Una mujer de dos mundos

El director francés Alain Berliner, fue conocido por Ma vie en rose (Mi vida en rosa) premiado con el Globo de Oro por la crítica norteamericana como mejor película extranjera de 1998.

Esa película era sobre un niño que creía ser una niña. Pasiones ocultas, sobre una mujer que cuando duerme despierta en otro lado y al final no sabe cuál es el sueño.

La idea, que viene de viejas parábolas taoístas adaptadas una y otra vez, no es mala. Pero la película sí.

Los pasajes entre un pueblo francés y Nueva York, donde viven ambas encarnaciones de la protagonista, Marty y Marie, se van volviendo aburridos, porque el único interés es la explicación de esa doble personalidad, que sabemos que no nos será dicha hasta el final.

Los enamoramientos paralelos con hombres que reaccionan en forma infantil, no llegan a tener interés, porque debieron ser abreviados y no se nos explican por una necesidad interna de los personajes, sino por razones de simetría. Sus diálogos, tienen frases como «temí que si te dormías yo desaparecería». Y allí se nos tiene, yendo de un continente a otro, una y otra vez.

Demi Moore no es la ductilidad misma, pero ha tenido actuaciones más ajustadas. Aquí es el sostén de la película, pero no llega a diferenciar ambas personalidades ni convencernos de nada.

El esperado final llega de la peor manera. Una película fantástica merecía un final ingenioso, o audaz, o al menos sorprendente. Pero el guionista, Ronald Bass, creyó necesaria una explicación realista. Recurre entonces al psicoanálisis más caricaturesco y, pese a la intervención de dos psicoanalistas (uno en cada país), la doble mujer «cura» por propia decisión. Y, luego de que un personaje grita la explicación, la película cree necesario seguir y seguir, mostrando justo allí imágenes «fantásticas» propias de las vanguardias de hace medio siglo. Y seguir, y seguir un poquito más.

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