Realizadores. Beatriz Flores, Handler, Garay, Buela, Bidegain, Viñoles, Alvarez, Plá y Szollosy

Festival Internacional: catorce filmes de cineastas uruguayos

Entre esas películas varias concitan una atención previa. Y algunos de esos autores acaban de terminar o están aún terminando sus filmes. Beatriz Flores Silva regresó el sábado desde Chile, después de completar la postproducción en laboratorio de «Polvo nuestro que estás en los cielos», Alvaro Buela está en el final de montaje y sonido de «La deriva», pero llegará a tiempo para el viernes 28.

La clausura, el domingo 30, en el cine Plaza será con el filme de Beatriz Flores.

La inauguración, el sábado pasado, destacó a «Decile a Mario que no vuelva», pero Mario Handler no estaba en Montevideo, sigue en Berlín desde hace dos semanas por razones de salud. Al lado de los consagrados (hay que sumar a Aldo Garay, con «El círculo»), están los más jóvenes (Mariana Viñoles) y los uruguayos del exterior.

Cuando hace pocos días Mario Handler debió partir de improviso a Berlín, «Decile a Mario que no vuelva» estaba prácticamente terminada. Faltaban ajustes de sonido y retoques en el montaje. En el Festival, por lo tanto, se exhibió sólo un avance del filme. Algunos críticos que tuvieron el privilegio de ver la versión completa aunque sin las correcciones necesarias coincidieron en señalar que se trata de un documento entrañable, confesional, autobiográfico que puede verse como un autorretrato o quizás una historia de vida de un creador, que se concede un espacio en el «Mario» del título y convierte al film en una obra imprescindible para comprender la historia de este país en tiempos del autoritarismo, a través de diversos protagonistas de ambos costados de los posibles «dos demonios». Es la película que Handler parece sentir como la última de una carrera fundamental que comenzó en 1964.

«Polvo nuestro que estás en los cielos», de Beatriz Flores Silva, la directora de «La historia casi verdadera de Pepita la Pistolera» y «En la puta vida», retrocede hasta los años 70, una década perdida del Uruguay. En un juego de memoria, fantasía, y las ganas de pelear que caracterizan a la directora, el filme progresa hasta ser un cuadro familiar, una epopeya tragicómica que termina con el golpe del 73, que llevó a los militares al poder y llevó a Beatriz a Bélgica, donde aprendió cine e hizo sus primeras películas. Lo que hay antes en la trama es en buena parte la historia de una familia y la mirada de una niña. Si esa familia es la de «Maneco» Flores Mora y si esa niña es la propia Beatriz, hija de «Maneco», es otra historia, o es la historia misma, según se la mire.

«El círculo» reúne a Aldo Garay y a José Pedro Charlo en un documental que se refiere, también y a su manera, al pasado reciente del país. Aquí hay al mismo tiempo un retrato personal y una trayectoria política y humana, la de Henry Engler, el ex guerrillero del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) que fue uno de los nueve rehenes de la dictadura y que tras su liberación en 1985 se radicó en Suecia. Vive en Uppsala, no regresó del exilio (viene al Uruguay esporádicamente) y es un destacado científico especialista en medicina nuclear. En los hechos, Engler integra hoy un equipo de investigadores de reconocimiento mundial sobre el mal de Alzheimer y en 2004 fue propuesto para el Premio Nobel de Medicina.

A diferencia de los más veteranos o de los más consagrados, hay otros dos largometrajes de gente más joven que quizá por razones generacionales miran más al presente que al denso y ominoso pasado. Un equipo que en «La deriva» integran Alvaro Buela y tres coautores promovidos por el propio Buela (Martín Barrenechea, Pablo Montes y Matías Singer), es un experimento lo más radical posible, filmado en una sola noche montevideana. Un intento de encontrar en la ciudad nuevos significados, apresar climas furtivos, valorar instantes, integrar el azar en un periplo que, retrospectivamente, adquiere una forma autónoma. Sobre el escenario urbano se instala una comedia humana en continuo movimiento. Para Alvaro Buela («Una forma de bailar», «Alma mater»), significa la búsqueda de nuevas formas expresivas, una producción casi sin presupuesto para obtener una libertad mayor.

«La Tabaré, rocanrol y después», dirigida por Mariana Viñoles y Stefano Tononi, es menos experimental en la forma, pero más peleadora en la elección de una banda uruguaya peleadora, La Tabaré, uniendo rock, milonga, candombe y mucha bronca. En el documental se juntan y combinan música, testimonio, política. El filme continúa una obra previa como documentalistas de sus dos autores, que en «Crónica de un sueño» y sobre todo en «Los uruguayos», llamaron la atención crítica en los últimos tres años.

