Gurvich en Nueva York
La repentina muerte joven de José Gurvich (1927-74), a los 47 años, no le impidió dejar un legado artistico importante y original. De origen judío, nacido en Lituania, vino con su familia en 1932, se instaló en el Barrio Sur, estudió en le Escuela Nacional de Bellas Artes, siguió cursos de música y violín en el Conservatorio, conoció a Joaqun Torres Gracía en 1944 y de allí en adelante confirmó su vocación artística. Participó en numerosas muestras colectivas del Taller y varias individuales, viajó a Israel en varias oportunidades, permaneciendo largo tiempo, luego Europa hurgando en los museos el arte de todos los tiempos, con especial detención en Bosch y Brueghel que impulsarán su imaginación, alejándose del rigor constructivo del maestro. Es a partir de entonces que su personalidad se afirma hasta crear un mundo propio, identificable. Los últimos cuatro años de su vida transcurrieron en Nueva York, entre 1971 y 1974. Una ciudad difícil, en un momento de plena efervescencia de las corrientes innovadoras (el pop, el op, el conceptualismo, los happenings y performances), con una furiosa dinámica comercial que parecía avasallar cualquier individualidad que no encajara en sus parámetros establecidos.
A Gurvich le costó la adaptación y aunque acompañado de su mujer e hijo, la soledad, la incomunicación (no sabía inglés) lo hostigaron en los primeros tiempos. El coraje y la determinación de seguir adelante, venciendo limitaciones, se impusieron. En sus libretas de apuntes, recorriendo el barrio y la ciudad, fue registrando las diversas instancias de su apropiación territorial. Dibujos y acuarelas figurativos, señoras y señores, calles y plazas, comercios y rascacielos, rincones descubiertos, más naturalistas algunos, más complejamente construidos otros, incorporando a la realidad visible historietas cómicas, propias de la estética dominante. Esas hojas, desprendidas de la libreta, debidamente enmarcadas, se exhiben por primera vez en el Museo Gurvich y testimonian la fecundidad creativa superando desencuentros varios, objetivos y subjetivos. Al mismo tiempo, fue elaborando diversidad de técnicas (dibujo, témperas, óleos, grabado, colages, cerámica) proyectos de monumentos y concreción de imágenes, vinculadas al mágico surrealismo de Max Ernst, aquí más evidentes que en otras oportunidades y la suave resonancia chagalliana y kleeiana, sin abdicar del toque personalísimo que lo caracterizó y lo identifica. Hombre señal, minióleo sobre tela, de 15.5 x 10 cm, es una joyita de la exposición. Y en particular hay que observar el sesgo erótico que impuso a las cerámicas y sus bocetos.
Se editó un importante catálogo bilingüe de 225 páginas y numerosas reproducciones, incluyendo textos de Martín Gurvich, Mary Schneider Enríquez, el recuerdo afectivo de Totó Gurvich y reflexiones y pensamientos poéticos de Gurvich. La curadoría petenece a Julia Añorga de Gurvich y el montaje, de Julio Mancebo, demasiado abigarrado y convencional. *
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