Padre Gino. De Pedro Mario Herrero, en Espacio Teatro

Por debajo de los uniformes con los rosarios en la mano

El personaje principal de «Padre Gino» (en el original «La balada de los tres inocentes»), el cura de aldea parlanchín y cascarrabias (Franklin Rodríguez), es una reedición de 1973, por el español Pedro Mario Herrero, de la muy superior «El padre Pitillo» de Carlos Arniches (1937), obra que, curiosamente, se terminó de escribir en Montevideo.

No obstante, y a pesar del lapso transcurrido, la atmósfera es la misma. Sin la gracia para el diálogo de Arniches, sin su agudeza de observación, sin su candor, afligida esta versión por coloquialismos locales injertados al azar, «Padre Gino» parece por momentos una parodia del teatro de los años 30-40. ¿Estará en nuestro destino ver alguna pieza de los hermanos Serafín y Joaquín Alvarez Quintero?

El ama del cura (Lucía Sommer), un clásico de la servidumbre, es aquí la hermana del párroco. Ella ha cometido una apasionada serie de deslices con un policía local (Christian Zagia), sexo furtivo con consecuencias mucho más graves, en las apariencias, que el embarazo ritual.

La próxima visita inspectiva de un perceptivo obispo (Adhemar Rubbo) hace más incómoda la situación: hay que ocultar rastros comprometedores, y para ello nada mejor que un baúl que se abrirá y se cerrará para hacer avanzar, a golpes de cerrojo, la intriga. Un par de personajes secundarios, el comisario Vittorio (Sergio Chaparro), la sorprendente madre del cura (Mercedes Pallares) y el presidente de la Junta Local (Roberto Allidi) tenían como misión sazonar la pieza con color local, pero hablan sin parar y poco tienen que ver con una trama para párvulos.

No sabemos si el diluvio verbal que ahoga esta obra está en el libreto de Herrero o se han agregado frases y frases para esta ocasión; el efecto es una cháchara que persigue sin piedad al espectador.

Por el contrario, sabemos que es mérito del adaptador (cuyo nombre no menciona el programa) el traslado de la acción original, digamos, por ejemplo, de algún pueblo español como Santa Cruz de Covelo, en Orense a Tarariras, Colonia; lo que da por supuesto que el intelecto del público no da para comprender una obra no bien se sitúe en Buenos Aires, Atenas o Elsinor.

Delicias del color local y de la «identidad nacional»; o como se dice ahora en lenguaje culterano, de los «rasgos identitarios».

Franklin Rodríguez, cuyo talento, ay, es superior a todas sus empresas, compone su repetido personaje: locuaz, canchero, controversial. Tiene un público, que no se ha aburrido de ver siempre lo mismo.

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