Sin "spa", sin violencia doméstica… ¿y el arte?
Spa d’Arte muestra dedicación, y ese difícil propósito de realizar el arte del teatro. Pero nos preguntamos cuál es la idea que tienen del teatro estos jóvenes laboriosos. Desconcierta el título: «Spa d’Arte», forzado juego de palabras que pronto se revela como «Es pa’ darte» o sea «Es para darte» lo que entendemos se vincula, tal vez, a la violencia doméstica, pero no a ningún «spa».
«Violencia doméstica» que es el tema que la pieza anuncia, a través de una disertación del comienzo que se repite al final. El autor nos informa sobre algunos aspectos jurídicos del tema. No nuevo en nuestra dramaturgia: baste recordar «Los muertos» de Florencio Sánchez, obra que erróneamente se vincula con el alcoholismo; pero esta obra de Javier Estévez no sólo no adelanta en relación a su ilustre antecesor sino que, paradojalmente, apenas trata de «violencia doméstica» y sí de los usuales sinsabores (alguno imaginario) que padecen rutinariamente nuestras familias.
No hubo lo que esperamos, una visión del autoritarismo familiar del Uruguay de hoy, con sus muertes y sus horas de terror entre cuatro paredes. Las historias no lograron interesarnos: sólo pudimos ver el conocimiento, no de lo que ocurre a tres cuadras de donde vivimos, sino de artefactos formales, «tecniquerías, los llamaba Unamuno, como plantar a todos los personajes frente al publico y hacerlos contar sus historias, casi sin mirarse entre sí; en el estilo de «El ansia» de Sarah Kane. Historias cuya historia, la razón por la que llegaron a las tablas, es imposible de adivinar. No hay emoción, ni compromiso, ni personajes que parezcan auténticos, ni trechos reveladores, ni un fragmento feliz. Un teatro de monólogos, donde si algo inquietante muestra no es la casi ausente «violencia doméstica», sino ese privilegiar lo formal en menoscabo de lo real. No son los grandes temas de la sociedad los que hacen el arte, que suele emplear materiales humildes a los que el artista transforma en faros que iluminan verdades ocultas. No son grandes palabras lo que esperamos de un dramaturgo. No esperamos de él una forma de superar la violencia doméstica, como tampoco esperamos que ofrezca soluciones para la pobreza o la marginación. Pero aunque la realidad no es arte, debe mantener con el arte cierta tensión. Esperamos del dramaturgo algo nuevo, algo personal: algo que sólo ese artista puede darnos, muy distinto de los editoriales de los diarios, de los partes policiales y de los informativos de la televisión.
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