Del museo a las subastas
Es que no hay en el país un centro de investigación del arte uruguayo, como sí lo hay de investigaciones literarias. Los museos son deficientes en su acervo, no tienen presupuesto para adquirir obras de manera regular y periódica y, por lo tanto, no se renuevan y al Estado no le interesa proporcionar los recursos indispensables para completar la colección y actualizarla. No bastan las exposiciones temporarias, siempre condicionadas al dictado de intereses personales o económicos y no a una planificación y un estudio rigurosos. De ahí derivan el escaso atractivo de las salas oficiales que, como las del Museo Histórico, agonizan en el inmovilismo. Tampoco las escasas colecciones privadas renuevan su elenco. Un desamparo total.
Lo curioso es el desplazamiento ocurrido en estas últimas semanas. Las casas de subasta presentaron novedades de una insólita calidad histórica y de enorme envergadura creadora. De repente, la audacia se instaló fuera de los lugares institucionalizados.
Bavastro e hijos presentó una impactante exposición (la palabra es ajustada) de una treintena de trabajos de Manuel Espínola Gómez. En los libros y catálogos publicados sobre este artista, no figuran comentados (a excepción de una breve referencia) ni tampoco repoducciones fotográficas.
Dibujos y pinturas fechados entre 1949 y 1961, inéditos, desconocidos. Hasta es posible que el propio Espínola Gómez, en las amplias entrevistas que concedió a Jorge Abbondanza y Alicia Haber, haya olvidado la existencia de su propia obra, adquirida por un coleccionista en tiempos lejanos. Resulta extraño en un pintor que registraba con minucia su trayectoria y las fases de su producción.
El impacto fue mayúsculo. Ver nueve témperas de la serie Semovientes e Interrupciones (una de las cuales viajó a la Bienal de Venecia en 1966), período de mayor creatividad y dispuestas en un bloque visual de enérgicos blancos y negros, fue (re) descubrir a un artista mayor que fragmentariamente se su pudo observar en la retrospectiva de 2000 en el Centro Municipal de Exposiciones. En Bavastro el barroco esplendor orgánico de Espínola Gómez tuvo el efecto de un deslumbramiento por la densidad expresiva y el dominio absoluto del «manualismo» como él mismo decía. No menos sorprendente fue constatar la existencia de dibujos realizados sobre tapas de almanaque Ancap (empresa que trabajó en la sección arquitectura durante décadas), en una serie llamada Testas frontales, fechadas en 1948-49, veinteañero aún, divertidos grafitos en color, ejercicios lineales de investigación formal. De la misma época, un ejemplar de la serie Barajas españolas, más conocida. En otro estilo, menos racional, con un trazo ondulante y sensual, tres obras de la serie Interrogaciones (1959) y varias serigrafías y grafitos de la serie Automóviles (1980) y Piernas reunidas (1954) de estructura mecanicista.
Se agregaron dos piezas de Washington Barcala . Chatarra, 1960, está emparentada con Semovientes de su amigo Espínola Gómez, con un convulsivo dinamismo en la composición abstracta en riguroso enfrentamiemto de blancos y negros, típicos de la época dominada por el informalismo, y una espléndida Composición, collage de enorme inventiva, perteneciente a los últimos años de residencia en España. No faltaron Américo Sposito, José Gamarra, Agustín Alamán, Juan Ventayol, Raúl Pavlotzky, protagonistas de los años dorados del arte nacional, décadas del 50 y principios del 60, en una entusiasmante visión retrospectiva que los museos, hasta ahora, no se han atrevido a realizar.
No menor interés significó la presencia en Juan E. Gomensoro de dos obras fundamentales. Del francés Raymond Quinsac Monvoisin (1790-1870), condiscípulo de Delacroix, turista accidental de Montevideo durante algunas semanas, en 1842, se conoció Retratos de María Antuña y Jacinta Antuña, 1842, buen cuadro neoclásico con trasfondo romántico, dos corrientes entre las cuales osciló, que tiene el atractivo de una de las modelos, la menor, vestida de blanco y una rosa en la mano, de evocar, porque sin duda lo conoció, a Juan M. Blanes de la Carlota Ferreira, en el similar tratamiento del vestido, las joyas y la levedad de pincelada en la flor. Este cuadro no figuró en excelente retrospectiva de Monvoisin en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires en 1969. Por otro lado, Horacio Espondaburu (1855-1902) en Bueyes y carretas, una composición de refinada evocación lírica, que debió incorporarse al acervo patrimonial del estado.
Hay que estar muy atentos a las casas de remate a partir de ahora e incorporarlas al circuito artístico. Para noviembre 7, Bavastro anuncia 28 cuadros de Ventayol. A no perder. *
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