Nacho Perera. Un uruguayo, docente universitario en Francia

La ideología de un escritor siempre se refleja en su obra

–Vos te fuiste del país en 1969, tiempos tormentosos, pero antes del golpe.

–Así es. Yo me fui de un Uruguay que se había vuelto absolutamente insufrible, invivible. El último año que estuve aquí había habido un 106 por ciento de inflación, y además había una represión muy fuerte; aquello era irrespirable.

 

–¿Tenías militancia política?

–Sí, había militado en el Partido Comunista pero en esa época ya estaba un poco alejado. De todos modos mantuve una cierta fidelidad y nunca ataqué al partido.

 

–No sos como esos ex fumadores que aborrecen el tabaco…

–(Se ríe) No soy de esa especie, no. Puede ser que estuviéramos equivocados, pero sigo pensando que en esa época en Uruguay, era la opción más justa. Aunque, bueno es aclararlo, llegó un momento en que discrepé con la línea del partido pensando que la vía radical era la más apropiada.

 

–Antes de irte, ¿qué hacías acá?

–Era profesor de Francés. Tenía clases en el liceo de Pando, en el Liceo Francés y en el Colegio Alemán. Hice alguna traducción para El Popular, unos poemas de Aragón sobre la Guerra de España. Y una cosa curiosa: hice una traducción (del francés al español) de un capítulo de una novela de Henry Miller, para una revista en la cual yo participaba. Creo que en el Río de la Plata fue la primera vez que se publicó algo de Henry Miller, estamos hablando del año 55 o 56, una época en que Miller estaba estrictamente prohibido en EEUU por lo que sus libros se editaban en Francia; y había ediciones en inglés y en francés. Pero después que entré a dar clases, ya no hice más nada.

 

–Cuando te fuiste a Francia, ¿tenías ya un trabajo allá?

–No, pero enseguida conseguí un cargo de «lector», un cargo ocupado por extranjeros, hablantes nativos de la lengua de que se trate que, según sus capacidades y posibilidades, son auxiliares docentes. Luego eso fue evolucionando y empecé a enseñar literatura cuando se incluyó a Rodó en un programa de concurso para profesores de español. El jefe del Departamento me pidió que me ocupara de trabajar con el «Ariel», lo cual para mí era una responsabilidad muy grande.

 

–Quiere decir que conocías muy bien la obra de Rodó

–Bueno, nunca fui un gran «arielista», pero no me resultaba nada difícil y lo hice con gusto. Me resultó mucho más difícil, años más tarde, enseñar Borges. Eso porque en esa época, mi resistencia ideológica, política, con respecto a Borges era infinitamente mayor que la que podía tener con respecto a Rodó. Incluso te diré que en el 2000 se hizo un homenaje a Rodó en París, en el cual yo participé, con motivo del centenario del Ariel.

 

–Así que estabas peleado con Borges.

–Sí, en esa época sí, tenía una gran resistencia.

 

–Supongo que con el paso del tiempo habrás superado esa resistencia.

–Tal vez, en cierta medida. No sé si la he superado… (Se queda pensativo) En todo caso me superó él; me superó Borges. Me explico. Ese curso integraba el programa de Literatura Comparada –que se da en francés– en la parte de teoría de la literatura. Yo ahí descubrí que Borges había escrito para eso; es decir, no hay mejor autor para enseñar Teoría de la Literatura que Borges. Es una mina, es una maravilla. Y los estudiantes franceses de Literatura Comparada lo apreciaban enormemente.

En cambio cuando di Borges en el Departamento de Español, había resistencia de parte de los estudiantes hacia Borges; eran muchachos que estudiaban español por afinidad con otras cosas y veían a Borges como un reaccionario y no querían estudiar a Borges.

Pero retomando el tema, digo que tal vez él me superó a mí por lo siguiente. Yo considero que Borges es un individuo de ideología reaccionaria, y no admito la idea de que alguien puede ser reaccionario y su obra ser revolucionaria. Eso es una reverenda estupidez, porque si alguien tiene un determinado orden de ideas, una determinada ideología, invitablemente ella se expresa en su obra, no puede no expresarse. Lo que no pude (o pude en una muy pequeña medida) es mostrar en la obra de Borges cómo la articulación de su pensamiento es de orden reaccionario. Intenté probar eso en determinados aspectos bien concretos, como por ejemplo, la negación de la historia, la idea de que un hecho puede ocurrir en cualquier época, como en el cuento «La forma de la espada». Parecería que los tiempos históricos son intercambiables, y para mí esa es una posición visceralmente reaccionaria. Negar la condición histórica del hombre y la condición histórica de la cultura es reaccionario. Yo he tratado de decir esto, de exponer esta idea en algún trabajo, pero no logré escribir nada que definitivamente demuestre que la escritura de Borges es una escritura reaccionaria.

