El filósofo de la danza

Béjart, francés de nacimiento, se llamaba en realidad «Bergere», que significa «pastor», nombre muy adecuado, porque se lo puede considerar como al amoroso cuidador de la troupe de bailarines que tenía a su cargo. Fundó su compañía de cincuenta bailarines en 1959 a los 32, convirtiéndose en una fuerza creadora muy controvertida en Europa. Mientras que grandes cantidades de jóvenes sensibles adoraban literalmente sus obras por sus temas místicos y diseños teatrales innovadores, al mismo tiempo fue criticado por las mismas razones.

La bailarina Suzanne Farrell, quien trabajó para él, lo describe como un hombre de modales impecables, que impresionaba físicamente por su energía y su presencia avasalladora, en la que destacaban sus grandes y expresivos ojos celestes. Bèjart tenía una gran pasión por su trabajo. No intentaba cambiar a sus bailarines, sino que explotaba lo mejor de ellos en sus coreografías.

Es difícil en estos momentos recordar todas sus obras, pero vale nombrar y describir algunos íconos. Por ejemplo «Messe pour le Temps Présent» (Misa para un tiempo presente) tenía por objeto presentar al mundo tal cual se encontraba en ese momento (años 70): gente leyendo el diario, luego un encuentro en una discoteca y un lento «pas de deux» sobre una plataforma representando el amor puro. No había música, solamente un poema recitado en francés como fondo. En la escena final todos los bailarines aparecían en el escenario moviendo luces de sirenas rojas, que luego colocaban en el piso mientras se dejaba de escuchar el texto y los bailarines abandonaban la escena, dejando a los espectadores solamente con las luces centelleantes. Tampoco había saludo final.

Dentro de sus obras más conocidas podemos citar su «Boléro» y «La consagración de la primavera». El «Boléro» es, en esencia, un gran solo para bailarín o bailarina indistintamente, quien danza sobre una gran mesa rodeada de veinte bailarines que también se mueven al ritmo de la música hipnótica de Ravel. Es un ballet muy difícil de aprender, tanto que la misma Maya Plitseskaya cuenta que el coreógrafo debía ayudarla desde bambalinas «dictándole» (por así decirlo), los movimientos que debía ejecutar. Entre sus ejecutantes más notables podemos citar a Suzanne Farrell, Maya Plitseskaya y Jorge Donn, este último argentino de nacimiento quien había sido descubierto a los 15 años, y quien fue el protegido de Bèjart por mucho tiempo. «La consagración de la primavera», basada en la famosa partitura de Stravinsky, representa un rito de la Rusia pagana sobre la llegada de la primavera. Esta pieza constituye un verdadero «tour de force», con sus movimientos rítmicos y pulsantes, y la culminación con una pareja elevada por el cuerpo de baile mientras se unen en el sublime acto del amor. El primer coreógrafo en utilizar esta partitura fue Vaslav Nijinsky, quien la estrenó en París bajo un estruendo desaprobador del público (Nijinsky tuvo que gritar sus instrucciones a los bailarines, ya que ellos no podían escuchar la música debido al bullicio de la sala).

La obra de Béjart goza de una gran creatividad y su aporte mayor pasa por haberse atrevido a desafiar con su arte paradigmas imperantes en el mundo de la danza.

El mundo de la danza se acongoja hoy ante su desaparición física. Se nos ha ido el cuerpo, pero ha quedado latente su espíritu a través de una sinfonía de obras coreográficas que danzarán eternamente en el devenir histórico, para fortuna de la danza en la humanidad. *

 

(*) Columnista invitada.

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