Ejercicios preescolares. "El espectador se resigna a las anécdotas, vacías y sin alma

La piel de Elisa, de la canadiense Carole Fréchette

O hay que inventar una buena solución; quizás hay que abrir una herida para ver como sangró.

Mucho más que las convocatorias de la dudosa «inspiración», el encargo pone a prueba nuestra resistencia y nuestra pasión por el arte de escribir.

No lo cree así la escritora canadiense Carole Fréchette. En 1995 el Centro de Autores Dramáticos de Montreal y el Atelier Sainte Anne de Bruselas (Bélgica) organizaron el proyecto «escribir la ciudad», basado en un intercambio entre autores de ambos países. Tres autores canadienses, Fréchette entre ellos, pasarían una semana en Bruselas y tres belgas en Montreal; los seis tomarían un «baño de ciudad», ahora que están de moda los «baños de pueblo», y escribirían algo, poema, drama o cuento, inspirado por la ciudad. La sanguínea Fréchette no tuvo dudas. Ella no profundiza, no insiste, no se obstina en buscar lo que tiene adentro, y prefiere tomar un avión. Allá la vemos en Bruselas, cuaderno en mano, almorzando en un restaurante de la «rue des Tanneurs». Luego del almuerzo, pide a sus colegas belgas le faciliten diez entrevistas en las que diez belgas, hombres y mujeres, le contarán una historia de amor verdadera, en el mismo lugar de los hechos. Y así va, de la plaza Saint Géry a la Grande Place, a la plaza del Grande Sablon, siempre listos el cuaderno y la pluma.

A partir de sus notas, la autora escribió «La piel de Elisa», donde una mujer reproduce o actúa unas siete u ocho narraciones sin más relación entre sí que el tema erótico y la mención de algunos lugares de Bruselas. Para justificarse, Fréchette­Elisa agrega a su bolsa de ñoñeces un elemento tan fantástico como gratuito, a lo Kafka: unas extrañas transformaciones de su piel, que como todas las demás acciones que se cuentan no conduce a ninguna parte.

Es curioso que esta penosa forma de fabricar literatura a partir de la «realidad» o de «recuerdos», voluntariamente producidos, haya sido empleada recientemente por Ariane Mnouchkine para «Les ephémeres», escrita, según la autora, a partir de «…episodios soñados, invocados, evocados, improvisados…» de sus actores. Pero con esto y lo que antecede, ya sabe el lector qué puede esperar de «La piel de Elisa»: el aburrimiento de la crónica, la saturación por lo vulgar, el desencanto de lo previsible. Salvo que el espectador pertenezca a la selecta clase que dice deleitarse con lo que se llama la «estética de la fragmentación», el espectador se resigna a las anécdotas, vacías y sin alma de «La piel de Elisa» como se resigna a cepillarse los dientes o a elegir una camisa. Pero hay algo mejor en las buenas ficciones.

Esto dicho, y con la acuciante pregunta en nuestra mente de por qué se eligió esta pieza, nada puede objetarse, ni en la puesta en escena de Dante Alfonso ni en la interpretación de Gisela Marsiglia De María.

LA PIEL DE ELISA, de Carole Fréchette, traducción de Daniela Berlante, por El Galpón, con Gisela Marsiglia de María y Diego Nicolás Zurdo. Escenografía, vestuario y luces de Adán Torres, Diego Cáceres, Ingrid Gimena, Ivon Delpratto y Rosalía García, ambientación sonora de Sergio Fernández Cabrera, dirección de Dante Alfonso. Estreno del 19 de abril, teatro El Galpón, sala Cero.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje