El working class hero que le hizo una grieta al siglo
Cuando John Lennon escribió «Imagine» no hizo otra cosa que practicar una formidable traducción de la paloma de la paz de Picasso a la métrica de canción. Tanta simpleza y tanta belleza, en ambos, son decididamente inigualables, si se quiere insuperables.
Cuando Lennon escribió «Mother» no hizo otra cosa que describir el mundo ancho y enajenado, dolorosísimo desde una perspectiva confesional que lo podría igualar al rostro de Juliette Binoche después de conocer la noticia del accidente y de la pérdida de sus seres más próximos. Esa idea de confesión del hueso, y por supuesto también visceral, solamente pudo haber sido posible por la pasión que volcaban tanto Lennon como el también desaparecido cineasta polaco Krisztof Kieslowski.
Cuando Lennon escribió «I’Am The Walrus» llevó experimentalmente al extremo lo que Dalí o Buñuel habían volcado desde la corriente surrealista. Pero Lennon fue el artífice y el faro de la cultura pop. Fue su ícono por excelencia, a tal punto que personalmente creo que puede reducir las aventuras de Andy Warhol –otro troesma– a una graduación menor.
Cuando Lennon escribía, pre Yoko o junto a Ono, siempre lograba una rara, precisa combinación entre la razón y la intuición, con un plus emotivo que hicieron de su mapa cancionístico una territorialidad sagrada y hasta legendaria que, a esta altura, parece difícil de desmitificar. El se demitificó permanentemente a sí mismo. Se rió de sí mismo, pero atacó cuando fue necesario con real ferocidad. Fue un individuo honesto, noble, incansablemente creativo y de una luminosidad restallante. Lennon valía por demasiados.
Vale decir: hay individuos, seguramente artistas –podríamos sumar a Charles Chaplin, Tarkovskii, André Breton, César Vallejo, Ezra Pound, los Stones y Jimi Hendrix, Pink Floyd y King Crimson y Joan Baez y Joni Mitchell y los Pistols, los Clash y Marley y los Talking Heads, Charly Parker y Miles Davis y tantos muchos otros de una dimensión superlativa– que a no dudarlo representan con nobleza y brillantez al siglo XX. En rigor, son el siglo XX como medida de identidad de la comarca y el mundo. O sea, devinieron universidad y son por ello universales. Pero John Lennon, el working class hero que salió de Liverpool para provocar al mundo al inicio de la década del sesenta, junto a «esa excelente unidad» (diría Keith Richards, de los Stones) que fueron Los Beatles, le hicieron una profunda grieta al siglo XX. Lo representan –y en particular Lennon, su mayor usina creativa, pese a su notable alianza con McCartney– pero al mismo tiempo con su estética musical y su actitud de vida determinaron claramente un antes y un después. Lennon y los Beatles cambiaron el sentido de la música popular desde su campo de fresas para siempre y nada volvió a ser igual. Nada, absolutamente nada, acaso porque siempre estuvieron un paso adelante. Lennon lo estuvo.
Hay un antes y un después asimismo de Lennon, más allá de sus posiciones públicas de indiscutible frontalidad y hasta de subida arrogancia para un individuo que muchos consideraban tímido –vaya paradoja– porque precisamente fue todo un adelantado: basta revisar puntillosamente la obra fundada (con Los Beatles o en condición de solista) para darse cuenta que en discos como Revólver o Sargeant Pepper o en Yellow Submarine y el llamado Album blanco, además de lo que más tarde sería su performance de solista, había una actitud revolucionaria que para miles de músicos devino biblia y calefón, referencia y significante unique.
Hace unas semanas en la revista Rolling Stone apareció una encuesta entre varias celebridades de la industria del rock. Y vale citar fragmentariamente por ejemplo las palabras de Sting: «Lo que sucede cuando mueren personas como Lennon es que cambia el paisaje. Es decir: desaparece una montaña, se acaba un río».
Y la entrañable Marianne Faithfull, cortita y al pie: «¿Su legado? Difícil expresarlo. O sea, no es nada. Simplemente le cambió la cara a la música popular para siempre». O la peculiar visión de la irlandesa Sinéad O’Connor: «A Lennon probablemente le hubiese encantado el movimiento de rap. El rap es, en algún sentido, el lugar donde se sigue sintiendo la voz de Lennon».
Lennon como medida de lo auténticamente revolucionario.
Lennon como espectáculo siempre revulsivo, como patrón de una fascinante lógica de cambio y, por locura de David Chapman, sigue más vivo que nunca cuando vuelven a envolvernos esas canciones como explicación del sonido y la furia, como explicación del dolor y la ternura, como explicación del vuelo y del sueño terminado y que la industria intenta denodadamente –con libros y reediciones discográficas, ediciones discográficas incluyendo algunos inéditos– intenta prolongar.
Como medida de la libertad y de la ética igual a estética. Y de la creatividad a secas. Y como medida final del individuo más decisivo que transitó el planeta en el siglo. Lennon, 20 años después, conmueve al oírlo.
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