El cine europeo, Clint Eastwood y "El baño del Papa" entre lo mejor de 2007
Como todo balance, el análisis de los mejores filmes proyectados durante la actual temporada cinematográfica siempre resulta arbitrario, discutible y susceptible de coincidencias y discrepancias.
Obviamente, nos remitiremos a repasar parte de los títulos reseñados en esta sección cultural que, a nuestro juicio, resultaron los más destacados del año, sin reparar en si fueron o no un éxito de taquilla.
Al igual que la mayoría de los miembros de la Asociación de Críticos de Cine que votaron la semana pasada, en nuestra opinión «Cartas de Iwo Jima», del talentoso realizador norteamericano Clint Eastwood, fue el mejor título exhibido durante la temporada 2007.
Sin el relumbrón de obras precedentes del aclamado director y virtualmente ignorada por la Academia de Hollywood, esta estupenda película es una auténtica lección de cine de alta factura artística.
Segunda parte del tríptico iniciado con «La conquista del honor», esta historia que es bastante más intimista que la anterior otorga voz y rostro a algunos de los 20.000 soldados japoneses que se inmolaron en las trincheras de Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial.
La mayor virtud de la obra es su extrema sobriedad, que desestima los aspectos más escabrosos del genocidio, sin minimizar los decibeles dramáticos de lo sucedido.
Trabajando sobre un texto de la guionista nipo-norteamericana Iris Yamashita, Eastwood exhibe su indudable sabiduría, al construir un paisaje que mixtura las insulares bellezas naturales con una agobiante desolación.
El filme interpela al pasado, logrando trasmitir todo el miedo experimentado por un grupo de hombres que jamás renunció a la esperanza de vivir y emerger de la apocalíptica pesadilla de una guerra no deseada.
Al igual que «En la conquista del honor», tampoco en «Cartas de Iwo Jima» hay héroes de estatura mitológica, como suele suceder en el cine bélico comercial de la mejor tradición hollywoodense.
En este caso, todos los personajes del relato son víctimas de una despiadada ecuación de causalidad y su único acto de heroísmo es sobrevivir.
Este filme es un removedor alegato antibelicista, que ensaya una aguda y sensible mirada sobre la condición humana.
Tras el histórico éxito de la inolvidable «Whisky», «El baño del Papa» se posicionó este año como el gran crédito del cine uruguayo, batiendo el récord de concurrencia en el mercado local.
Desde su exhibición y presentación en la escena internacional, la estupenda película de César Charlone y Enrique Fernández no ha cesado de cosechar premios y reconocimientos en exigentes muestras cinematográficas extranjeras.
Como se sabe, la historia evoca la gran frustración experimentada por los melenses durante la visita del papa Juan Pablo II a Cerro Largo.
El título del filme alude obviamente a la quijotesca idea del protagonista, quien construye un baño para atender los servicios de los miles de fieles que se aguardaba vendrían a Melo para venerar al pontífice.
El propósito de cobrar por el uso del baño se transforma en una terrible frustración, por el escaso tiempo de permanencia del visitante y el reducido núcleo de turistas que llegó hasta el lugar. Otro tanto sucedió con los lugareños, que también experimentaron la misma sensación de desencanto.
La historia, que está estupendamente fotografiada y tiene abundantes momentos de humor, es un explícito cuadro costumbrista, que expone con frontalidad y crudeza la dramática lucha por la supervivencia de algunos marginados habitantes del denominado Uruguay profundo.
Por su parte, «La cáscara», de Carlos Ameglio, se desmarca claramente de la habitual identidad localista del cine nacional, al narrar las peripecias de un creativo publicitario carente de talento que pretende apropiarse de las ideas de un amigo muerto.
La película, que apela con frecuencia a la ironía de trazo sardónico, reflexiona en torno al universo de las apariencias, los delirios arribistas y hasta el tema de la marginalidad social.
Aunque el cine uruguayo dista aún de adquirir el rango de industria, su indudable calidad artística sigue siendo reconocida internacionalmente, particularmente en aquellos mercados más exigentes que habitualmente ponderan los valores sustanciales más allá de efectismos y logros meramente formales.
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