Saramago en Uruguay

"La globalización económica es la nueva forma de totalitarismo"

Horas antes, en la Fundación Banco de Boston, Saramago reflexionó sobre su obra, la condición humana y un mundo camino a la alienación.

«Asistimos a un mundo en extinción. El único lugar seguro son los shoppings que, curiosamente, no tienen ventanas. Y un lugar sin ventanas es una caverna». De esta forma, el escritor portugués definía, en parte, su primera novela después de recibir el Nobel, publicada en Uruguay por Alfaguara.

A los 78 años, Saramago es dueño de un mundo propio, minuciosamente creado, indiscutible por su originalidad y su visión de la historia y de la cultura.

«No existe punto de contacto entre el idealismo de Platón y mi marxismo. El libro describe puntualmente una caverna moderna, un lugar sin cadenas donde el hombre, sin embargo, vive encadenado. Un mundo donde no hay espacio para el oficio artesanal», explica Saramago. El nuevo opus remite a la lucha desigual y titánica que debe padecer una familia de alfareros frente al posmodernismo voraz de un gigantesco centro comercial. Un mundo donde el «úselo y tírelo» parece ser moneda corriente y donde no es necesario la policía ni la represión. El nuevo totalitarismo se basa en la economía y en las multinacionales, los nuevos dueños del mundo. Lo más descartable que existe en este momento es el ser humano», enfatizó durante su segunda visita a Montevideo. En 1998, meses antes de recibir el Nobel, había estado presente en la Feria del Libro.

También hizo referencia a las elecciones en Estados Unidos, señalando que «todo el mundo estuvo más de un mes pendiente de quién iba a ser el presidente electo cuando, en realidad, para nosotros no hay diferencia entre Gore y Bush. Norman Mailer una vez me dijo que Clinton era el último presidente de Estados Unidos. El poder está en otro lado. La globalización económica es la nueva forma de totalitarismo».

 

El mundo como shopping

El autor del El Evangelio según Jesucristo hizo referencia a su universo literario y a su visión, a juicio de algunos críticos «pesimista» de la sociedad humana.

«Las cosas no están bien y esto lo sabemos, pero no me gusta la división entre optimista y pesimista. Se corre el riesgo de quedar preso de esto y no hacer nada por mejorar la situación. El mundo es un caos, organizado en una misma dirección», explicó.

Nacido en la localidad de Azinhaga en 1922, Saramago es considerado por algunos críticos como un «autor tardío». Su primera novela, Tierra de pecado, fue escrita en 1947 cuando contaba con 25 años.

Pese a las críticas estimulantes que entonces recibió, permaneció dos décadas sin publicar donde ejerció diversos oficios como cerrajero y mecánico. En 1972 y 1973 trabajó en la redacción del vespertino «Diario de Lisboa» como analista político y coordinador del suplemento cultural. Sobre aquellos años de silencio en su producción literaria afirmó en varias oportunidades «quizá no tenía nada que decir». Sin embargo, a finales de los sesenta se presentó con dos libros de poemas: Os poemas possiveis y Provavelmente alegría (parte de un ciclo que completaría en 1975 con O ano de 1993).

No obstante, el reconocimiento a nivel internacional le llegó con la aparición de Memorial del convento, novela publicada en 1982, a la que siguió El año de la muerte de Ricardo Reis. En esta última, su precisa y sentimental indagación del universo de Fernando Pessoa –a través de uno de sus heterónimos– se convierte casi de inmediato en una obra «de culto», que cruza todas las fronteras. Su trabajo narrativo goza desde entonces de una admiración sin límites.

La caverna, definida por el autor como el cierre de una trilogía «involuntaria» integrada por Todos los nombres y Ensayo sobre la ceguera, es su primera novela después de haber recibido el Nobel. ¿Se sintió presionado por el premio a la hora de escribirla? «Para nada», contesta y sonríe.

«No creo en la concepción romántica de algunos escritores, ni en la tortura de la hoja en blanco a la hora de escribir. Para mí es un trabajo. La buena acogida que tuvo La caverna puede ser una especie de curiosidad para ver qué escribo luego del Nobel, pero creo que, fundamentalmente, es que los lectores se hacen eco de lo que narra el libro».

A propósito de Ensayo sobre la ceguera (1996), una metáfora donde casi todos los personajes se creen ciegos, Saramago deja en el aire una interrogante «¿y si todos fuéramos ciegos?», para luego agregar: «Mantener la visión es mantener la razón. No podemos perder la capacidad de protesta, de indignación, de espíritu crítico».

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