Por otra parte, entre los muchos uruguayos que se han ido o se están yendo al exterior, después de exilios políticos y exilios económicos, hay gente que hace cine y que mantiene formas diversas de relacionamiento con el país que quedó lejos pero está cerca en la memoria. El Festival presenta todos los años este cine de uruguayos, en un reencuentro a través de sus películas, y ofrece también la posibilidad de que si no se conocían se conozcan en Montevideo, en el Festival y con sus películas. Algunas de ellas son particularmente atendibles.

Mariana Bidegain obtuvo el premio a mejor documental en Biarritz con «Secretos de lucha». Nacida en Francia, hija de uruguayos exiliados, en su primer largo Mariana explora el pasado dictatorial uruguayo a través del recuerdo de sus familiares, los Bidegain que se fueron y los que quedaron aquí. Pero su visión es muy novedosa, porque lo que documenta es a esos personajes hoy, con una vida marcada por lo que pasó hace tres décadas. La memoria arma parte de un rompecabezas que impulsó a la exploración e ilumina, para uruguayos que se quedaron, los años de plomo.

«Lo que me diga la vida», de Isabel Alvarez, fue mejor documental de Babelksberger Medienpreis. La autora vuelve al Uruguay y por el ojo de la cámara lee lo que pasa con seis personajes en vacaciones de verano. Lo que esa mirada, a media de afuera, a medias de adentro, obtiene, es un registro donde coexisten planes de futuro, marihuana, playa, besos, nada que hacer con dieciséis años, sin un peso, con mucho tiempo libre y creyendo que el futuro está muy lejos. La juventud de Isabel Alvarez facilita esa comunicación franca y desinhibida con sus personajes. El registro es valioso entonces como documento de primera mano, casi confesional, aunque su realizadora esté inevitablemente como testigo desde afuera.

«El otro camino», FIPA de Oro 2007, realizado por el uruguayo Gabriel Szollosy y producido en España por su compañera y co realizadora Anna Jancsó (hija de Miklós y de Márta Meszarós), no tiene que ver con Uruguay pero sí con la cultura rioplatense: el bandoneonista argentino Rodolfo Mederos, su obra y su experiencia, constituyen el centro de este documental hecho por un uruguayo joven que suele vivir en Hungría.

 

Secciones

Como todos los años, la programación aparece organizada en una serie de secciones (esta vez son quince) que tratan de imponer un poco de orden en el aluvión. El bloque de largometrajes en concurso abarca desde la «A» de Alemania hasta la «T» de Turquía, con una cincuentena de films producidos en los últimos dos años. Algunos títulos y nombres pueden resultar más conocidos o llamativos que otros, desde «La granja de las alondras» de los italianos Paolo y Vittorio Taviani, quienes se interesan aquí por el tema del genocidio armenio de 1915, o «Imperio» del estadounidense David Lynch, un juego de atmósferas inquietantes y climas sugestivos a propósito de un rodaje amenazado por lo imprevisto, quizá sobrenatural. Pero en la misma sección hay cosas importantes de Alemania («Requiem, el exorcismo de Micaela», de Hans-Christian Schmid cuenta en clave más seria el caso auténtico original que Hollywood ya propuso en otros filmes).

DeCanadá «Mi Winnipeg», una ficción autobiográfica del siempre interesante y provocativo Guy Maddin), Cuba («La edad de la peseta» de Pavel Giroud), China («El parq
ue» de Yin Lichua, sobre conflictos generacionales en el país, hoy mismo), un chileno en España («Lo bueno de llorar», de Matías Bize) y un mexicano en México («La luz silenciosa» de Carlos Reygadas, el autor de la inquietante Japón), además de otra constatación del interés del nuevo cine rumano («Cómo celebré el fin del mundo» de Catalin Mitulescu) y un español premiado con varios Goya que cuenta con el apoyo de Guillermo del Toro, ese especialista en fantasía y sobresalto («El orfanato», de Juan Antonio Bayona).

Fuera de concurso habrá también cosas importantes. Un ejemplo entre muchos puede ser «A las cinco de la tarde» de Samira Makhmalbaf, de Irán, un acercamiento polémico a los temas de la mujer y el islam.

No menos importante es la presencia italiana, que incluye películas a concurso y fuera de él, y también el bloque denominado La Meglio Gioventú, que es lo que sugiera: un conjunto de títulos de realizadores debutantes o muy jóvenes como Alex Infascelli, Alessandro Piva, Laura Muscardin, Alessandro Angelini, Daniele Ganglianone, Andrea Porporati, Michelangelo Frammartino, Paolo Franchi, Stefano Costanzi, Vincenzo Masrra y otros, entre 2000 y 2006.

Otra selección, también italiana, para el caso de documentales presentados en el Festival de Turín, desde un cuadro de la vida laboral a cargo de Francesca Comencini, cineasta con apellido famoso («En la fábrica»), hasta una aproximación a indígenas del Cono Sur («La nación mapuche», de Fausta Quattrini, y una exploración de cantos femeninos y populares («Vjesh» de Rossella Schilaci).

Este año el festival contará con la presencia de Pablo Bardauil y Franco Verdoia, directores de «Chile 672″ (Argentina).

