La compañera de Temponi

Mariana vive con algunas ideas fijas: aprender, mejorar, ayudar. Es mi compañera de la vida y de trabajo. Así que mientras crece, de paso, a fuerza de amor y tiempo compartido, me hace crecer a mí de mil hermosas maneras. Debo confesar que si no fuera mi mujer andaría desesperado persiguiendo el perfume de su alma. Intuyo que hemos nacido el uno para el otro.

Hecha esta introducción paso a detallar algunas características de la mujer de mi vida.

No puede ver sufrir a un animal. Cuando en una película hay una escena de cacería cierra los ojos y se tapa los oídos hasta que le aviso con un codazo que ya pasó.

Es casera. Le gusta estar en casa más que el dulce de leche (y el dulce de leche le encanta).

Es una de las mejores actrices de teatro que he visto (qué quiere que le diga, las cositas por su nombre).

Su voz y su decir son capaces de sensibilizar a una roca.

Se debate entre la disciplina de una dieta sana y el hedonismo de los bizcochos, las galletitas dulces y el chocolate.

 

Siempre se ve gorda.

Se indigna con cualquier abuso cometido contra un

ser más débil.

A través de Mateína, nuestro programa de radio, quisiera solucionar el mundo.

A veces, por temor a equivocarse, por respeto a la complejidad de las cosas, por prudencia, o por falta de confianza, elige el silencio. Ahora, cuando elige hablar agarrate, porque es capaz de bañarte con una catarata verbal incontenible, poblada de los más variados tonos, énfasis, matices, volúmenes y gestos.

Es capaz, además, de hablar y escuchar al mismo tiempo. Esto lo ejercita a menudo con su madre y su hermana, en conversaciones en las que hablan las tres a la vez y se escuchan perfectamente. Lo he presenciado y es asombroso.

Y si tiene sueño se duerme, donde esté. ¿No Mariana? Mariana. Mariana…

(*) Mariana Lobo, Jorge Temponi

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