"El cartero", dirigida por Hugo Arana

Ardiente paciencia

Aquí tenemos tres innovaciones en relación a aquellos antecedentes, para las cuales parece que los responsables de este El cartero debieron trasladarse a Isla Negra, Chile (no a «la» Isla Negra, como dicen erróneamente en la pieza).

La primera innovación es de efecto cómico, y sorprendentemente denigratoria de la poesía de Neruda, cuando la madre de Beatriz González (Alejandra da Passano) escupe los inolvidables versos de Farewell para estigmatizar los avances amorosos del cartero; la segunda es esa escena erótica, tan, pero tan poética (a contraluz el profundo mar azul; luz de luna; música), en que los dos jovencitos, monísimos ellos (Gabriela Sari y Nicolás Cabre), elegidos para sus papeles, sin la menor duda, exclusivamente por sus cuerpos, se desnudan (desnudos «necesarios», por supuesto) para realizar un ballet amatorio, más afín a las danzas nupciales de algunos insectos que a la forma en que los humanos hacen el amor, para lo cual se empleó a una coreógrafa (Doris Petroni) y a un notable iluminador (Jorge Pastorino).

La tercera innovación es la más penosa. En la versión cinematográfica y en la teatral de Freire el cartero es un hombre simple, pero puro de corazón, digno de ver a Dios; aquí es simplemente un pelmazo. Las versiones previas destacaban el único hallazgo de Skármeta: la comunión a través del arte, de un intelectual bon viveur y un hombre común, que descubre, desde su inocencia pero gracias a su maestro, el mundo de la poesía.

Con un hombre simple es bueno tratar, pero de los pelmas hay que huir, recurso supremo al que hubiera recurrido este espectador de no ser crítico de teatro.

Hugo Arana dirige la obra con buena elección de técnicos (escenografía y vestuario de María Julia Bertotto). Abusa de los tiempos muertos, o sea de retener la retención de la acción mientras se pueda, astucia que conforme a los supuestos que gobiernan al teleteatro argentino debe causar sensación de hondura, expectativa y hasta suspenso, pero que en la realidad aburre y hasta exaspera al público; tolera o exige a Nicolás Cabre que tartamudee antes de cada palabra lo que en teoría debemos percibir como natural y encantador pero que en los hechos resulta intolerable; creemos que el actor llega a gesticular en tartamudo. Darío Grandinetti, por fin, cuyas cualidades de actor no están en discusión, está un tanto apático en un Pablo Neruda. difícil de reconocer.

El cartero, sobre la obra «Ardiente paciencia», de Antonio Skármeta, con Darío Grandinetti, Nicolás Cabre, Gabriela Sari, Alejandra Da Passano, Daniel Coelho y Sergio Liera. Escenografía y vestuario de María Julia Bertotto, iluminación de Jorge Pastorino, coreografía de Doris Petroni, dirección de Hugo Arana. En Teatro del Círculo.

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