ARTES VISUALES

El Museo Guggenheim con sucursal carioca

Nelson Di Maggio

Con dos sedes en Nueva York, una en el barrio Soho diseñada por el japonés Arata Isozake fue desplazada por el nuevo edificio que levantará el desconstruccionista Frank Gehry. Este arquitecto de origen canadiense, junto con el holandés Rem Koolhaas, se desplazó a la capital carioca para observar el lugar apropiado para el edificio en la ciudad maravillosa, teniendo en cuenta algunas ciudades alternativas, como Bahía o Recife para disminuir los gastos que demandan las megamuestras. Con la célebre sucursal de Bilbao (también de autoría de Gehry) y el sorprendente éxito turístico que dinamizó la ciudad vasca en un par de años, el Guggenheim, que ya tiene en Venecia y Berlín otros centros menos bullangueros que el español y más disfrutables por el contenido mismo que por la apariencia espectacular de la fachada, persigue una política cultural de captar audiencias masivas con exposiciones de fácil seducción (de motocicletas, para hombres, del modista Giorgio Armani, para mujeres).

El controvertido director Krens, con maniobras muy discutidas en la venta de cuadros del patrimonio museal y la adquisición de obras conceptuales a un coleccionista privado, sigue impertérrito en su cargo, indiferente a las observaciones de gente razonable. El pragmatismo típicamente estadounidense, apoyado en poderosos intereses empresariales, consiste en potenciar cada vez más las muestras temporarias que ponen en relieve la colección permanente. El aturdimiento plurisensorial, con los nuevos montajes y sistemas de iluminación y sonorización, han desplazado el recato, el silencio, la observación reflexiva y casi solitaria de antes. Pues esa presencia multitudinaria (con día, hora y tiempo marcados para cada exposición y venta anticipada de entradas costosas) donde los aspectos educativos y formativos se volatilizan. Aunque la didáctica no formal del museo poco puede contribuir si desde la escuela no se imparte la educación por el arte que, sabiamente, Jack Lang, ministro de Cultura francés, acaba de proponer como nuevo sistema educativo después de décadas orientadas hacia el cientificismo.

San Pablo no se queda atrás

La ciudad de San Pablo siempre disputó la primacía cultural con Rio de Janeiro. Si la capital carioca tiene sus bellezas naturales y museos importantes, los paulistas se atribuyen el prestigio de tener una bienal internacional que es considerada la tercera en importancia a nivel mundial luego de Venecia y Kassel. Entre postergaciones y barquinazos presupuestales resueltos a último momento, la bienal sigue adelante desde 1951 y es un centro insoslayable para la cultura latinoamericana. Pero además tiene el MASP (Museo de Arte de San Pablo), fundado en 1947 y en reformas desde 1997 que terminarán el próximo año, que inició una acción de diversificación de locales dentro de la ciudad. Dirigido por el arquitecto Julio Neves, inauguró hace pocos días el MASP Centro, en la hermosa Galería Prestes Maia de la década del treinta, para revitalizar una zona degradada, como la mayoría de las partes céntricas de las ciudades.

La estrategia marquetinera se extiende al MAC (Museo de Arte Contemporáneo), fundado por Francisco Matarazzo (el padre, un emigrante italiano que se convirtió en poderoso industrial, es mencionado en la telenovela Terra Nostra), un coleccionista que también creó la bienal, tiene un anexo en la Ciudad Universitaria y abrió un concurso internacional para arquitectos invitados de su nueva sede en el noroeste de San Pablo. Además está el MAM (Museo de Arte Moderno) con sede también en el Parque Ibirapuera y ya con cuatro sucursales, no de demasiada envergadura (Shopping Paulista, Higienópolis, Villa-Lobos y Nestlé). Con aprobaciones, rechazos y dudas acerca de esta multiplicación museal dentro de la ciudad, la dinámica ciudad se transforma en el ámbito de la cultura. Hoy se inaugura la megaexposición 50 años de TV y más en el Parque Ibirapuera, una gigantesca cúpula proyectada por Oscar Niemeyer, integrada por 118 proyectores de video, 82 servidores digitales, 86 televisores, ocho computadoras, 630 cajas de sonido y dos terabytes de memoria. En tetal un recorrido de medio siglo a través de la imagen televisiva brasileña. El quietismo montevideano demuestra que como Uruguay no hay.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje