Tres inauguraciones
Sutil/Violento es una muestra fotográfica de cincuenta obras pertenecientes a dieciséis artistas de Argentina, Brasil, Chile, Cuba, Guatemala, México, Panamá, Paraguay, Perú y Venezuela, países latinoamericanos (aunque no los únicos ni del continente) signados por la dependencia económica y cultural, la herencia del colonialismo, la extrema pobreza, la marginación social, las dictaduras militares que las potenciaron con impunidad y fueron recorrido por la violencia, la emigración, el terrorismo de Estado, la complicidad de sectores civiles que han permanecido intocados en tiempos democráticos.
El curador brasileño Iata Cannabrava, exiliado durante diez años, eligió un medio centenar de fotógrafos como soporte para documentar y denunciar, dentro de la expresión creadora, «una profunda indignación contra lo que el artista no soporta admitir como algo propio de la existencia humana» y que sin embargo, lo es, algo implícito que en determinadas circunstancias emerge en criminalidad, terrorismo y asesinato. La historia de la humanidad esta plagada de ejemplos. No han sido animales quienes lo perpetraron, simplemente hombres normales, buenos padres de familia.
Sutil/ Violento propone un antagonismo visual de realidades contradictorias, más sutilmente convocadas y casi inadvertidas, por un lado y por otro, la brutal imposición de los hechos. Aspectos sociales y aspectos individuales. El brasileño Julio Bittencourt En una ventana del edificio Prestes Maia, reconstruye diversidad de habitantes que ocuparon el edificio, con luminosa instalación, y poetiza, tensamente, la dimensión de la pobreza y la desolación. Los retratos enormes del argentino RES establecen tres claves (cirujano, boxeador, trabajador) de la violencia cotidiana, una violencia más inocente se concentra en los juegos infantiles de la piñata o los juguetes, con ímpetu destructivo del salvadoreño Rodolfo Walsh en Héroes caídos, el fenómeno social de la niñez rica solitaria e incomunicada en los barrios residenciales privados, aislados por la seguridad, de la panameña Rachelle Mozman, de una tristeza profunda como sucede en Montevideo, que se enlaza con la estricta documentalidad de las garitas de seguridad que se multiplican por edificios y residencias, del chileno Pablo Rivera, el soberbio registro del brasileño Miguel Rio Branco en Perro, suelo, sangre, la irónica visión del cubano René Peña enfocando un viejo edificio en La Habana y el piso de un propietario de mayores recursos que pinta la fachada de colores diferentes al resto deteriorado en ostentación evidente de su condición económica. Hay aspectos urbanos contrastantes entre el caserío humilde y los rascacielos, separados por una avenida en Caracas, del brasileño André Cypriano.
El tema, aún en la diversidad, está demasiado acotado a la realidad latinoamericana cuando, ésas y otras violencias mayores, globalizadas, son habituales en Europa, Africa o Asia como informan diariamente los medios de comunicación y los textos debieron, de alguna manera, contextualizarlo o tenerlo en cuenta para que el visitante no tenga la impresión de una exclusividad continental de la violencia.
La selección es buena, con altibajos, muy bien presentada por un equipo suministrado por Itaü Cultural, que tambiém editó un pequeño catálogo, demasiado modesto y conceptualmente insuficiente para una exposición itinerante por varios países.
Instituto Goethe
Marcial Patrone (Montevideo, 1968), egresado del Ienba y con práctica en el taller de metalística de Ruben Zina Fernández, un maestro olvidado, resultó una revelación en la individual realizada el año pasado en el Cabildo con una parafernalia de objetos de cocina rescatados de ferias vecinales, reconstruidos y manipulados con ingenio. El Instituto Goethe abrió su temporada con nueva selección de obras similares de Patrone, más austeras y orientadas, algunas, hacia el minimalismo y otras a una suerte de instalación o acumulación de viejos objetos de la misma procedencia. Una pieza de madera no parece encajar en el conjunto y la totalidad, siendo muy estimable, no tiene el brío ni el desenfado operativo de la anterior.
Teatro Solís
Con el pomposo y exagerado título La captura deslumbrante, se exhiben en la sala de exposiciones del Teatro Solís, trabajos de Eduardo Vernazza (1910-91) y Clarina Vicens (1938) ilustraciones de escenas captadas directamente del estreno teatral y a oscuras, publicadas en las págínas de los diarios El Día y El Plata, respectivamente. Vernazza lo hizo durante medio siglo (además fue cronista puntual y banal de todas las inauguraciones de artes visuales) y su habilidad manual se estrelló con la imaginación dibujística. A lápiz o a tinta, los bocetos mantienen el mismo estilo neutro en la expresión, domesticado en el enfoque y ninguna energía expresiva recorre la línea, inútilmente torturada y temblorosa, siempre ondulante en vano intento de captar el gesto decisivo. Claro que tuvo como referentes a Honoré Daumier, el Miguel Angel de la caricatura, o acaso, al Figari del proceso judicial, pero no le sirvieron para afinar la puntería satírica o humorística. Y es dudoso que estas obras sean valoradas por un memorial sobre el teatro, es especial si se tiene en cuenta el desacierto del retrato pictórico de Vivien Leight y el discreto del actor Sobrino, siguiendo de cerca la línea superficial de Guillermo Fernández.
Vicens, en cambio tuvo mejor formación con maestros nacionales (Adolfo Pastor, Edgardo Ribeiro, Augusto Torres) y por momentos parece más hábil en el rescate de la actividad escénica. No obstante, su notoria dependencia de Barradas, consigue, apenas, aislados aciertos. En ambos casos, nada deslumbrante, por cierto.
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