El cine latinoamericano sigue firme
Una línea que cada vez toma mayor fuerza en el imaginario latinoamericano es el cine poético
En El baño del Papa reciente Premio Glauber Rocha, que auspicia Prensa Latina y otorga la prensa extranjera acreditada al festival de La Habana César Charlone y Enrique Fernández pugnan desde su modesta proposición por reinstalar la utopía en nuestras duras realidades.
Es el irrenunciable sueño -aun cuando se trate de una peregrina idea del protagonista que lo lleva, junto con sus vecinos de un pueblo del interior uruguayo, Melo, al más ridículo fracaso-, lo que permite a América Latina toda seguir en pie.
Bien se sabe que no basta una hermosa metáfora para generar un buen filme, pero ocurre que El baño del Papa sí lo es, con su progresiva evolución de la historia, su inteligente montaje que va combinando con cuidado los fragmentos del relato, su estudiado dramatismo en la fotografía, su notablemente conformada banda sonora, sus meritorias actuaciones, su difícil equilibrio tonal (el modo en que resuelve un punto medio entre el amargo humor y el drama casi trágico)…
Por otra parte, La luz silenciosa, del mexicano Carlos Reygadas, ha sido uno de esos títulos triunfadores en más de un certamen internacional (incluido el habanero). Sin embargo, la noticia, lejos de entusiasmar, preocupa, por cuanto se está entronizando peligrosamente una tendencia a confundir poesía con seudopoesía, recreación tropológica con viciosa autocomplacencia de la cámara.
El nuevo-nuevo cine argentino generó El otro, de Ariel Rotter, sobre un hombre común y corriente que, aburrido de su vida rutinaria, decide asumir nuevas identidades.
Notablemente diseñado el trabajo de la cámara, la iluminación y la planimetría, el habitual ejercicio des-narrativo de esta tendencia, con tanta fuerza en el cine de ese país, choca una vez más con uno de sus más habituales (y lamentables) resultados: demasiada envoltura formal para tan poco.
El tema, interesante, nadie lo duda, daba si acaso para un mediometraje, pero 83 minutos son demasiado para una historia que se consume en la primera media hora, y lo que se hace entonces es reiterar por gusto planos y situaciones. Julio Chávez (El custodio) compone sin esfuerzos un personaje lleno de dobleces, pero sin la riqueza de su anterior desempeño.
Mucho mejor en esta línea desnarrativa, resulta La novia errante, de la joven Ana Katz, quien se inserta dentro de esa recurrente línea del nuevo-nuevo cine argentino encaminada a radiografiar la cotidianidad, esas circunstancias comunes y corrientes en las que, frecuentemente, apenas se repara.
Tras una discusión, los integrantes de una pareja toman rumbos diferentes y aún cuando habían planeado pasar juntos unas vacaciones en un balneario del interior, sólo ella viaja.
Sus constantes llamadas al novio, que se quedó en Buenos Aires, las gentes que conoce, la manera en que enfrenta la problemática de una inminente ruptura, constituyen la médula de esta cinta que concentra de modo acertado el sujeto y focaliza con tino las circunstancias aparentemente insignificantes que ocurren.
La verdadera poesía
La verdadera poesía no se fuerza, sino que surge espontánea. Es apreciable en el filme brasileño El año que mis padres salieron de vacaciones, de Cao Hamburger, que representa a su país en la lucha por una candidatura al Oscar al mejor filme extranjero.
El proceso de inserción de un niño en un ambiente extraño (un barrio judío y de otras etnias en Río de Janeiro) cuando, en los años 70, sus progenitores son detenidos por la dictadura, es apresado y transmitido por la cámara con sutileza y elegancia. Apoyado en un cuidadoso montaje y una fotografía en blanco y negro que comunica a la perfección los estados anímicos y ambientes, el filme erige la metáfora del fútbol como pasión nacional enarbolada por los militares para distraer al pueblo de la tragedia de violencia y desaparecidos.
Sin salir de ese país verde-amarillo, los jóvenes siguen sorprendiendo gratamente. En A casa de Alice (Brasil, Chico Teixeira) se examina con rigor y profundidad la cotidianidad de una familia clase media baja en São Paulo, y también en otros puntos del subcontinente.
En XXY, la argentina Lucía Puenzo, se acerca a Alex, adolescente hermafrodita (sujeto ignorado por el cine) pero no se limita a ella, también lo hace (aunque sin suficiente profundidad y rigor) a quienes le rodean y padecen otros conflictos no menos agudos.
OTRO FILME DESTACADO
Otra de las películas latinoamericanas que se destacó durante el pasado 2007, según la opinión de Frank Padrón, fue Cobrador: In god we trust (Cobrador, en Dios confiamos) del realizador mexicano Paul Leduc (el mismo de Frida, naturaleza viva). Se trata de uno de esos títulos que insiste en plasmar uno de los males que carcomen no ya sólo a América Latina sino al mundo entero: la violencia. La película marca el regreso del director mexicano a las andadas fílmicas luego de diecisiete años sin filmar.
Parte de varios relatos del prestigioso narrador brasileño Rubem Fonseca para entrelazar historias que ocurren en diversos lugares del planeta, sobre todo de América Latina, Buenos Aires, el distrito federal mexicano, Río de Janeiro y Nueva York, son las grandes metrópolis donde un joven negro, un sesentón blanco y una atractiva fotógrafa protagonizan personajes diversos que realizan otras tantas acciones.
Esta denuncia sobre la violencia cotidiana personal, social, política o todas al mismo tiempo encuentra en el nuevo filme del también realizador de Latino Bar una deslumbrante puesta en escena.
Aun con la precariedad económica de los cineastas, la falta de oportunidades en las salas de exhibición incluso de sus propios países, aunque en la actualidad nuevas leyes proteccionistas están abriendo las oportunidades, y en medio de la invasión hegemónica de las producciones provenientes de los Estados Unidos, según Frank Padrón, el cine latinoamericano sigue su indetenible rumbo, con sus tropiezos y errores y sus victorias que no se pueden solayar y que nadie le puede quitar, el año que finalizó es testigo de lo anterior.
El realismo de las historias, el logrado clima de suspenso, la coherencia entre los aparentemente irrelacionados casos, son otros de sus méritos.
Méritos de una cinematografía ecléctica que busca lograr su lugar en el mundo, un sitio que ya parece haber alcanzado, concluye Frank Padrón.
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