Se presentó en Casa de América el filme El alma de los verdugos
Con la salita colmada y con una hora y media de duración, se desarrolló al final de la proyección, una mesa redonda con la presencia del actor Federico Luppi, una representante de la Agrupación «Hijos»y el autor Vicente Romero.
El filme es sobrecogedor, de una contundencia irrespirable. Las imágenes están elaboradas con los testimonios de algunos sobrevivientes de la Escuela de Mecánica de la Armada.
Hay otros testigos (Eduardo Galeano, Horacio Verbitsky, familiares, militares incoados, etcétera) quienes dan su punto de vista sobre las causas y los efectos de la barbarie. La cámara se pasea morosamente por los lugares desolados del tétrico escenario convocando los fantasmagóricos personajes de Macbeth.
El gran valor de la película está en demostrar los procedimentos abyectos utilizados por los torturadores sin mostrar el horror físico.
Solo cuenta el valor de la palabra de los condenados. Como en la genial cinta del director francés Claude Lanzmann, «Shoah» , sobre el exterminio de los judíos en los campos nazis, la sugestión, el miedo, el asco, se cuelan en la sensibilidad de los espectadores, sin que los maniáticos verdugos aparezcan oficiando el ritual de sangre, gritos desgarradores y muerte.
Hay varias secuencias antológicas: una joven torturada y violada le pide a su verdugo que le acaricie la mano. Otra que fuera entregada siendo bebé a la familia de un militar, al ser rescatada por su abuela, revela que fue violada desde los cinco años por el torturador. La hija de un connotado asesino habla de su padre y decide cambiarse el apellido. Algunas salían con sus verdugos a visitar a sus padres o a cenar a renombrados restaurantes de Buenos Aires como forma de simulación o de escarceo amoroso. Una Nochebuena, la oficialidad brindó un opíparo banquete a los rehenes que sacaban de las mazmorras.
La banalidad del mal, según conceptos de Hannah Arendt o el «síndrome de Estocolmo» llevado al paroxismo, redondean la calidad y el compromiso de los autores.
El filme es esto y mucho más. Es una excelente realización producida por televisión española. Pero además es una exigencia ética de justicia, sin olvido ni perdón, para que estas atrocidades no generen impunidad nunca más. Al final resuenan unas estrofas de Benedetti: «mientras se barre la sangre de la tortura».
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