El lado oscuro de la vida
Y preferimos, tanto esta obra como las fantasías torturadas de Tchaikovsky, o los espantos, siempre entre mecánicos y musicales, de Hoffmann, cuyo cuento «Los autómatas» es la lejanísima inspiración del libreto del «Cascanueces» de Tchaikovsky, o las muy inquietantes imágenes de Ken Russell sobre la vida del músico («The music lovers»; en español «La otra cara del amor», 1972) que las frivolidades que desmerecen nuestra escena. La discusión que puede plantearse a propósito de «Cascanueces, un ballet para adultos» puede abarcar muy diversos aspectos; pero no podrá negarse la seriedad del ensayo, ni su sinceridad, por momentos desgarradora, ni la pulcritud de la coreografía y puesta en escena. Inclusive es de destacar, porque lo merece, la evidente superación, sobre todo si se lo compara con sus trabajos anteriores, el libreto de Gabriel Calderón, que la ficha técnica llama «dramaturgia y textos».
Inthamoussú y Calderón parten, no tanto de la notoria homosexualidad de Tchaikovsky sino de las evitables angustias y desgracias que de su estéril represión derivaron, como el error de su infeliz matrimonio, programado para ahuyentar fantasmas que posiblemente lo perseguían desde la infancia. El libreto sigue las líneas de «Cascanueces», con una inmediata transposición de sexos, de una manera semejante a la transposición de papeles en «Las nenas de Pepe», también de Calderón y aún, quizás, a la experiencia de Daniel Veronese en «Un hombre que se ahoga», sobre «Las tres hermanas» de Chejov. Así, Inthamoussú traspone a Clara, la protagonista del «Cascanueces» clásico, en «Claro» (Pablo Muñoz); hay otros deslizamientos de unas identidades en otras, que también existían en el original, no menos siniestro, de Tchaikovsky. Así, lo que hace soñar al protagonista es una pastilla de un alucinógeno, quizás el «éxtasis»; la sexualidad un tanto aséptica, del «Cascanueces» primigenio se convierte en homosexualidad. Nada nuevo, por cierto: los antiguos griegos conocían la «ambrosía», el manjar de los dioses, que no pudo ser sino uno de los muchos alucinógenos que la Naturaleza provee; y el recio Heracles conoció, no sólo extrañas sumisiones ante la reina Onfalia, sino, directamente, contactos homosexuales.
Pero la droga plantea el problema de los límites: ¿hasta dónde puede llegar el hombre? Quien quiera haya recorrido las dramáticas páginas de De Quincey en «Confesiones de un comedor de opio» (1822), tendrá un estremecimiento ante esta frase, temible y actual: «La tensión nerviosa, el flagelo secreto de la vida humana»; y si alguien quiere encontrar los únicos argumentos válidos contra la droga, tendrá que emprender seriamente la lectura de «Les paradis artificiels» de Baudelaire. Alrededor de esa pregunta está el misterio del hombre, esa víctima, según Klages, de un elemento extracósmico, el Espíritu, que trata de escindir la célula vital almacuerpo; por ello el hombre es un ser separado del orden natural al que no cesa de agredir. Los gnósticos ven al hombre como un escándalo metafísico, un repelente anfibio que, «como espíritu pertenece al mundo eterno, pero que como animal habita el tiempo» (C.S. Lewis).
Todo esto nos ha sugerido este «Cascanueces», y tenemos la convicción de no haberlo sobrescrito ni completado según nuestras ideas. Esa busca del absoluto está presente y es un honor para nuestra escena que haya llegado a la penumbra del Under Movie tan límpida, tan directa, tan visible. Todo es sencillo y eficaz: la música ha sido transformada mediante música electrónica por la D.J. Paola Dalto; la coreografía tiene el sello de su creador, Martín Inthamoussú, cuya originalidad siempre lo despega de todo lugar común. Los actores y bailarines, Paul Domenack, Bernardo Trías, Nazario Osano, Jorge Vidal y Pablo Muñoz realizan la danza con precisión y exactitud; en un papel similar al del «Drosselmeyer» del «Cascanueces» original, Claudio Castro, con gran presencia y convicción, da una nota justa, un poco lúcida y otro poco perversa. No hay fuerzas absolutas, ni tampoco debilidades absolutas. Somos, como escribió Oscar Wilde, a la vez Infierno y Cielo.
CASCANUECES, UN BALLET PARA ADULTOS, de Martín Inthamoussú, dramaturgia y textos de Gabriel Calderón, por la compañía de artes escénicas contemporáneas COMPLOT. Con Claudio Castro, Pablo Muñoz, Nazario Osano, Jorge Vidal, Paul Domenack y Andrés Papaleo. Entrenamiento y dirección actoral de Cecilia Lema, coreografía y danza española de Paola Garabedian, iluminación de Pablo Cotignola, banda sonora de la disc jocketta Paola Dalto y Andrés Torrón, vestuario de Daniela Inthamoussú, coreografía, espacio escénico y dirección general de Martín Inthamoussú. Estreno del 22 de febrero, sala Under Movie.
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