EL PROTEICO JORGE ESMORIS

Ha actuado en teatro, donde se mostró un notable actor («Tartufo»), y autor («El último orgasmo del marqués de Sade», entre otras) en el carnaval, donde hizo historia con su antimurga B.C.G. Ahora, desde hace unos años, con la comedia musical, donde se ríe de sí mismo y de nosotros, con esa su sonrisa ancha (muy, muy ancha) y natural, pícara y tierna a la vez. Los cultores de la taxonomía no deben saber cómo clasificarlo, porque escapa a todas las categorías, aunque entra de rondón en todas. A veces hemos oído que es típicamente uruguayo; jamás se nos ocurriría escribir semejante cosa. Más bien diríamos que el Uruguay, en sus buenos momentos de vida popular, cuando se olvida de los más recurrentes idola fori como que «la gente quiere reír» o que el candombe es nuestra música «nacional», se acerca a Esmoris. En él caben la risa, el chiste, la sátira, el candombe y el rock, pero no idolatra a nada. Cuando hace murga, es la antimurga; y eso no ha sido fácil de soportar en la industria de la música «nacional». Es sanamente escéptico; un benévolo ateo en relación a las divinidades locales. La vida imita al arte, el espectáculo crea al público: Esmoris ha tratado tan sólo de encontrarse a sí mismo, y, como lo consigue muy a menudo, suena auténtico, parece nuestro; tiene un público que, como él, no se parece a nada. Por todo eso nos llega, nos comunica, nos divierte. El ha creado un personaje extraordinario, que es él mismo, mezcla de todas sus creaciones. Tiene algo de Don Quijote joven (uno de los capítulos que se le olvidaron a Cervantes), algo de músico de tablados o ferias, mucho de juglar, de actor de la «Commedia dell’arte» como realmente fue, antes de que la canonizara Goldoni.

En «La divina comedia humana», en la Sala Zitarrosa, Esmoris se da el gusto de cantar un estribillo que en otras manos sería pesado, grave, como «esto es un quilombo». El quilombo significa, en el habla popular, algo mal hecho, desorganizado, vagamente pernicioso; pero Esmoris ha rescatado lo que la palabra dice, también, de alegría, placer y despreocupación. Y sin perder un instante su buen humor, sabe lanzar agudas flechas sobre algunas calamidades sociales, como los portadores de nuevos evangelios, ya sean de nuevas revelaciones de que Cristo es amor o de que la yoga permite acceder a la felicidad con sólo inhalar y exhalar correctamente.

Es verdad que «La divina comedia humana» no nos trae un Esmoris nuevo. Diríamos al respecto dos cosas: la primera, tiempo al tiempo; la segunda, ya son muchos Jorges Esmoris, todos buenos, todos como salidos de la nada y como todos los meteoros, inesperados e inolvidables.

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