LIBROS: Denuncia. "Teatro a punta de lanza", dos alegatos sociales

El arte como retratista de las miserias humanas

En «Teatro a punta de lanza», el escritor, dramaturgo y periodista Mauricio Rosencof reúne dos obras vertebrales de su producción teatral, las cuales se transformaron en sendos alegatos contra la inequidad social.

Nacido en 1933 en Florida, Mauricio Rosencof es una de las personalidades más singulares y polifacéticas de la cultura uruguaya.

Desde muy joven, Rosencof asumió un itinerario vivencial realmente azaroso, en cuyo transcurso conoció, como periodista de medios comprometidos con la realidad, el rostro más grotesco de un sistema injusto.

Esa suerte de aprendizaje lo situó rápidamente en la vanguardia entre los dramaturgos y escritores compatriotas.

No en vano, desde comienzos de la década del sesenta del siglo pasado hasta el presente, se han estrenado más de 25 obras de teatro de su autoría, tanto en nuestro país como en el exterior.

Algunos de sus títulos más conocidos son: «El gran Tuleque», «El regreso del gran Tuleque», «Las ranas», «Los Caballos» y «El hijo que espera», entre otros.

Su vasta producción literaria que abarca distintos géneros, incluye, por ejemplo, «Conversaciones con la alpargata» (poesía), «Canciones para alegrar a una niña» (poesía) y «La rebelión de los cañeros» (crónica).

Sin embargo, la faceta más destacada y exitosa de su dilatada carrera artística está indisolublemente ligada a sus obras de trazo eminentemente testimonial, como «El bataraz», «Las cartas que no llegaron» y «Memorias del calabozo», libro escrito en coautoría con Eleuterio Fernández Huidobro.

Indomeñable luchador social y guerrillero, Rosencof padeció, en calidad de rehén, torturas y prisión en condiciones infrahumanas durante la dictadura que asoló a nuestro Uruguay.

Sin embargo, su fortaleza psicológica le permitió mantener enhiesta la cordura y la lucidez y desafiar los vanos intentos del terrorismo del Estado por destruirlo.

Incluso, pese a las severas condiciones impuestas por sus carceleros, escribió abundantes textos en plena reclusión, muchos de los cuales salieron clandestinamente de los establecimientos de detención en los cuales estuvo confinado.

Sus dos novelas más recientes son «El barrio era una fiesta» y «La góndola ancló en la esquina», sendos cuadros costumbristas de carácter autobiográfico, que rescatan vívidas imágenes del Uruguay de otrora.

En más de un sentido, el actual Director de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo es un auténtico ejemplo de dignidad y resistencia, que se jugó la vida por lo que cree y siente.

Este libro recupera dos de las piezas teatrales más representativas del autor, que pertenecen al primer tramo de su producción, antes de pasar a la clandestinidad y combatir en los cuadros del Movimiento de Liberación Nacional ­Tupamaros.

La gestación y estreno de «Las ranas» (1961) y «Los caballos» (1967) coincide con el primer tramo de uno de los períodos más críticos de nuestra historia reciente, cuando la agudización de las contradicciones sociales devino rápidamente en polarización.

Como bien lo expresa el docente, escritor e investigador Roger Mirza en el conceptuoso prólogo que incluye esta edición, no es posible aludir al teatro de Rosencof sin invocar la coyuntura histórica en el cual fue concebido.

Es que, en la mayoría de los casos, el artista es casi siempre hijo de su tiempo y su circunstancia. Mauricio Rosencof cumple con esa premisa a cabalidad, al exhibir, desde su primera creación, una indudable faceta de atento retratista de la realidad.

La atinada introducción de Mirza opera como soporte conceptual de la presentación de ambos textos, al explicar las diversas relaciones de causalidad que precipitaron el derrumbe de un modelo de convivencia otrora envidiable en el contexto regional y mundial.

Aunque la mayoría de los acontecimientos evocados resultan bastante conocidos, el aporte de Mirza es tan oportuno como relevante a la comprensión de las obras del dramaturgo floridense.

En consecuencia, no es para nada redundante recordar el estrepitoso derrumbe del mito de la Suiza de América, a partir del cual nuestro Uruguay comenzó a precipitarse hacia un abismo que culminó en la grotesca experiencia autoritaria.

