Teatro. "El orgasmo de María", de Andrés Caro Berta, en la Sala Blanca Podestá del teatro de Agadu

Novedades: Jesucristo era uruguayo

María es una joven del Interior que fue empleada doméstica de una familia rica de Carrasco y luego obrera de una fábrica. La obra comienza tiempo después, en la pieza de pensión donde ella vive. En la semioscuridad, María está en una gemida sesión de autoerotismo (por momentos creímos que lloraba).

De inmediato, comienza a contar su triste historia a su confidente, una Virgen María de cerámica que tiene en su mesa de luz. La acción ocurre hoy, no en el siglo XIX; pero hay que creer que María era virgen hasta que el patrón de la familia rica de Carrasco le propuso (o mejor dispuso) iniciar en el sexo a un hijo adolescente. ¿Una virgen para «iniciar» a otro virgen? Ella (el proletariado está sometido) acepta sin chistar y aun recibe un precio en dinero. Pero hete aquí que en el encuentro sexual entre los dos vírgenes la sangre del himen rasgado mancha hasta el colchón del lecho de los dueños de casa. El joven iniciado se espanta, nunca sabremos por qué y maltrata a María; los padres la despiden, no por el infausto encuentro, sino por las manchas. La conclusión a que debe llegar el espectador, si cree en esta historia, es que en el mundo del autor todos los ricos son malos y compran todo con dinero; pero también debe creer que las muchachas pobres suelen venderse de buenas a primeras y que los jóvenes ricos son groseros. Ni Serafín J. García en sus peores momentos simplificó tanto. En cuanto a las vapuleadas domésticas, cabe recordar que no ya a Flaubert, sino el niño bien Marcel Proust supo verlas y quererlas, al punto que se le deben las dos sirvientas más inolvidables de la literatura, la inmortal Françoise y Céleste Albaret.

Como el lector habrá comprendido, la trama no sobrepasa los lugares comunes y los personajes convencionales. Suenan a falso, también, el fementido seductor, en realidad tratante de blancas, con quien María tiene un hijo y el nebuloso Carlos, una siempre posible aventura de la próxima discoteca. Pero es en el desenlace donde el autor supera todos sus despropósitos. María se acuesta, duerme, suena el despertador, se levanta; con una sábana se cubre la cabeza, como la Virgen; tiene un rosario o una cruz entre sus manos. La voz en off de Alvaro Armand Ugon nos dice que María, la misma del gigoló, de la casa en Carrasco, de la fábrica y de las discotecas, con el tiempo conoció a un hombre mayor, un carpintero llamado José, con quien tuvo un hijo llamado Jesús. La misma voz en off nos informa, de inmediato y sin vacilar ¡que el resto de la historia nos es conocido! Ni siquiera los primeros panfletos anticristianos llegaron a tanto. ¡Arriba corazones orientales! ¡Jesucristo era uruguayo! Eso sí, Andrés Caro Berta ha desenmascarado a la Virgen María. No tenía familia ni era de la casa de David. Tenía su kilometraje.

La actriz Mariana Pagani, a quien vimos anteriormente en «Arpías» de Mazza y Zagia, compone el personaje con naturalidad, buena dicción, mesura en los gestos. Es lo mejor, dentro de lo imposible.

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