelectual desencanto, alcohólico o drogadicto, con problemas existenciales y algún viejo amor que intenta olvidar.

Otro tanto sucede con la permanente apelación a la figura de Ernest Hemingway y la alusión a diversos aspectos de su vida que son harto conocidos.

Más allá de eventuales salvedades que pueden minimizar el interés por esta novela, «Teoría del iceberg» posee la impronta de su autor, quien confirma su indudable solvencia para la creación narrativa.

(Ediciones de la Banda Oriental)

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