Shakespiriando en Punta del Este
Se nos informó al entrar que, en funciones anteriores, el espectáculo se acompañaba de una cena. Quizás con este aditamento sustancial Shakespiriando fue, como nos aseguró gente de teatro cuyo juicio apreciamos, un espectáculo suficiente para pasarlo bien; creemos que la amistad y la felicidad de comer en común incidieron en aquel juicio más de lo imaginable.
Por supuesto, ni Shakespeare ni Esquilo son intocables. Todas sus obras pueden ser mejoradas, y si no pudieran ser mejoradas no serían obras humanas, que muestran un punto por el que podrían crecer, otro por donde han de arruinarse y otro por donde el tiempo podría mejorarlas; pero es indudable que todo puede ser toqueteado sin ser comprendido, manipulado sin saber cómo funciona, rozado negligentemente al pasar. Luego de reproducir casi toda la pintura del Renacimiento, Gustave Moreau encontró, en sus sueños, sus marchas de colores venenosos y sus vestidos como joyas; luego de ejercitarse en la figura humana, prolijamente representada, Picasso creó las mujeres paradójicas del cubismo; luego de traducir a Ruskin, luego de venerarlo como a un profeta y luego de peregrinar por los lugares que amó, Proust, en el prefacio de La biblia de Amiens, lo enjuicia sin miramientos y casi lo condena. Pero por un brujo hay mil aprendices de brujo. Por un renovador Peter Brook, por un Ingman Bergman, hay miles de ingenuos que no saben lo que hacen.
Shakespeare merece, quizás, la parodia y hasta la controversia; pero primero hay que saber quién es; no se merece Shakespiriando, porque es una forma de ignorarlo.
Trajes ridículos, coreografía trivial, música endeble, canciones fáciles, texto comprimido hasta lo ininteligible y, lo que es peor, actuado en el mismo tono de «no saben-cómo me divierto» al que no falta la sonrisa-mueca de rigor: todo esto tiene Shakespiriando, similar al Cyrano de Bergerac del mismo Hochman. Es una lástima: hay todo un esfuerzo, muy respetable, en la producción (Daniela Barthaburu, Florencia Peña, Gustavo Descalzi) y en la puesta en escena; los actores (Florencia Peña, Sandra Ballesteros) saben actuar y no cantan mal. Quizás sepan bailar: por Shakespiriando sólo podemos imaginárnoslo.
Todo viene para que utilice aquí una palabra inglesa de moda, que quiere decir «luz» y «liviano», pero no lo haré. Shakespiriando no es una cena: es un café en vaso, descafeinado, aguado y sin azúcar.
Shakespiriando (Una experiencia musical con William Shakespeare) con Sandra Ballesteros, Florencia Peña, Daniela Fernández, Gustavo Monje, Marcelo Testa y Noralih Gago. Ambientación escénica y vestuario de Kris Martínez, coreografía de Diego Reinhold, música de Jorge Polanuer, iluminación de José Aráoz, dirección general de Claudio Hochman. En Hotel Meliá, Punta del Este.
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