Rodrigo Espina, director del documental «Luca» (Argentina).

Paula Gaitán, directora de «Diario de Sintra» (Brasil).

Harol Trompetero, director junto con Jain Castillo de la película «Dios los junta y ellos se separan» (Colombia).

Juan Mora Catlett, director de «Erendira Ikikumari» (México).

Uno de los ritos anuales del festival es la presentación o el descubrimiento de un autor nuevo o que no haya tenido difusión previa en Uruguay. El de este año se llama Hiroshi Toda, quien no es un recién llegado al cine, pero solamente en el último par de años la crítica internacional parece haberlo descubierto. Alguien lo ha definido como el Doctor Jekyll y el señor Hyde del cine japonés, que de día se ocupa de dirigir una clínica psiquiátrica, mientras que de noche es director de cine.

De hecho, comenzó a hacer películas en Super 8 (una docena de cortos) en sus ratos libres en los años ochenta, al mismo tiempo que se desempeñaba como enfermero. A comienzos de los noventa dejó la cámara, terminó sus estudios y se concentró en construir y dirigir su propia clínica. Se mantuvo alejado del cine durante toda una década, pero la llegada del nuevo milenio y el afianzamiento de las nuevas tecnologías lo tentaron. Ha dicho que para él fue una suerte de nuevo comienzo entrar en una nueva era empuñando una cámara digital.

Comenzó ese nuevo período con su primer largo, «Six Jizo» (2003), pero afirma que su verdadero punto de partida fue el siguiente, «Nieve en primavera» (2004), que fue seleccionada por el festival de Lyon y le permitió hacer su primer viaje al extranjero. Reconoce que el cine francés ha sido una influencia capital en su vida, con una admiración particular por Bresson y Melville. En Francia conoció a Guillaume Tauveron, que se convirtió en su colaborador y con quien terminó codirigiendo «Cielo en diciembre», la última de las tres películas que integran el bloque que le está dedicado.

Festival de festivales. Uno de los puntos fuertes de la programación es seguramente este bloque que llega de Francia, integrado por documentales premiados que han sido filmados en los lugares más remotos del mundo, de Camboya («El papel no puede envolver la brasa», de Rity Pahn) a Chechenia («Itchkeri Kenti, los hijos de Itchkenia», de Florent Marcie) y de Palestina («Rafah, crónicas de una ciudad en la Franja de Gaza», de Stéphane Marchett) a Groenlandia («Los hombres», de Ariane Michel).

 

VENTANA ABIERTA AL CINE DEL MUNDO

Comenzó el 15 y finalizará el 30 de marzo. En ese lapso las pantallas de las salas de la Cinemateca recibirán una programación cuyo espíritu sigue siendo el mismo que animó aquel ya lejano primer festival de 1982: el de constituir una ventana abierta al cine del mundo, el vehículo a través del cual llega una selección de calidades de los más diversos orígenes, culturas, géneros y estilos. Documentales y ficciones, filmes en concurso y fuera de él, premios de festivales, producciones realizadas por uruguayos aquí mismo y en el ancho mundo, cortometrajes nacionales y visitas extranjeras forman parte del rompecabezas.

 

URUGUAYOS EN EL EXTERIOR

Otros dos uruguayos por el mundo integran esta sección del Festival: Rodrigo Plá ha iniciado una carrera en México con su esposa y libretista Laura Santullo, y su filme «La zona» es una historia de violencia en un protegido condominio mexicano.

Otro uruguayo trashumante entre Italia y Montevideo, Héctor Di Lavello Occhiuzzi, presenta «Un don del cielo», que transcurre en ambientes populares y campesinos italianos, con inspiración mística y poética.

 

MAS URUGUAYOS

En una sección informativa de largometrajes uruguayos se incluyen otros cuatro títulos:

«Marat-Sade en el Vilardebó», de Gabriela Guillermo con Andrés Caro Berta, psicólogo y dramaturgo, es un proyecto de la Cátedra Libre de Arte y Psicología, sobre libreto de la psicóloga y psicoanalista Raquel Lubartowski, que se apoya en la obra teatral.

«Sólo dos», de Adolfo Manzinalli, reportea en paralelo a un sindicalista comunista que fue fundador de la CNT y una cañera de Bella Unión que participó de la memorable marcha y que integró el MLN­Tupamaros. Ambos estuvieron presos durante la dictadura y sobrevivieron.

«Claveles sobre el agua, Colonia, Uruguay», de Oskar Vidal, transita zonas de poesía y de instantes, con poetisa germánica que instalada en Colonia convive con amante local y con la poesía, en ambientes a veces envolventes y eróticos.

«La luna y el espejo, Colonia, Uruguay», segundo largometraje de ficción de Oskar Vidal, utiliza el blanco y negro para el pasado autoritario y su recuerdo, y el color para un presente incómodo que atraviesan extrañas vicisitudes.

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