Su pequeña eternidad
La talentosa escritora uruguaya Teresa Porzekanski ha publicado, hasta el momento, siete colecciones de cuentos, siete novelas y dos libros de poesía.
De su extensa producción cabe destacar, particularmente, «El acertijo y otros cuentos» (1970), «Intacto el corazón» (1976), «Invención de los soles» (1981), «Ciudad impune» (1986), «Perfumes de Cartago» (1994), «Una novela erótica» (1986), «Felicidades fugaces» (2002) y «Palabra líquida» (2006).
Algunos de sus textos integran diversas antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos a varios idiomas, como portugués, francés, inglés, alemán, rumano, búlgaro y húngaro.
Entre otros galardones, ha recibido reconocimientos del Ministerio de Educación y Cultura, (1967, 1976, 1995), Intendencia Municipal de Montevideo (1986), Fundación Guggenheim (1992) y el Premio de la Crítica Bartolomé Hidalgo (1995).
«Su pequeña eternidad», que es la última novela de la lúcida escritora uruguaya, conforma un hábil entramado de personajes desencantados, cuyas historias, si bien se desarrollan en Uruguay, podrían ambientarse en casi cualquier parte del mundo.
Una de las principales habilidades de Porzecanski, por encima de otras, es otorgar vida propia a los personajes, saber conocerlos, dejarlos respirar y hablar.
Aunque el relato no tiene un protagonista concreto, entre los personajes en torno a los cuales se vertebra la historia sobresalen la señora Espinoza y el Rabino Bajarlía.
La autora nos introduce en la narración a través de una carta recibida por el rabino, en la cual la señora Espinoza le solicita auxilio espiritual.
El religioso, autoproclamado profeta, es un personaje complejo y denso en su psicología, como suele suceder con los seres que pululan en las narraciones de Porzecanski. Se declara un elegido, pero no usa su supuesto don para la gloria o el enriquecimiento personal, sino para consagrar su vida a ayudar a los demás a conectarse con la divinidad, con lo cual reproduce su supuesta experiencia propia.
Más allá de lo divergente de las historias que se entrecruzan en la novela, muchas veces sin vincularse en forma explícita, puede establecerse un tema medular, un rasgo común que las unifica: la búsqueda.
Tanto el Rabino Bajarlía como la señora Espinoza y Mario, un escritor de ciencia ficción totalmente alienado por los universos cósmicos que imagina, se encuentran en plena búsqueda de algo que, en muchos casos, no saben cómo definir, pero cuya urgencia, por momentos, parece consumirlos.
La señora Espinoza está hastiada de la longevidad y las enfermedades de su progenitora, al extremo de implorar por su muerte. Al poco tiempo, un cúmulo de circunstancias cotidianas conducen al tan anhelado deceso.
Aunque ello genera en ella un sentimiento de culpa, coadyuva a un replanteamiento de su vida, terriblemente devaluada por los caprichos seniles de la anciana.
Al quedarse sola, comienza a conocerse y a sentir la necesidad de encontrar un camino propio, una existencia basada en sus propios deseos y necesidades.
El rabino también busca en la ayuda a los demás, esa respuesta que, aunque crea haber hallado, lo condena recurrentemente a la incertidumbre.
También el escritor, que utiliza su imaginación como una técnica de evasión, emprende su propia búsqueda de aquellas claves que le son inalcanzables en la realidad.
Porzekanski logra dotar a sus personajes de una voz personal y profunda, al tiempo que desarrolla una narración atrapante, valiéndose de una prosa cuidada, personal y generadora de potentes imágenes literarias. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad