LA LABERINTICA BUSQUEDA DE LA VERDAD
Si bien su génesis puede rastrearse en un manuscrito chino del siglo XVIII, la novela policial tal cual la conocemos, se originó en Europa Occidental, durante el siglo XIX.
Era un momento histórico durante el cual, efectivamente, despuntó un desmesurado gusto por lo todo lo referido a las culturas del Lejano Oriente, las cuales eran tomadas como sinónimo de lo exótico y lo misterioso. El primer antecedente del exitoso género sería la novela gótica, nacida, en Inglaterra, durante el último cuarto del siglo XVIII. Las temáticas y eventuales ubicaciones temporales solían abrevar de la época medieval, por ser tradicionalmente considerada cruel, misteriosa y retrógrada.
Parece lógico suponer que, en última instancia, los primeros esbozos de esta clase de historias pueden hallarse ya en la tradición oral bajo la forma de leyendas, que luego fueron recogidas por diversos autores.
Ya entrado el siglo XIX, autores de la talla de Dostoievsky, Balzac, Flaubert, Stendhal y Dickens, contribuyeron, entre tantos otros, al desarrollo y popularidad del aún naciente género. En la década del treinta del siglo XX, las editoriales pergeñaron una nueva modalidad de difusión, que fue clave para el desarrollo del género: la novela por entregas, también llamada «folletín», con cierto tono peyorativo.
Estas publicaciones solían ser semanales. Los escritores se veían obligados a crear un momento de tensión al final de cada entrega, como estrategia comercial que permitiera mantener al público pendiente de la historia.
Edgar Allan Poe, considerado el padre del cuento policial moderno, planteó los ejes básicos alrededor de los cuales, según él, debía girar una narración policial. Cabe destacar que estos lineamientos se mantienen prácticamente inmutables en la actualidad.
El recinto cerrado, la novela problema y el detective analítico, son aún hoy, los pilares fundamentales que identifican al formato de estas creaciones literarias.
Sin embargo, fue la denominada «serie negra» la que le disputó la supremacía, la cual, aún conservando muchos rasgos de su antecesora, incorporó algunos elementos que esta había ido perdiendo y también algunos que nunca había poseído.
Aunque la «serie negra» conservó muchos rasgos de la novela policíaca tradicional, incorporó adicionalmente la violencia, que en la novela policial clásica había desparecido progresivamente, en beneficio de la intriga como verdadero mecanismo intelectual.
Los autores cargaban el acento en la resolución del caso, ignorando los aspectos violentos que todo crimen conlleva.
En «El desfile salvaje», el exitoso escritor compatriota Hugo Burel conforma una lograda mixtura entre ambas vertientes, dosificando hábilmente la violencia y el suspenso.
El relato narra la historia de cinco viejos amigos de la adolescencia, que se reúnen luego de muchos años de separación, para despedir al líder del grupo, que acaba de fallecer.
Al tiempo que viejas historias no resueltas entre ellos retornan para atormentarlos, un policía retirado contratado por un familiar del muerto comienza a investigar el caso, que fue caratulado como suicidio. Sin embargo, el episodio siembra algunas dudas, tanto en la familia como en el grupo.
El muerto, un hombre de negocios que se caracterizaba por haber obtenido el éxito en casi todo lo que se había propuesto, fue encontrado sin vida, vestido de harapos y supuestamente ahogado en su propio vómito, luego de haber consumido una importante cantidad de barbitúricos.
Uno de sus amigos más allegados, un oscuro abogado, es contratado por la viuda, a la manera de las historias clásicas de serie negra, con el propósito de investigar el confuso caso y reconstruir los últimos momentos del enigmático empresario.
Al igual que en «El corredor nocturno», Burel retoma algunos preceptos básicos de la novela negra, tejiendo una historia que funciona en varios niveles de relato.
El descubrimiento por parte del abogado de la vida oculta de su amigo, le induce a vincularse nuevamente con personas de su pasado, a reabrir viejas heridas y a tratar de cobrar cuentas nunca saldadas.
El ritmo del relato es pausado y cadencioso. En ese contexto, el «héroe» es un abogado confundido, atormentado por sus vínculos con el muerto, algo torpe y dubitativo en su pesquisa y resuelto a exorcizar sus propios fantasmas.
La investigación de la cada vez más misteriosa muerte, deviene inexorablemente en una angustiosa intriga, a medida que avanza la narración.
Por otra parte, un antiguo libro del poeta maldito Arthur Rimbaud, propiedad del occiso, parece contener las claves de los últimos momentos de la víctima y quizá una pieza importante del rompecabezas.
Como en un juego de espejos, el improvisado investigador debe adentrarse en sórdidos y desconocidos territorios humanos, a los efectos de desentrañar la verdad.
Aunque no alcanza el nivel de excelencia de obras precedentes, Hugo Burel corrobora su indudable oficio para narrar, manipulando sabiamente la intriga y el suspenso.
(Editorial Alfaguara)
Compartí tu opinión con toda la comunidad