El misterioso universo de los isleños
Posteriormente Perrotta hizo «Quemadura china», una obra de no menor calidad pero un tanto más críptica; ahora, en colaboración con Pablo Albertoni, esta «Harold y Bety» nos sume en perplejidades que no hemos podido resolver.
«¿Qué pasó con b.n.?» parecía por momentos frívola, pero se revelaba trágica; «Quemadura china», era seria, aunque compleja; «Harold y Bety» se presenta frívola, pero al fin es algo un poco peor: pura veleidad, una veleidad casi infantil. Oigamos, si no, a los autores. Definen a la obra como «absurdo melodrama isleño» y sintetizan el argumento en este estilo y con esta sintaxis:
«Harold y Bety, sirvientes ingleses del siglo XIX, viajaban con Sir Towsend y el Sr. Sullivan cuando el Queen Mary Anne II zozobró. Harold y Bety son los únicos sobrevivientes de este naufragio y deben compartir la isla y lo poco que les devolvió el mar por el resto de sus vidas. No se rindieron fácilmente y entablaron una profunda amistad, se podría decir que se enamoraron… Conocieron otras formas de vida y se hicieron amigos de un casal de pavos isleños. Con los años llegó el teatro y el escenario isleño, un lugar donde poder representar sus dramas isleños, que hablan de su pasión isleña». En efecto, en la obra sobreviene un momento, que debemos llamar «isleño», donde todo goza de este adjetivo; con la consecuencia, saturados nuestros oídos, de que «isleño» deja inmediatamente de tener significado para reducirse a percusión.
La obra ha sido puesta en escena con gran cuidado; la actuación, si se logra abstraerla del libreto que deben decir los actores, es muy buena; el movimiento escénico tiene algo de ballet (asesoramiento de Carolina Besuievsky); el estado atlético y las facultades acrobáticas de Albertoni superan ampliamente las marcas medias de nuestros intérpretes. Pero todo este mérito, toda esta aplicación, funciona en el vacío, porque no hay obra. Los autores han recurrido tan insistentemente a la contradicción y al absurdo, que han adelgazado la posible humanidad de los personajes hasta hacerlos caricaturas, seres de historieta o meros fantasmas, ingrávidos, vaporosos como ectoplasmas. Es tal la distancia entre autores y personajes, tan remota la inevitable conexión de Harold y Bety con Perrota y Albertoni, que el efecto en el espectador es paradójico: se siente como que la pieza no ha terminado de empezar, y que, pese a todo, no se nos ha comunicado nada. *
HAROLD Y BETY, de Pablo Albertoni y Verónica Perrotta, con Verónica Perrotta y Pablo Albertoni. Escenografía de Roberto Cancro, vestuario de Victoria Esquivel, música de Maximiliano Silveira y Pablo Notaro, iluminación de Martín Zeta, movimiento de Carolina Besuievsky, dirección de Ramiro Perdomo. En El Galpón, sala Atahualpa.
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