El prólogo incluye, naturalmente, abundantes referencias al comienzo de la crisis económica y social que se agudizó en la primera mitad de la década del sesenta y a la brutal escalada represiva contra la clase obrera y los movimientos populares.

Las referencias a este tiempo histórico siempre coadyuvan a la comprensión de la verdadera génesis de la violencia gubernamental, que alcanzó sus picos más álgidos durante el régimen de Jorge Pacheco Areco, con detenciones masivas, torturas, militarización de entes y bancos, asesinato de estudiantes y censura de prensa.

La afirmación de estas verdades, que pueden ser corroboradas por numerosos testimonios de la época, demuele nuevamente la falaz tesis de los dos demonios, recurrentemente invocada por la derecha para justificar lo injustificable.

Mirza inscribe la obra de Rosencof en un vasto, mutable y fermental movimiento cultural de resistencia y protesta, que transformó a buena parte de la intelectualidad en fiscal de los excesos y las inequidades de un sistema decadente que padecía una crisis terminal.

Tanto «Las ranas» como «Los Caballos» interpretan y registran las demoledoras consecuencias del grave deterioro de la calidad de vida que padecían vastos sectores de la población uruguaya.

A medida que la crisis se tornaba más severa, la tan mentada democracia liberal burguesa que en el pasado había cobijado exitosas experiencias reformistas, se iba vaciando de contenido hasta mutar en un mero espejismo y una suerte de desfigurada caricatura de sí misma.

«Las ranas», que data de 1961, es un despiadado cuadro social de la naciente marginalidad suburbana, un fenómeno que, con el tiempo, se transformó lamentablemente en parte de la identidad ciudadana: el asentamiento irregular o cantegril.

No es vano el protagonista se dedica precisamente a la caza de batracios, que luego vende a un laboratorio que los emplea en investigaciones químicas sobre el embarazo.

Resulta absolutamente insoslayable el paralelismo entre las ranas que habitan el charco y los pobladores de esas precarias viviendas emplazadas fuera del área urbana. En ambos casos, no es posible escapar a un destino de miseria y postración.

La obra, que está naturalmente escrita en lenguaje coloquial con el propósito de amplificar su autenticidad, es un auténtico retrato de la exclusión ya instalada en la sociedad uruguaya.

Sin embargo, el dramaturgo, que como es habitual jamás desestimó la ironía, rescata la solidaridad y la dignidad aún en situaciones límite.

En efecto, aún en las condiciones de convivencia más adversas en las cuales la felicidad parece ser una mera quimera, suele aflorar la humanidad en estado químicamente puro.

Aunque el planteo renuncia a toda eventual tentación maniqueísta, el escritor amplifica, como es debido, los decibeles de la denuncia social.

Por su parte, «Los caballos» (1967) es una pieza ambientada en el medio rural, cuyos protagonistas son los zafreros del arroz. En buena medida, esta creación responde a la emergencia de registrar la peripecia de los trabajadores rurales explotados por el gran capital y se origina en las propias investigaciones de campo de Mauricio Rosencof.

Esta obra, cuyos personajes son humildes peones víctimas del latifundio y el oligopolio de la tierra, está impregnada de fuertes metáforas que recuperan el papel simbólico del caballo, tanto en su dimensión histórica como doméstica.

También en este caso, hay una clara opción del escritor por los desposeídos y los desclasados sociales, que comparten cotidianamente una peripecia de padecimientos y resignación, aunque jamás renuncian a sus sueños.

Estas dos obras, que en su momento fueron representadas con singular éxito, confirman
el fuerte compromiso del por entonces joven escritor con los derechos de los más infelices.

Incluso, en el caso concreto de «Los caballos», hay un explícito propósito por denunciar la pobreza en la campaña uruguaya, a menudo ignorada por la arrogancia de la macrocefalia capitalina.

El texto es el resultado de la experiencia de Mauricio Rosencof en contacto con los trabajadores arroceros y no soslaya la no menos grave situación de los cañeros del norte uruguayo.

Este libro confirma la fina sensibilidad del célebre dramaturgo, quien condensa en sus creaciones la exasperante injusticia social imperante hace ya más de cuarenta años y demuele el falaz e idílico discurso de la clase dominante.

(Editorial Fin de Siglo)

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