OTRAS CURIOSIDADES DEL HABLA POPULAR
Como el lector recordará, en la columna anterior me referí al término «boludo» y, entre otras cosas, hacía notar las variaciones semánticas de dicha voz; mientras en Argentina significa tonto, nosotros le damos también el sentido de lerdo o perezoso.
Un amigo me hacía notar otro caso más notorio de un vocablo con significados diferentes según se esté en una u otra orillas del Plata: el sustantivo fiaca, que en Buenos Aires significa haraganería, desgano, mientras que aquende el Plata es un claro sinónimo de hambre. Ante el enunciado «¡Qué fiaca!», un montevideano entenderá que quien lo emite está hambriento; en tanto un porteño verá en él a un haraganote. Creo que era en la revista Rico Tipo que aparecía regularmente una tira de Divito cuyo protagonista se llamaba Fiaquini, un haragán emblemático, reacio al laburo y siempre bien dispuesto para el apolillo. Junto con los sustantivos botija (por pibe) y bizcocho (por factura), el caso de fiaca es una de las pocas diferencias lingüísticas que mantenemos con nuestros hermanos porteños.
Pero ahora volviendo al término boludo, es curioso observar la frecuencia con que intervienen los genitales masculinos en expresiones del habla popular y lunfarda.
«Tener las pelotas bien puestas» es ser no sólo corajudo sino emprendedor y diligente; es un poco más que tener cojones. Pero ¡ojo! porque también decimos que «hay que tener bolas» para aguantar un discurso pesado o para llevar a cabo una tarea tediosa. Por eso, cuando alguien tira la esponja y renuncia a continuar en cierta situación o a emprender cierta actividad no muy atrayente, suele decir «No me dan las bolas».
Fastidiar, molestar, incomodar, mortificar, son conceptos que se expresan comúnmente con la frase «romper las bolas» o «hinchar las pelotas», como si en los genitales masculinos se hallara oculta la capacidad de soportar a un cargoso.
Otra expresión muy curiosa es «¡Las pelotas!» como réplica inmediata a una propuesta que rechazamos o a una afirmación de la que disentimos. Viene a remplazar expresiones como ¡Para nada! ¡De ningún modo! ¡Qué esperanza!
–La verdad, Mendieta, que yo fiaca no tengo… pero tengo
una sed, que si no me sirven otro clarete fresco, su cháchara va a terminar por llenarme las pelotas.
–¡Qué lo parió!
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