Muy ágil y entretenida evocación, con buenas voces, en estilo de tango clásico
El tango, su música y sus letras, tiene muy poco que ver con el Uruguay, y nuestras abuelas abominaban esa música por meretricia. «Reptil de lupanar», lo llamó Lugones; Borges dice que el tango nos habla de un pasado ilusorio.
Todo eso es verdad, pero el tiempo modifica todas las cosas. Adecentado, lejos de la mala vida, triunfante en París por las vueltas de la moda, vuelve a estas tierras para servir de plato fuerte a la gente bien. Algún regusto prohibido lo sazonaba. Varios muchachos, alegres pero de buena familia, frecuentadores impenitentes de la calle Yerbal, conocieron a Estercita («a quien los hombres trataron tan mal») y similares. Para ellos la música del tango fue un recuerdo, no un recuerdo de malevos, cirujas, gaviones, paicas «perjuras y taimadas», porque aquello no se había vivido, sino de plácidos esparcimientos, sólo confesables en ruedas de amigos. Semejante busca de antecedentes y raíces ocurrió con el «folklore», las sociedades «nativistas» y, sobre todo, los poemas de un español, juez de Paz en Tala, cuya hermosa y sana familia debió leer, en «Paja Brava», historias de traiciones y desvíos que «El viejo Pancho» nunca había sufrido.
Borges encontró en el tango vestigios de literatura y los aciertos parciales de Alfredo Le Pera, Enrique Cadícamo u Homero Manzi lo convencieron de que la poesía podía ser un azar feliz; o que, como creía también Valéry, que algún verso nos lo dan los dioses. Se incorporó el tango a nuestra mitología; Idea Vilariño analizó algunas letras y recuperó, ella también, buenos versos; pero las generaciones últimas ya no lo pueden tomar en serio, y en muchas presentaciones (como en «Fontanarrisa de boliche») despachan al tango con un tono irónico, desapegado, que lo daña y terminará por sepultarlo.
Pero, entre tanto, disfrutemos de «Nostalgeses». No hay innovaciones, ni revisión, ni ironía, ni crítica: es una muy ágil y entretenida evocación, con buenas voces, en el estilo del tango clásico, de Nelson Pino y Gabriela Morgare, que además actúan bien.
Los recitados de poemas, (a cargo de Héctor Spinelli e Isabel Schipani) muy bien elegidos, entre los que reconocimos o creímos reconocer, a Evaristo Carriego, Jorge Luis Borges, Líber Falco, Idea Vilariño y Mario Benedetti, sirven como transiciones, telones de fondo, comentarios y hasta contrapuntos en relación a las partes cantadas, muy bien acompañadas por Roberto Abitante en teclado y Waldemar Metediera en bandoneón.
Hugo Blandamuro ha tenido el considerable mérito de armar con «Nostalgeses» uno de los espectáculos más entretenidos de la cartelera de hoy. Todo funciona adecuadamente y sin interrupción; hay entradas y salidas muy bien marcadas, no hay tiempos muertos, las escenas se suceden con correspondencia y armonía, encontramos adecuados contrastes y claroscuros en tonos de voz, luces y palabras. La única objeción, seguramente muy menor, es el carácter secundario, casi diríamos subalterno, que «Nostalgeses» asigna al recitado. Los poemas pueden y deben tener tanto relieve como la canción; y aunque parezca difícil, no es imposible decir los versos de Borges según las pautas de Berta Singerman o la Escuela Nacional de Declamación; o, por lo menos, en el brillante estilo del verso español que conoce Estela Medina.
Idea Vilariño y Líber Falco tienen por sí solos melodía; es verdad que Borges es muy escasamente musical, y la sorprendente ausencia de casi toda mención a la música en el «Borges» de Adolfo Bioy Casares, para no hablar del enervante decir entrecortado del autor, cuando leía sus poemas, explica en parte la dureza de sus versos; pero la experiencia pudo intentarse.
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