Estigma: El Evangelio según Hollywood

Tal cual señala la promoción del propio filme, la idea puede rastrearse en antecedentes célebres como la mítica película El exorcista y su sobrecogedor relato de posesiones satánicas. De todos modos las influencias no se agotan en este puntual registro, ya que otros títulos como El bebé de Rosemary, La profecía e, incluso, propuestas apocalípticas recientes a la manera de El día final, ya plasmaban esos miedos finiseculares poblados de anticristos y destrucciones planetarias.

El tema de Estigma, sin embargo –si bien ronda esos perímetros infernales–, no tiene exactamente que ver con cultos satanistas, encarnaciones diabólicas u otras ideas que manejen relaciones con la imagen de Lucifer y sus aliados paseando por las veredas del mundo. Aquí el argumento da cuenta de una joven peluquera (Patricia Arquette) que sufre estigmatizaciones repentinas y ataques que la transforman en mensajera de cierto discurso de Jesucristo que vaticinaría la mismísima destrucción de la Iglesia Católica, apostólica y romana; un temita que, al parecer, motivó varias censuras de la película en algunos países sudamericanos. Para contar esta historia, el director, Rupert Wainwright, (un solvente publicista que antes de internarse en estos senderos dantescos llevó a la pantalla Cheque en blanco, una comedia de Disney), se apoya en el impecable profesionalismo del fotógrafo Keffrey Kimball y en la labor de Al DiSarro, coordinador de efectos especiales, para recrear una pesadillesca atmósfera que resulte acorde al tema tratado. Este, quizás, sea el principal y único logro de un largometraje que respira el clima onírico de Pecados capitales (aunque sólo logre retener la cáscara ambiental de esa realización), mientras su contenido se resbala por una pendiente de reiteraciones estridentes y otras larguezas que no agregan demasiado al argumento.

A decir verdad, de nada sirve el particular carisma de Gabriel Byrne, actor que saltó a la fama con Los sospechosos de siempre y aquí encarna un sacerdote científico especialista en detectar falsos milagros, (que ciertos memoriosos cinéfilos pueden comparar con el personaje del Padre Karras en el ya citado filme de El exorcista), para levantar este paquete del averno. Por ahí también aparece Jonathan Pryce, otro invitado de lujo, que tampoco logra sacar mayor lustre a esta fábula mística, en pleno cambio de siglo, que utiliza a pleno diversos recursos tecnológicos, un rodaje videoclipero, la consabida banda sonora heavy metal tan asociada a gustos diabólicos y un buen desparramo de hemoglobina como para satisfacer agudos niveles de truculencia.

Luego de la pertinente hojarasca de truenos, metamorfosis y mensajes de ultratumba, la película descubre su esencial liviandad a través de una resolución eminentemente superflua pero muy bien barnizada con todos los juguetes sonoros y digitales con que cuenta la industria de Hollywood. Para quienes busquen adrenalina light de matiné, la función cumple su cometido sin mayores complicaciones. Pero los incondicionales de Raimi, Carpenter o Craven pueden salir de sala bastante decepcionados.

Que sea lo que Dios quiera.

Estigma. Dirigida por Rupert Wainwright. Producida por Frank Mancuso Jr. Director de Fotografía: Jeffrey Kimball. Efectos especiales: Al DiSarro. Supervisor de efectos especiales: Ve Neill. Guión de Tom Lazarus y Rick Ramage. Con Patricia Arquette, Gabriel Byrne y Jonathan Pryce.

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