Reglas de combate

Una cuestión de honor

Nadie, ni siquiera ese alto jerarca del ejército (el impecable Samuel L. Jackson) enviado a evacuar al embajador estadounidense en una turbulenta Yemen, iba a pensar que un operativo de máxima seguridad de rutina iba a culminar en una corte marcial.

¿Es que asesinar civiles estaba previsto dentro de la operación? Y asimismo: ¿la Justicia iba dejar pasar por alto tal exceso o desmán que dejaría a todos públicamente señalados? Claro que no, aunque haya evidencias varias de todo lo contrario si uno practica la mirada histórica.

En Estados Unidos siempre se dirá que no y se hablará en favor de los derechos humanos, de las garantías de los ciudadanos y en favor de un sueño americano donde todos tienen la oportunidad de realizarse y, en casos límites, de probar su inocencia. El famoso justicia para todos que babean a los cuatro vientos y que no siempre se cumple.

Reglas de combate nos devuelve a un William Firekin (hacedor de títulos supertaquilleros como El exorcista o de policiales complejos y excepcionales como Cruising o Vivir o morir en Los Angeles) que coloca el foco de atención en el después –la muerte de civiles en Yemen– y en las secuelas que han dejado en un oficial con trayectoria intachable como el personaje que compone con rica intuición y temperamento Samuel L. Jackson. A su lado, Tommy Lee Jones hará lo que pueda para reconocer su inocencia.

El relato, fiel a las convicciones personales de Friedkin, admite un tono liberalón, en los dichos, las internas palaciegas o de tribunales y sus contrapuntos. Todo el escenario está estructurado para meter el ojo indiscreto en los pasillos y en el modus operandi militar, como lo han efectuado filmes recientes, por ejemplo La hija del general o, más atrás Cuestión de honor.

Friedkin saca partido del rendimiento actoral de Jackson y del entrañable Tommy Lee Jones y de un Guy Pearce (cada vez más actor este australiano que se ha visto en las formidables Los Angeles al desnudo y Voraz) pero no escapa a las convenciones del género y de la idea liberalota de que habrá justicia por encima de cualquier amague conspirativo.

Y no siempre es así. ¿O no?

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