Jazz maduro, soberbio y masculino
En lo que constituyó la primera fecha del Jazz Tour dedicada a los exponentes locales del género, desde las 20.30 horas del jueves pasado desfilaron por el escenario del Solís las bandas más longevas de Uruguay. Orquestas con un promedio de veinte años de trayectoria que, unidas al público mayoritario reunido allí esa noche, conformaban un paisaje señorial de cabellos canos. Actuaron en orden cronológico, de acuerdo con el repertorio. Abrió el fuego la Mississippi Jazz Band haciendo dixieland, con conformación típica de banjo (Wilson Rodríguez), clarinete (Gisella Hernández), trombón (Martín Morón), tuba (Javier Martirena), trompeta (Javier Olivera) y percusión (Marcelo Pérez).
Siguió la Memphis Jazz Band, con Rodolfo Schuster en trompeta y dirección, Nelson Varela en saxo soprano, Daniel Damiano en piano, Christian López en baby bass, Rodrigo de la Cruz en batería y Esteban Montaño en voz. Hay que decir que este último es quizá el único vocalista masculino de jazz del país, se ha integrado hace cerca de un año a la Memphis, lo cual resulta un acierto. Dotado de un dominio interesante de los recursos para manejarse en este género, Montaño puede ser justamente piropeado como «Frank Sinatra o Jamie Callum vernáculo». Lástima que el sonido no lo honró: se oyó mal amplificado y ecualizado, tapado por viento, piano y batería, al igual que los restantes vocalistas de la noche.
A la Memphis siguió la Biarritz Jazz Band, con Daniel Abend (piano), Rodolfo Lluveras (contrabajo), Wilson Rodríguez (banjo), Hernán Rodríguez (batería), Nelson Varela y Raul Lema (saxos), Javier Olivera y Oscar Colombo (trompetas), Juan Carlos Rodríguez (trombón, dirección y arreglos) y la segunda vocalista de la noche: Carmen Ballestie. Tampoco a esta exponente del jazz se la pudo escuchar: no sólo no recibió el destaque merecido y típico del jazz que permitiera escuchar la voz recortada por encima de los vientos y beats, sino que fue tratada peor que un instrumento más de la orquesta.
Vale decir que tampoco los bajos y contrabajos fueron escuchados como merecen (¡y cómo los tocaron!), y había una falta de cuerpo, definición y saturación imperdonables.
Una noche larga
Tras un intermezzo, sobrevino la segunda parte de un show que ya pasada la medianoche, se auguraba largo, con artistas que tocaron demasiado (para la cantidad que eran), y cansador aún para los más acérrimos cultores del género que se habían acercado al Solís. El Hot Club de Montevideo marcó un quiebre de repertorio, estilo y también de virtuosismo que la primera parte. Arrancó el Montevideo Swing, integrado por Rolo Suzacq, pianista carismático de uno de los dos line ups estables del Hot, junto a Domingo Roverano (batería) y dos jóvenes incorporaciones: Nicolás Rodrigo (bajo) y Daniel Rodons (guitarra), este último de un buen gusto a mencionar. Estuvo como invitado el saxofonista Daniel Escanellas: una delicia. Ante la contundencia expresiva de esta conformación en versiones de vals y baladas que incluyeron una soberbia ‘My funny valentine’, surge una pregunta: ¿por qué ese apego irrestricto a lo instrumental? Es decir: el jazz más clásico consta de canciones, con letra y música. ¿Por qué dejar de lado la letra? ‘My funny Valentine’ es parte de un musical, cuenta una historia que merece ser contada. A la exquisita versión de Suzacq, le hubiera aportado belleza ser cantada un mínimo de compases que le permitieran ser parte (no necesariamente protagonista) de la versión.
La segunda conformación del Hot, con Ricardo León en piano, Julio Guglielmi en batería, Alvaro Paciello en bajo, Gustavo Villalba en saxo y Fernando Labrada en guitarra desplegó un jazz con momento de aproximaciones latinas, y algún requiebro que coqueteó con el rock.
El resto del concierto deparó momentos atendibles. Un exquisito Diego Goldztein marcó la noche desde el piano. Federico García Vigil sorprendió desde el contrabajo (a quienes lo asocian con la Filarmónica, pese a que integró varios tríos de jazz ). Osvaldo Fattorusso, como suele, demostró un dominio único de la batería. Maximiliano Nathan dejó a todos boquiabiertos con su habitual encare juvenil del vibráfono, instrumento que alegremente domina.
Capítulo aparte merece María Noel Taranto, invitada inmerecidamente colateral. Esta gran cantante desgranó la balada In a Sentimental Mood y un blues en el que sencillamente se transportó a su cuna emotiva: afro, herida, valiente y melancólica. La Taranto fue tan maltratada como el resto de los vocalistas de la noche, y más: no hubo plomo de escenario que la ayudara con su cable, enroscado en la jirafa, que le impidió desplazarse por el escenario y conminó a un rincón. Tan solo un signo del lugar que (no) se le da en el ambiente del jazz local a la voz; un instrumento subestimado, cuerdas (¡sí, lo son!) que en las épocas de las big bands encabezaban cualquier orquesta, y hoy se excluyen, apenas se «invitan» o directamente se tapan por el sonido. Por alguna (sin) razón, el circuito sencillamente renuncia a las letras de un género que nació como, y sigue consistiendo básicamente en, canciones, que cuentan historias.
La sensación o reflexión, es que los más de 50 músicos en escena de este Jazz Tour uruguayo resultan desproporcionados tanto en promedio de edad (alto) como en género, para la cantidad de músicos jóvenes y de mujeres talentosas que integran el circuito. Desde el Cuarteto de Carmen Pi, a la saxofonista Alejandra Genta, la cantante Luisa Pereira y tantas otras músicas valiosas merecían un lugar allí. ¿Por qué será que no las invitan? *
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