Heredarás tormentas
Puede el lector imaginarse todo lo que el tema puede poner sobre la escena: la personalidad del político, por una parte, tema sobre el cual sólo se conoce poco más que lugares comunes, las dotes que hubo de tener como estratega y organizador, su vida íntima, a menudo tan compleja y populosa como su vida pública; la organización política y económica de nuestro país, tanto más próxima al feudalismo del Medioevo que al posible capitalismo que se evita nombrar para hacer ver que no hay ninguna otra alternativa, feudalismo que rige en muchos aspectos, nuestra extraña vida familiar, social y política tan solidaria en nuestra mitología como incivil, brutal y caótica en la realidad.
Pero tanto como el tema y hasta la intención eran valiosos, la realización es insuficiente. Si se compara esta obra ambientada en el presente con El león ciego, de Ernesto Herrera, ambientada a fines del siglo XIX o a comienzos del siglo XX, es la obra de Lorenzo Lerena la que parece más inactual, más fuera del tiempo, más irreal, menos vivificada por los datos que iluminan una obra de creación.
El autor de La herencia de piedra evita llamar las cosas por su nombre, y la mención a los políticos y caudillos incurre precisamente en el mismo defecto que suele enrostrárseles: ser y no ser, aludir pero nunca nombrar, sugerir sin definirse; adolece de su misma falta de claridad ideológica, de su aptitud proteica para ser lo uno y lo otro, alternativamente y sin pausa a través de los años, hasta la muerte y por lo general más allá de la muerte.
La obra podría valer, quizás, aun privada de todo esqueleto ideológico, en forma lateral y secundaria por la creación de personajes, por la originalidad de la puesta en escena, por el brillo de la interpretación; pero en estos tres aspectos La herencia de piedra muestra aún más carencias, si cabe, que el fallido argumento. Los personajes son unidimensionales, y aún el político aparece tan frágil en su lecho de enfermo que antes parece una tía cargosa que un rudo caudillo que ha sabido conducir hombres. El sobrino no tiene más rasgos que un ruidoso sadismo y su presencia es tan molesta para los espectadores como para el enfermo. Los demás son sombras.
La puesta en escena (Emiliano Béjar) es rutinaria; incurre en la insensata creencia de que algo de ballet y otro poco de máscaras mejoran al teatro. La interpretación fue grandilocuente y declamatoria, estentórea y sin matices, de modo que el espectador se encontró muy pronto ante un sólido bloque sonoro que no parecía ofrecerle nada distinto del ruido continuo.
Se nos dice que la obra pertenece al ciclo de «Teatro Abierto» organizado por la Sociedad Uruguaya de Actores con el fin de promover el teatro y que ha mostrado un fracaso tras otro. Convendría averiguar si el efecto pretendido se corresponde con el logrado, si estos espectáculos sirven para difundir el teatro o, al contrario, para restringirlo cada vez más a un público tan sacrificado como minoritario.
A continuación de esta clase de obras vienen de Buenos Aires espectáculos meramente bien hechos, como Art, obras de entretenimiento como Les Luthiers o mañana quizás Oleanna con Gerardo Romano y los teatros, con plateas que cuestan varias veces más que la de los espectáculos locales, se llenan.
La multitudinaria cartelera local, un orgullo irrazonable, no sirve las necesidades de nuestro público; pero se insiste tercamente en la misma cantilena de que nuestro teatro es lo mejor, que nuestros actores insuperables y que sólo necesitan más promoción, más dinero, más beneficios. Como en tantas otras cosas de nuestra vida pública, en el teatro nos negamos al paso del tiempo y tratamos de vivir en el pasado.
La herencia de piedra, de Luis Lorenzo Lerena. Con Susana Maisonnave, Fabián Novelli, Diana Bresque, William Selzer, Fernando Montical y Noemí López. Escenografía y vestuario de Iván Arroqui, música de Carlos García, luces de Alejandro Piastra, dirección general de Emiliano Béjar. En Espacio INJU, 18 de Julio 1865.
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