 

–Pienso en Felisberto Hernández, un escritor notoriamente de derecha…

–Eso es un buen ejemplo de lo que acabo de decir, que esa característica no invalida la obra. Con Felisberto no tengo elementos como para afirmar que sus relatos reflejan su condición de reaccionario. Pero ya que hablamos de Felisberto, yo tengo el honor de que haya escrito sobre mí…

 

–¿Cómo es eso?

–Felisberto se ocupaba de una inmundicia que existió en este país que se llamaba el Mondel, una especie de boletín que hacían en El Día y que financiaba la embajada yanqui, donde denunciaban a los militantes de izquierda en una especie de caza de brujas criolla. Pues bien, en un número del Mondel, Felisberto me denunció como secretario de «Agiprop» (una supuesta sección de Agitación y Propaganda que nunca existió), todo una gran fábula inventada por los del Mondel. Así que tuve el honor de haber sido mencionado por Felisberto… (se ríe).

Pero no sé si ese macartismo, esa militancia derechista, reflejaba realmente una postura ideológica. En esa época (años sesenta) vivía de eso, del Mondel y de una audición de radio, pero su anticomunismo respondía más a su desilusión amorosa respecto de una de sus esposas que dicen que era espía de la KGB. Pero fijate qué curioso, Felisberto estuvo casado con Paulina Medeiros y con Reina Reyes, dos personalidades notoriamente de izquierda… En fin.

 

–Bueno, volvamos a tu vida en Francia. ¿Te vinculaste con los uruguayos exiliados?

–Poco. Yo siempre fui reacio a una especie frecuente en París: la de los exiliados que viven hablando del dulce de leche… No es que yo no tenga nostalgias como todo el mundo, pero pienso que si uno está viviendo en un lugar, debe asumirlo y, si no, irse. Los grupos de exiliados se reúnen para denostar las condiciones y el lugar en que están viviendo, pero nadie los sacaría de ahí, ¡no se van ni con agua caliente!

 

–¿No pensaste en volver cuando terminó la dictadura?

–No. Ya tenía la ciudadanía francesa, que me había costado mucho lograr. Pero aparte de eso, yo en Nantes tengo enterrada una mujer, mi primera esposa, y allí me nació una hija (de mi segundo matrimonio), así que con una mujer enterrada allí y con una hija nacida allí, me siento de allí. Los hombres somos bichos pasajeros… lo que nos une a la tierra son las mujeres, de manera que, más allá de lo que digan los papeles, sí, soy nantés.

 

LA CASA DE LOS ESCRITORES Y OTRAS YERBAS CULTURALES

–Aparte de tu actividad docente, hiciste investigación.

–Sí, porque la carrera universitaria implica la investigación. El profesor universitario es educador-investigador; su carrera funciona en torno a la investigación. Aparte de eso tuve otras actividades que tuvieron importancia. Fui co-fundador, en Saint-Nazaire, a 50 kilómetros de Nantes, de una Casa de Escritores y Traductores (Maison des Ecrivains et Traducteurs) de la cual fui presidente durante muchos años. Tenía como objeto invitar a residir en un apartamento amoblado que hay allí durante un cierto tiempo a un escritor extranjero para que escribiera. Se tra
taba de permitir a alguien salir de su contexto habitual, encontrarse de pronto libre de obligaciones y poder escribir, y entonces, dejarnos un texto que luego publicábamos en edición bilingüe.

Entre otros, tuvimos al chino que después fue Premio Nobel, Gao Xin Jang. Fue muy gracioso, porque cuando le dieron el Nobel, todos los periodistas franceses vinieron corriendo a hablar con nosotros porque se enteraron de que había estado allí, y nadie sabía quién era.

También me ocupé durante muchos años del Festival de Cine de los Tres Continentes, que se desarrolla en Nantes, donde se exhiben películas de Asia, Africa y América Latina. Ahí se han visto algunas películas uruguayas; ahí vi «25 wats», «Whisky»… El cine uruguayo actual es maravilloso, y creo que «Whisky» es una de las obras más profundamente uruguayas que puedan existir en cualquier terreno de expresión artística. Y por último, otra cosa que contribuí a fundar fue una asociación que se llama «Estuarium» que se ocupa del patrimonio económico, histórico, geográfico, cultural, etcétera, del estuario del Loira. Lo interesante es que ha habido programas de investigación común con el estuario del Plata, en los que participan universitarios franceses y uruguayos.

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