Arte

Diferentes modos de ver en el MAPI

Sucede al visitar las exposiciones temporarias del MAPI (Museo de Arte Precolombino e Indígena): el público se topa, a la entrada de la derecha, con vitrinas dedicadas al arte indígena. Después de la lectura del libro, la mirada se modifica. Aquellas reproducciones adquieren en el encuentro con los originales del museo, objetos líticos (puntas de lanza, anzuelos, raspadores, rompecocos, morteros boleadoras, ornotolitos, zoolitos, piedras grabadas), trozos de alfarería (jarras, escudillas, pipas, abalorios,campanas antropomorfas), collares de caracoles y punzones de hueso, sin precisa datación y procedencia (no surgieron de excavaciones científicas), más o menos monótonas en la poco grácil presentación, una patencia visual inesperada. Es como si estuvieran iluminadas por la luz de un haz reflexivo y aquellas comunidades primeras que habitaron hace varios milenios en un ámbito geográfico tan amplio como toda Suramérica se tornan cercanas, familiares. Todo arte es contemporáneo.

El lector atento del libro ya va prevenido por las observaciones de Consens. La adjudicación de elementos agresivos a las puntas de lanzas o los rompecocos o rompecabezas que al caer, se quiebran con facilidad, son suplantadas por el carácter simbólico posíble o instrumentos ceremoniales, estableciéndose un nuevo estatuto significativo que va más allá de la funcionalidad inicialmente señalada. Entonces la mirada del receptor comienza un análisis semiótico de esas formas surgidas lanceoladas por el accionar sustractivo sobre la piedra, el atractivo sensorial de las pequeñas entrantes y salientes, como la superficie vibrante del mar, zonas más oscuras y más claras, más opacas y más luminosas en dinámica vibración de la superficie que los códigos estéticos occidentales clasificarían de impresionistas. Así, esos objetos serían «receptores de nuestro etnocentrismo». Lo que resulta inevitable, pero sabiendo que se hace una extrapolación interpretativa deformante. Lo que no impide apreciar esos objetos en su singular hermosura. Quizá se escape para siempre el exacto sentido de esas piezas y ni siquiera la ponderación científica logre develarlo. Pues el realizador primero otorgó un plus a esos objetos imposible de medir por cualquier posteridad. Por eso, para entender el pasado (aún el más reciente) hay que comenzar por entender el presente donde existen todos los elementos tangibles e intangibles necesarios para la aproximación correcta, o sea, según las perspectivas antropológicas, el etic y el emic, planteadas por Harris, recogidas con lucidez por Consens.

La renovada visión se proyecta también a la magnífica muestra Maderas que hablan guaraní, prolongada hasta abril, con sus enigmas propios y que vale la pena revisitar antes de su inevitable dispersión entre los diferentes propietarios.

Más modesta, El desierto, segunda parte del Aquí cerca y hace tiempo proyecto fotográfico de Marcelo Puglia y José Risso Florio, un recorrido por el territorio nacional al norte del Río Negro, durante varios meses del año pasado, documentando fragmentos del naufragio cultural de viejas estancias, capilllas, cercos de piedra (alguno fue trinchera en la batalla de Masoller), detalles en algunos casos, solitarios, sin habitantes, abandonados a la incuria del tiempo y por la incompetente Comisión Nacional del Patrimonio que tuvo en el arquitecto Livni, un referente irrepetible. Todo muy documentado y manuscrito al pie de las imágenes, aunque sin catálogo o información mínima.

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