Arte

Las enigmáticas modelos de Leonardo y Velázquez

Para inaugurar la flamante ampliación del Museo del Prado madrileño, se inauguró Fábulas de Velázquez. Mitología e historia sagrada del Siglo de Oro, una exposición a la altura de la extraodinaria pinacoteca, rival del Louvre (París), el Metropolitan (Nueva York) y el Ermitage (San Petersburgo). Se reunieron 28 obras del pintor sevillano, de ancestros portugueses, y otras 24 de 17 pintores (Caravaggio, Tiziano, Rubens, Zurbarán, Ribera, Gregorio Fernández, Montañes), encarando todas temas de la mitología y la historia sagrada. De esa manera, se tendrá una idea aproximada del contexto artístico en que Velázquez ejecutó sus cuadros.

Desde luego, la mayoría de las obras provienen de la colección del propio museo en que se exhiben, aunque también provienen de Dublín, Barcelona y Londres. Precisamente, de la Galería Nacional inglesa vuelve a colgarse La venus del espejo, el único desnudo que pintó Velázquez y también el único desnudo de la pintura española del barroco siglo XVII que escapó a la férrea censura inquisitorial. La tela mide 122 x 178 cm y fue pintada alrededor de 1646-9, cuando Velázquez tenía entre 47 y 50 años.

El nombre de la modelo admite numerosas hipótesis, ninguna verificada. La primera, se apoya en la imaginación del genial pintor inspirado en el Hermafrodita borghese del Louvre del cual existe una copia en el Museo del Prado. La segunda especulación indica que sus modelos proceden de los desnudos de la Capilla Sixtina de Miguel Angel. Una tercera hipótesis sugiere ser el retrato de la criada del primer propietario del cuadro, el séptimo marqués del Carpio y de Elche, libertino de fama en su época.

No obstante, la más aceptable, según investigaciones recientes, se apoya en la biografía de Velázquez que, en su segundo viaje a Italia, conoció a Olimpia Triunfi con la cual tuvo un hijo, Antonio, muerto a los ocho años. Los investigadores descubrieron periódicos envíos de dinero para el mantenimiento del niño, de salud precaria. La obra pasó por diversos propietarios hasta que fue adquirida por la National Gallery en 1905 y recibió siete puñaladas de una feminista británica en 1914, celosa de la moral ciudadana.

La composición de La Venus del espejo (también conocida por Venus y Cupido) es una hermosísima coordinación de un sistema de ondulantes y serenas curvas, la modelo vista de espaldas con el rostro borroso (el alma) reflejado en el espejo que sostiene el cupido con alas, opuesto en su verticalidad pero en similar juego de barrocas curvas, que se prolongan en el cortinado y el ropaje, en una sublime armonía de tonalidades, exquisitas variaciones de rojos, grises y azules. Tan compleja conceptual y técnicamente como Las meninas. Los que no han visitado Londres para verla, pueden hacerlo en Madrid hasta el 24 de febrero.

 

La misteriosa sonrisa

La Gioconda o Monna Lisa (1503-05), de Leonardo da Vinci es, quizá, el retrato más popular del mundo. Infinitamente copiada (por sus discípulos, por el mismísimo Rafael en dibujo), adulterada (por versiones existentes en los museos de Francia, Suecia, Alemania, Rusia, Estados Unidos), intervenida (Marcel Duchamp le puso bigotes, Andy Warhol la convirtió en icono de la sociedad de consumo), también admitió, a lo largo de los siglos, numerosísimas interpretaciones sobre la identidad del modelo.

Pintada sobre tabla, es de formato mediano (77 x 53 cm en la actualidad aunque era unos centímetros más ancha, con dos esbeltas columnas) y, como alguien dijo, son los 4.081 centímetros cuadrados de pintura más famosos. Pero casi nadie la ve. Colocada en una vitrina, protegida con doble vidrio antibala (como en el Casón del Buen Retiro estuvo Guernica de Picasso) y un cordón que no admite la aproximación, además de intentar sortear los numerosos visitantes apiñados para sacar una fotografía, la visión es imposible. Hace medio siglo todavía admitía la cercanía, el recorrido gozoso de la mirada por la impalpable materia y las sutiles tonalidades, el famoso sfumato, la contemplación era gratificante. Hoy es una ilusión. Ni por asomo detectar la pequeña fisura que a partir del ojo derecho se detectó recientemente y que, de acentuarse, podría dividir el cuadro.

Pero el misterio radica en la modelo y la indescifrable sonrisa. Se aventuran diversas conjeturas. Algunas: 1) Supuestamente envuelta en velos de viuda, es Constanza de Avalos, por la muerte de la hijita; 2) Es la marquesa de Mantua, Isabel d´Este, cuñada de Ludovico el Moro; 3) Una amante de Giuliano de Medicis, hijo de Lorenzo el Magnífico y hermano del papa León X quien, habiéndose casado, renunció a retirar el cuadro; 4) Es un efebo travestido; 5) Por fin, el primer historiador del arte, Giorgio Vasari, que no vió el cuadro, conjeturó que la modelo era Lisa Gherardini, hija del comerciante florentino Antonio María di Noldo Gherardini, casada con Francesco di Bartolomeo di Zanobi del Giocondo.

Queda la indescifrable sonrisa. Ni las cejas rapadas ni las pestañas recortadas (moda de la época), llamaron tanto la atención como la sonrisa inaccesible. Las interpretaciones son abundantes. Los equívocos también. La más sensata proviene de Vasari al señalar que no hay nada de misterioso en la sonrisa pues durante las sesiones de pose, músicos y actores entretenían a la modelo. Dos libros recientes de Donald Sasson, historiador de la cultura, rastrean, como apasionante novela policial, los orígenes y la historia del cuadro.

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