LA CONJURA DE LOS NECIOS
Actualmente, vivimos inmersos en un mundo que nos bombardea constantemente con mensajes y pautas culturales provenientes de los centros económicos y políticos más influyentes, que intentan, valiéndose de medios masivos como el cine y las comunicaciones virtuales, una suerte de colonización cultural más eficaz y totalizadora.
El Uruguay, un país que ha buscado tradicionalmente sus rasgos identitarios fuera de fronteras basta con recordar que algunas de las más «representativas» expresiones nacionales son importadas suele asimilar, constantemente, patrones culturales foráneos.
Este fenómeno es potenciado por la irrupción de nuevas tecnologías comunicacionales como Internet, que nos permiten conocer otras realidades y diversos acontecimientos relevantes en el resto del mundo, prácticamente en tiempo real.
Nuestra idiosincrasia, recurrentemente contaminada por mensajes indigeribles, suele asumir pautas de comportamiento ajenas a nuestra historia, que se expresan tanto en lo artístico como en lo idiomático.
Contrariamente a lo que sucedía en el pasado, hoy lamentablemente un de los puntos de referencia insoslayable parece ser Estados Unidos, cuya demoledora maquinaria consumista suele frivolizar incluso a las tradiciones.
Esta tendencia se visualiza, por ejemplo, en celebraciones como Halloween, así como en formas de vestir, hablar y ser propias de la potencia imperial hegemónica.
El artista que procura ubicarse fuera de esa influencia uniformizante y castradora de la creatividad y el pensamiento crítico, génesis de todo eventual cambio estructural en una sociedad, debe buscar trabajosamente su lugar en un medio social siempre susceptible de ser domesticado. En el decurso de la historia, numerosos movimientos artísticos vanguardistas combatieron la robotización cultural e intelectual del ser humano, transformado a su arte en una expresión de protesta y ruptura con los modelos dominantes.
En ese contexto, la generación conocida popularmente hace medio siglo como beatnik, surgió en los Estados Unidos como un movimiento literario contestatario, contracultural y anticapitalista, que remarcaba la importancia de mejorar la interioridad de cada uno más allá de la propiedad material.
Escritores como Kerouac, Ginsberg y Burrroughs entre otros, inspiraron y continúan inspirando a varias generaciones, siendo su mensaje y su prédica cada vez más vigentes.
«Corporación Medusa», del periodista y escritor uruguayo Nelson Díaz, bien podría enmarcarse dentro de las pautas más representativas de aquel movimiento, aunque con un estilo propio y personal.
Nuevamente el alter ego de Díaz, un tal Roger, vuelve a ofrecernos una cruda y descarnada visión de la sociedad en la cual vivimos, con su habitual estilo ácido e irónico.
Valiéndose de una prosa por momentos sarcástica, a menudo surrealista y hasta lindante en la crudeza, pero siempre lúcida, el autor retrata al mundo contemporáneo a través de la visión salvajemente crítica de Roger, un escritor alcohólico y nihilista, quien cree que tras un manuscrito enviado por un misterioso escritor, se esconde la confirmación de aquello que pocos, como él, han logrado descubrir: la existencia de una corporación que manipula a la humanidad intentando dominarla desde siempre.
El hábil manejo de diálogos y personajes, principalmente en las bizarras conversaciones de Roger con su psicoanalista, charlas que fluctúan entre la ironía y el absurdo, la adecuada dosis de dramatismo, intelectualidad y corrosivo humor, nos muestran a un autor frontal e irreverente.
«Corporación Medusa» confirma la permanente maduración creativa de Nelson Díaz, quien es, sin dudas, una de las plumas más osadas y originales de la literatura nacional.
(Edición de Yaugurú)
Compartí tu opinión con toda la comunidad